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Se recordó a los difuntos

Memoria. Miles de personas acudieron ayer a los cementerios del Gran San Salvador. El día de los finados se conmemoró de diferentes formas. Hubo bastante comercio

Publicada 03 de noviembre 2004, El Diario de Hoy

Amor. Teodoro Morales, de 91 años, da los últimos retoques de pintura a la lápida donde reposan los restos de su hijo fallecido hace seis años. Fotos EDH / Giovanny Lemus
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Eugenia Velásquez
El Diario de Hoy

metro@elsalvador.com


Sus dedos temblaban, sus oídos apenas escuchaban el bullicio de la gente, como desconectado del mundo, pero allí permaneció por largo rato, de rodillas ante lo que un día fue el milagro de sus 91 años de vida: su querido hijo.

“El muerto al hoyo y el vivo el rollo” -¿cómo así?- “el rollo de pisto... pues”, se quejó don Teodoro Morales, al observar que nadie de su familia había llegado a ver a su vástago ayer, en el cementerio privado de Jardines del Recuerdo.

Mientras que en su entorno el lugar parecía más un día de campo, que el triste recuerdo de los que ya partieron de este mundo.

“Cómo quisiera ¡ay!... que tú vivieras, que tus ojitos jamás se hubieran cerrado nunca y estar mirándolos”, era la melodía que más entonaban los mariachis en el camposanto, ante miles de visitantes.

Luto

Emociones encontradas en la fosa común del Cementerio Municipal de Santa Tecla, inevitablemente unida por un mismo dolor: todos los restos que allí descansan murieron un 13 de enero de 2001, a causa del terremoto.

“Ana, Alicia, Bertha, Belisario, Benito, Carmen, Cecy, Carlos...”, son algunos de los nombres que se leen en la lápida ubicada al final del pasillo de la muerte.

Una interminable lista de casi 480 personas, cuyos cuerpos o lo que quedó de ellos no se logró reconocer.

Una lágrima bajaba por la perla de un rosario, ambas cristalizaban una plegaria de Eligia García, por el alma de su hijo y nuera, quienes murieron soterrados en la zona de Las Colinas.

“En bolsa, así se fue mi hija y no la pude ver, sólo sé que aquí está”, sollozó David Varela.

Unidos por el mismo dolor

Envueltos en el mismo sentimiento de haber perdido a un ser querido, varios “homeboys” de la Mara Salvatrucha, también se dieron cita en el Cementerio Municipal de Santa Tecla.
Bajo el sol y mostrando los tatuajes, que son como las historias de su corta vida, uno de ellos pintaba de azul y blanco la tumba de un compañero.

Poco a poco fueron llegando los demás, hablando en un idioma desconocido, pero significativo para ellos.

Sin ninguna inhibición, con la única sugerencia de no “laraca” (la cara), comenzaron a colocar flores en las criptas. ¿Por qué el azul y blanco?... “porque la Mara Salvatrucha representa a El Salvador”, comentaron.

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Las miradas se volcaban hacia el grupo, algunos para satisfacer su curiosidad y otros para saludarles. Ante eso, ellos ni siquiera se inmutaban.

Más que amigos hermanos en todo, dijeron estar, ya que hoy además de tatuajes, nuevos rumbos marcan sus destinos.

“Veinticinco de nosotros estamos trabajando en una empresa particular, en donde hacemos clósets, exhibidores y parrillas para venderlas”, explicaron. Incluso dijeron que una firma transnacional es uno de sus clientes.

El dolor humano se olvidó de los estigmas, y aunque dicen que no “hay ley para ellos”, ayer demostraron cumplir una: la divina.

Labores. Muchos pequeños trabajaron lavando criptas. Fotos EDH / Giovanny Lemus

Niños, sin miedo a la muerte

“Ayer nos quedamos a dormir en una capilla. Ahí le pedimos permiso a la foto de un niño, que quizás es el que está enterrado en ese lugar”.

Sin ningún temor a los muertos, José Santos, Mario García y Marvin Rodríguez, de 14, 9 y 12 años, respectivamente, ocuparon ayer el cementerio de Santa Tecla como un hotel para resguardarse por la noche. De seguro que el panteón en este caso es un lugar más seguro que las oscuras calles de la ciudad.

Aun sin ser hermanos parecían más unidos que los tres mosqueteros, con la diferencia que en vez de espada, un bote de pintura y una escoba eran sus armas. De capa, un cántaro con agua y la esperanza de ganar unas cuantas monedas.

Así como ellos, muchos niños y adolescentes cortejaban desde la entrada del camposanto, a las personas que entraban a enflorar a sus seres queridos que ya fallecieron.

Mientras saboreaban una minuta, producto de la ganancia obtenida en la mañana ($0.50), con maliciosas sonrisas y cargados de inocencia, confesaron que volverán a dormir en el cementerio, ya que vienen de lejos y tienen fe que el negocio mejorará en estos días.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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