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Los cinco pecados de la derecha
Confundir eficacia empresarial y acción política

El respeto a la eficiencia empresarial sólo es válida cuando resulte de una concreta persona digna del término y, además, reservada únicamente a ese ámbito específico.

Publicada 02 de noviembre 2004, El Diario de Hoy

Roberto López-Geissmann
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

(Tercer pecado)

Como los primeros dos pecados han postulado un desinterés o poca importancia para los aspectos de filosofía, cosmovisión, preparación intelectual y capacitación política orgánica, se sigue de suyo que puedan darse no pocas confusiones, entre las que destaca por su destructividad la que constituye el error o pecado que vamos a tratar.

Mas en el momento de decir que el desprecio o desinterés por los aspectos antes relacionados no salen así porque sí, no caen tan naturalmente como la lluvia en invierno, son productos específicos de una mentalidad que quiere imponerse, y lo tiene que hacer barriendo primero a la competencia que representan otras influencias de pensamiento. Así las cosas, después de impulsar “ad náuseam” la idea de que el Estado es un mal a duras penas necesario, algo no honorable para ganarse la vida, algo a lo que hay que acercarse con máscara de gases por la fetidez que de él emana, después de casi postular que es un Estado primitivo de la civilización que hay que tolerar hasta llegar al supremo Edén del fin de los tiempos, que sería el suplantarlo por el mercado, después de todo ello, mediante una elegante pirueta de birlibirlo que se hace un llamado al rescate del mismo por los únicos elementos de la sociedad con la capacidad de poder hacerlo. Y ¿quiénes serían estos valientes que se sacrificarán poniendo sus nítidas extremidades en tanta inmundicia?... Claro, los empresarios.

Antes de continuar, he de consignar mi profundo respeto para este importante estamento social, clave de la producción económica y que tantos prohombres ha dado a la nación. Sin ironía alguna me inscribo deudor de estos valientes y capaces señores. Dicho lo anterior, leamos atentamente...

1. Aclaremos que la eficiencia empresarial no cae tampoco del cielo sólo con que un hijo de vecino se proponga ser empresario. La eficiencia se adquiere con conocimientos, con experiencia, con inteligencia... muchas veces, a expensas de duros golpes; no cualquier empresario es eficiente si no todo el que a ello se dedicara sería triunfador. Lo mismo que cualquier profesional, militar, cura, profesor, empleado o lo que sea, unos serán exitosos, otros no tanto y algunos no lo serán nada. Se sigue de esto que el identificar empresario = eficiente es tomarse el rábano por las hojas. Ni todo cura es santo ni todo militar es valiente.
Por lo tanto, el respeto a la eficiencia empresarial sólo es válida cuando resulte de una concreta persona digna del término y, además, reservada únicamente a ese ámbito específico.

2. La empresa (comercial, claro está) es un respetable vehículo de desarrollo y producción económica, por lo que sin rubor alguno puede afirmarse que su objetivo fundamental es el lucro. Me dirijo a gente de derechas, por lo que no vamos a discutir la pulcritud del término. Pero precisamente por esto, incluso un exitoso empresario de larga experiencia no tendrá que sonrojarse por desconocer la organización de la institución humana que se llama Estado, la cual tiene como objetivo fundamental, otro muy diferente al de la empresa, que es el del bien común de la sociedad entera.

Sólo por excepción estará un empresario ducho en esto. Más aún el buen empresario, capaz y hasta con la práctica solidaria y justa de su actuación dentro de su propia empresa, no tiene la experiencia que dan los años de lucha política y esto, de hecho, se nota cuando grandes capitanes de empresa se traban y lían al llegar al Gobierno.

3. Pero el más grande de los errores es creer que es lo mismo o casi lo mismo el gestionar para el Estado que para la empresa privada. En cierta forma el primero debe apoyar a la segunda en función del bienestar de la sociedad, y la segunda, obedecer y respetar al primero, dado que es la instancia normadora superior que existe en una nación dada. Si la frase siguiente fuera cierta: “lo que es bueno para la General Motors es bueno para los Estados Unidos” (esto es un ejemplo histórico, que quiere decir lo íntimamente que van los destinos de una macroempresa y su Estado), querría decir que se ha dado una perversión en los hechos. Una connotación de lo empresarial sobre lo estatal esconde en sí toda una política.

La actuación política no debiera estar negada, ni mucho menos, para los capaces y honestos empresarios, a condición de que realmente lo sean y que estén dispuestos a penetrar en ese difícil oficio de la política, intercambiando con otros correligionarios, entre los que se han de encontrar elementos de conocimiento cierto y pelaje sudado. Excepciones confirman reglas.
* Lic. en Ciencias Políticas.


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