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Criticando una obra
El ateo “respetuoso” y el inspirador de la verdad

El final de la obra queda abierto, a decisión de cada espectador, y consta, según averiguó Argejas, que por lo menos uno de los prisioneros que asistieron a la función se convirtió al cristianismo

Publicada 01 de noviembre 2004, El Diario de Hoy

Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Dice la Escritura que el Espíritu Santo sopla donde quiere. Y el adagio popular, que “Dios escribe derecho con renglones torcidos”. He reflexionado sobre esas palabras al conocer una sorprendente noticia del ámbito literario, noticia con connotaciones religiosas.

Redescubrir una obra literaria cualquiera, por largo tiempo desaparecida, puede ser noticia sólo para bibliófilos empedernidos o para esos investigadores malamente apodados como “ratones de biblioteca”. Pero si la obra resulta ser un auto casi sacramental de Navidad, escrita por un famoso intelectual ateo, que en sus otras obras se muestra con un ateísmo agresivo, rotundo, entonces el carácter noticioso de ese descubrimiento se agranda notablemente. Resulta todavía más expectante, porque se trata en realidad de la primera pieza teatral que escribió el filósofo y dramaturgo francés Jean Paul Sartre y además en circunstancias y características muy reveladoras.

Esta primera obra de Sartre se llama “Barioná, el Hijo del Trueno” y su descubridor ha sido un profesor universitario español, José Ángel Argejas, doctor en Filosofía y profesor de Humanidades y Periodismo de la Universidad “Francisco de Vitoria”. Su investigación y descubrimiento le ha llevado varios años; la ha traducido al español y ahora se publica como primer título de una nueva editorial, “Voz de Papel”.

Se sabía que esa obra existía, que había sido editada, pero su edición francesa había desaparecido y no estaba incluida en las publicaciones del teatro completo sartriano ni en los diversos listados de sus obras. Sartre nunca negó su existencia. No podía hacerlo, pues varios miles de personas habían asistido a su primera y única representación. Pero trató de ignorarla lo más posible y siempre menospreció su valor literario. Era lógico. Desentonaba de su vida y de su postura intelectual. Lo que movió tenazmente al profesor Argejas a encontrarla fueron pistas y datos que hacían cada vez más apasionante conocerla y darla a conocer. Señalemos algunos de sus hallazgos.

Segunda Guerra Mundial. Sartre es uno de los doce mil soldados franceses prisioneros en un campo de concentración del ejercito nazi en Tréveris (Alemania). Estamos en 1940 y se acerca la Navidad. Los capellanes católicos obtienen permiso del jefe alemán para celebrar la Misa del Gallo en ese día. Se estaban ensayando villancicos pero Sartre les propone algo más: celebrar un auto o misterio navideño. Él se encarga de escribirlo. Lo hace en sólo seis semanas. En otras ocasiones la jefatura del Lager le había denegado el permiso para representar alguna obra teatral. Esta vez no sólo no se lo niegan, sino que tampoco le censuran ni una línea. Se encarga de todo: dirección, ensayos, vestuario, etc., y además se incluye entre los actores, pero no representando al existencialista “Barioná”, sino interpretando a uno de sus oponentes, el Rey Mago Baltasar.

El libro se presenta ahora, en su edición española, con el subtítulo “Un ateo que presenta mejor que nadie el Misterio de la Navidad”. Argejas reconoce que esa afirmación puede ser exagerada, pero se defiende diciendo que la frase no es suya, sino del teólogo René Laurentin, especializado en los Evangelios de la infancia de Jesús, quien no vacila en decir que, después de los Evangelios, esta obra es la que más le ha ayudado a ver el Misterio de la Navidad.

Por su parte, Argejas dice que, antes de hallar el libro perdido, conocía de él unas quince líneas citadas por Laurentin, “que describían a María con el Niño en brazos con una ternura y una fuerza expresiva tales que me asombraron”. Y añade que aunque Sartre utiliza la noche de Navidad para mostrar uno de los temas claves de su existencialismo, la lucha de la libertad humana afirmándose contra Dios, lo hace conduciendo magistralmente a su auditorio hacia la admiración del misterio de Belén y al compromiso y la respuesta personal que exige el Cristo-Niño, el Dios-con-nosotros.

Más asombroso aún es imaginarse —como realmente ocurrió en 1940— al Sartre-Baltasar interpelando a Barioná, con unos discursos impresionantes, y animándole al nuevo sentido que tendría su libertad si reconocía al Niño como el Mesías salvador.

El final de la obra queda abierto, a decisión de cada espectador, y consta, según averiguó Argejas, que por lo menos uno de los prisioneros que asistieron a la función se convirtió al cristianismo.

Además, al acabar la función, Sartre estuvo, con el resto de los prisioneros, en la Misa del Gallo —¿qué es lo que pasaría por su corazón?—, gesto, dice Argejas, “que no pasó inadvertido para los miles de soldados que le cono- cían como un ateo oficial”.

¿Cuál será el efecto de esta obra en los que ahora la lean?¿Se atreverá alguno a llevarla a la escena? Tanto el teólogo Laurentin como el profesor Argejas asumen que la obra tiene un gran valor literario y religioso. Eso ¿es extraño? ¿Puede ser verdad? No lo sé, pero Santo Tomás de Aquino, cumbre indiscutible de la Teología, aseguraba que toda verdad es del Espíritu Santo, venga de donde venga. Yo lo creo también para las verdades estéticas, para las verdaderas obras de arte, porque en buena metafísica, lo bello es uno de los trascendentales del ser, o diciéndolo más fácil: es otra de las caras de lo que realmente es verdadero, bueno y existente.

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net.


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