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| Amor. Teodoro Morales, de 91 años,
da los últimos retoques de pintura a la lápida donde
reposan los restos de su hijo fallecido hace seis años. Fotos
EDH / Giovanny Lemus |
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galería de Día de los Difuntos |
Eugenia Velásquez
El Diario de Hoy
metro@elsalvador.com
Sus dedos temblaban, sus oídos
apenas escuchaban el bullicio de la gente, como desconectado del mundo,
pero allí permaneció por largo rato, de rodillas ante lo
que un día fue el milagro de sus 91 años de vida: su querido
hijo.
El muerto al hoyo y el vivo el rollo -¿cómo
así?- el rollo de pisto... pues, se quejó don
Teodoro Morales, al observar que nadie de su familia había llegado
a ver a su vástago ayer, en el cementerio privado de Jardines del
Recuerdo.
Mientras que en su entorno el lugar parecía más un día
de campo, que el triste recuerdo de los que ya partieron de este mundo.
Cómo quisiera ¡ay!... que tú vivieras, que tus
ojitos jamás se hubieran cerrado nunca y estar mirándolos,
era la melodía que más entonaban los mariachis en el camposanto,
ante miles de visitantes.
Luto
Emociones encontradas en la fosa común del Cementerio Municipal
de Santa Tecla, inevitablemente unida por un mismo dolor: todos los restos
que allí descansan murieron un 13 de enero de 2001, a causa del
terremoto.
Ana, Alicia, Bertha, Belisario, Benito, Carmen, Cecy, Carlos...,
son algunos de los nombres que se leen en la lápida ubicada al
final del pasillo de la muerte.
Una interminable lista de casi 480 personas, cuyos cuerpos o lo que quedó
de ellos no se logró reconocer.
Una lágrima bajaba por la perla de un rosario,
ambas cristalizaban una plegaria de Eligia García, por el alma
de su hijo y nuera, quienes murieron soterrados en la zona de Las Colinas.
En bolsa, así se fue mi hija y no la pude ver, sólo
sé que aquí está, sollozó David Varela.
Unidos por el mismo
dolor
Envueltos en el mismo sentimiento de haber perdido a un
ser querido, varios homeboys de la Mara Salvatrucha, también
se dieron cita en el Cementerio Municipal de Santa Tecla.
Bajo el sol y mostrando los tatuajes, que son como las historias de su
corta vida, uno de ellos pintaba de azul y blanco la tumba de un compañero.
Poco a poco fueron llegando los demás, hablando en un idioma desconocido,
pero significativo para ellos.
Sin ninguna inhibición, con la única sugerencia de no laraca
(la cara), comenzaron a colocar flores en las criptas. ¿Por qué
el azul y blanco?... porque la Mara Salvatrucha representa a El
Salvador, comentaron.
Las miradas se volcaban hacia el grupo, algunos para satisfacer
su curiosidad y otros para saludarles. Ante eso, ellos ni siquiera se
inmutaban.
Más que amigos hermanos en todo, dijeron estar, ya que hoy además
de tatuajes, nuevos rumbos marcan sus destinos.
Veinticinco de nosotros estamos trabajando en una empresa particular,
en donde hacemos clósets, exhibidores y parrillas para venderlas,
explicaron. Incluso dijeron que una firma transnacional es uno de sus
clientes.
El dolor humano se olvidó de los estigmas, y aunque dicen que no
hay ley para ellos, ayer demostraron cumplir una: la divina.
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| Labores. Muchos pequeños trabajaron lavando
criptas. Fotos EDH / Giovanny Lemus |
Niños, sin miedo a la muerte
Ayer nos quedamos a dormir en una capilla. Ahí
le pedimos permiso a la foto de un niño, que quizás es el
que está enterrado en ese lugar.
Sin ningún temor a los muertos, José Santos, Mario García
y Marvin Rodríguez, de 14, 9 y 12 años, respectivamente,
ocuparon ayer el cementerio de Santa Tecla como un hotel para resguardarse
por la noche. De seguro que el panteón en este caso es un lugar
más seguro que las oscuras calles de la ciudad.
Aun sin ser hermanos parecían más unidos que los tres mosqueteros,
con la diferencia que en vez de espada, un bote de pintura y una escoba
eran sus armas. De capa, un cántaro con agua y la esperanza de
ganar unas cuantas monedas.
Así como ellos, muchos niños y adolescentes cortejaban desde
la entrada del camposanto, a las personas que entraban a enflorar a sus
seres queridos que ya fallecieron.
Mientras saboreaban una minuta, producto de la ganancia obtenida en la
mañana ($0.50), con maliciosas sonrisas y cargados de inocencia,
confesaron que volverán a dormir en el cementerio, ya que vienen
de lejos y tienen fe que el negocio mejorará en estos días.

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