Roberto
López-Geissmann
El Diario de Hoy
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(Tercer
pecado)
Como los primeros dos pecados han postulado un desinterés o poca
importancia para los aspectos de filosofía, cosmovisión,
preparación intelectual y capacitación política orgánica,
se sigue de suyo que puedan darse no pocas confusiones, entre las que
destaca por su destructividad la que constituye el error o pecado que
vamos a tratar.
Mas en el momento de decir que el desprecio o desinterés por los
aspectos antes relacionados no salen así porque sí, no caen
tan naturalmente como la lluvia en invierno, son productos específicos
de una mentalidad que quiere imponerse, y lo tiene que hacer barriendo
primero a la competencia que representan otras influencias de pensamiento.
Así las cosas, después de impulsar ad náuseam
la idea de que el Estado es un mal a duras penas necesario, algo no honorable
para ganarse la vida, algo a lo que hay que acercarse con máscara
de gases por la fetidez que de él emana, después de casi
postular que es un Estado primitivo de la civilización que hay
que tolerar hasta llegar al supremo Edén del fin de los tiempos,
que sería el suplantarlo por el mercado, después de todo
ello, mediante una elegante pirueta de birlibirlo que se hace un llamado
al rescate del mismo por los únicos elementos de la sociedad con
la capacidad de poder hacerlo. Y ¿quiénes serían
estos valientes que se sacrificarán poniendo sus nítidas
extremidades en tanta inmundicia?... Claro, los empresarios.
Antes de continuar, he de consignar mi profundo respeto para este importante
estamento social, clave de la producción económica y que
tantos prohombres ha dado a la nación. Sin ironía alguna
me inscribo deudor de estos valientes y capaces señores. Dicho
lo anterior, leamos atentamente...
1. Aclaremos que la eficiencia empresarial no cae tampoco del cielo sólo
con que un hijo de vecino se proponga ser empresario. La eficiencia se
adquiere con conocimientos, con experiencia, con inteligencia... muchas
veces, a expensas de duros golpes; no cualquier empresario es eficiente
si no todo el que a ello se dedicara sería triunfador. Lo mismo
que cualquier profesional, militar, cura, profesor, empleado o lo que
sea, unos serán exitosos, otros no tanto y algunos no lo serán
nada. Se sigue de esto que el identificar empresario = eficiente es tomarse
el rábano por las hojas. Ni todo cura es santo ni todo militar
es valiente.
Por lo tanto, el respeto a la eficiencia empresarial sólo es válida
cuando resulte de una concreta persona digna del término y, además,
reservada únicamente a ese ámbito específico.
2. La empresa (comercial, claro está) es un respetable vehículo
de desarrollo y producción económica, por lo que sin rubor
alguno puede afirmarse que su objetivo fundamental es el lucro. Me dirijo
a gente de derechas, por lo que no vamos a discutir la pulcritud del término.
Pero precisamente por esto, incluso un exitoso empresario de larga experiencia
no tendrá que sonrojarse por desconocer la organización
de la institución humana que se llama Estado, la cual tiene como
objetivo fundamental, otro muy diferente al de la empresa, que es el del
bien común de la sociedad entera.
Sólo por excepción estará un empresario ducho en
esto. Más aún el buen empresario, capaz y hasta con la práctica
solidaria y justa de su actuación dentro de su propia empresa,
no tiene la experiencia que dan los años de lucha política
y esto, de hecho, se nota cuando grandes capitanes de empresa se traban
y lían al llegar al Gobierno.
3. Pero el más grande de los errores es creer que es lo mismo o
casi lo mismo el gestionar para el Estado que para la empresa privada.
En cierta forma el primero debe apoyar a la segunda en función
del bienestar de la sociedad, y la segunda, obedecer y respetar al primero,
dado que es la instancia normadora superior que existe en una nación
dada. Si la frase siguiente fuera cierta: lo que es bueno para la
General Motors es bueno para los Estados Unidos (esto es un ejemplo
histórico, que quiere decir lo íntimamente que van los destinos
de una macroempresa y su Estado), querría decir que se ha dado
una perversión en los hechos. Una connotación de lo empresarial
sobre lo estatal esconde en sí toda una política.
La actuación política no debiera estar negada, ni mucho
menos, para los capaces y honestos empresarios, a condición de
que realmente lo sean y que estén dispuestos a penetrar en ese
difícil oficio de la política, intercambiando con otros
correligionarios, entre los que se han de encontrar elementos de conocimiento
cierto y pelaje sudado. Excepciones confirman reglas.
* Lic. en Ciencias Políticas.

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