
Raúl M. Alas.*
El Diario de Hoy
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Quique es un buen muchacho. La gente que le conoce valora
mucho su tenacidad, honradez y capacidad de trabajo. Además, los
estudios no se le dan nada mal, pues ha cursado de forma notable dos años
de carrera universitaria. Sin embargo, sus perspectivas laborales las
ve limitadas en el país, porque dispone de pocos espacios para
crecer profesionalmente y un sueldo muy bajo para cubrir sus necesidades
materiales. Por eso, desde hace varios meses está coqueteando con
la idea de emigrar a Estados Unidos, para reunirse con su esposa e hijos
y mejorar sus condiciones económicas.
Para lograrlo, ha intentado varias veces obtener visa en la embajada americana,
pero la fortuna y el cónsul no han estado de su lado. No le ha
quedado más remedio que contactar a un coyote para negociar su
viaje. El plan es caro y arriesgado. No obstante, ha hecho malabares para
reunir los cinco mil dólares que le cobran por llevarle ilegalmente
a Los Ángeles. Él sabe que el trayecto estará plagado
de peligros y gran incertidumbre. Aun así, sigue decidido a emprender
el viaje y jugarse la vida.
En la fecha convenida, llega pronto al punto de encuentro, acompañado
de un precario equipaje de manos. De inmediato, se da cuenta de que compartirá
su suerte con un contingente amplio de pasajeros, entre los cuales figuran
varios niños y adultos mayores, cuyos rostros revelan inquietud
y nerviosismo. Aunque todos comparten una gran ansiedad, la primera parte
del viaje la completan momentáneamente sin novedades. Después
de varias horas de camino, los tres buses llegan al interior de Guatemala,
donde les esperan unas embarcaciones que llevarán a los pasajeros
al otro lado de la frontera mexicana.
Se ha cumplido otra jornada agotadora y el contingente logra cruzar la
frontera, donde otros buses clandestinos les esperan, los cuales son estratégicamente
separados para evitar llamar la atención de la policía.
El bus de nuestro protagonista no tiene éxito, todos los pasajeros
son detenidos en Veracruz y deportados a El Salvador. A pesar de lo anterior,
no pierde las esperanzas de lograr su cometido, pues aún dispone
de dos intentos más en el precio que ha pagado al coyote.
Después de todo tipo de penurias, dificultades y curiosas experiencias,
logra finalmente llegar a su destino. Ha tenido una inmensa suerte de
estar contando el cuento a sus familiares, pues los riesgos de su periplo
superan con creces cualquier ficción al respecto. Según
recuerda, luego de llegar a Los Ángeles les metieron a un refugio
provisional, donde le dieron algo de comida y prepararon una identificación
provisional para poder comprarle el boleto aéreo que le llevaría
a Washington. El resto de sus acompañantes tenía un destino
diferente ya concertado, unos viajarían a Virginia; otros, a Nueva
York; algunos, a Chicago y, desde luego, muchos se quedarían en
California.
Qué paradójica es la vida, pues al poco tiempo de llegar,
conseguir trabajo y afincarse en su nuevo hogar, empiezan a presentarse
los inconvenientes. Han pasado algunos meses desde su llegada y no logra
ser feliz. La vida es dura en esas latitudes, pues consume buena parte
de ella en el trabajo y demás obligaciones. Además, los
suyos han cambiado mucho con él y hasta le faltan el respeto.
El estilo de vida americano se ha apoderado de sus hijos, que ya se han
olvidado del terruño donde dejaron el ombligo y de su lengua materna.
Aun con todo, Quique no pierde las esperanzas de cumplir sus proyectos
y regresar un día a El Salvador a establecerse como Dios manda.
Quién lo diría, tener que correr tanto riesgo para poder
aspirar a una vida mejor fuera de nuestros linderos, cuando lo ideal fuera
encontrar aquí las oportunidades suficientes de superación
en todos los sentidos. Cuánta gente valiosa se ha ido de El Salvador
buscando la gallina de los huevos de oro en otra parte, pensando que era
imposible encontrarla aquí. Posiblemente, en su momento, a muchos
de éstos se les cerraron las puertas en su entorno social, político,
económico o cultural. Otros quizá tenían familiares
que demandaban su presencia y cercanía. En fin, miles de historias
que se repiten una y otra vez.
Lo cierto es que cada día, muchas personas hacen la fila de la
embajada buscando visa para un sueño, como decía
aquella canción. Entre éstos hay una amplia cantidad de
profesionales bien preparados, obreros, estudiantes, empleados públicos,
comerciantes, artistas, intelectuales y tantos otros que se han frustrado
por la persistente estrechez de mira de muchos compatriotas con mejor
posición social. Lo triste es que cada año se nos va una
importante porción de talento salvadoreño a otros rumbos,
aunque eso les conlleve comenzar de cero, sufrir humillaciones o exponerse
a múltiples peligros.
Por eso mismo, es importante que muchos empresarios, funcionarios públicos
y líderes de opinión sigan luchando por implementar la responsabilidad
social en su ámbito de acción. Ojalá que todos ellos
pudieran ser coherentes en la práctica con las premisas que predican:
mejorar los sueldos, recompensar con creces la formación interdisciplinaria
de sus empleados, solucionar las ingentes limitaciones materiales y ambientales
de algunos lugares de trabajo, entre otras cosas. En definitiva, cambiar
la perspectiva social, mejorar las condiciones humanas y, sobre todo,
valorar más al talento nacional para que pueda triunfar en su propia
tierra y no busque marcharse a otro lado.
*Doctor en Comunicación Pública. Columnista de El Diario
de Hoy.

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