Luis
Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Dice la Escritura que el Espíritu Santo sopla donde
quiere. Y el adagio popular, que Dios escribe derecho con renglones
torcidos. He reflexionado sobre esas palabras al conocer una sorprendente
noticia del ámbito literario, noticia con connotaciones religiosas.
Redescubrir una obra literaria cualquiera, por largo tiempo desaparecida,
puede ser noticia sólo para bibliófilos empedernidos o para
esos investigadores malamente apodados como ratones de biblioteca.
Pero si la obra resulta ser un auto casi sacramental de Navidad, escrita
por un famoso intelectual ateo, que en sus otras obras se muestra con
un ateísmo agresivo, rotundo, entonces el carácter noticioso
de ese descubrimiento se agranda notablemente. Resulta todavía
más expectante, porque se trata en realidad de la primera pieza
teatral que escribió el filósofo y dramaturgo francés
Jean Paul Sartre y además en circunstancias y características
muy reveladoras.
Esta primera obra de Sartre se llama Barioná, el Hijo del
Trueno y su descubridor ha sido un profesor universitario español,
José Ángel Argejas, doctor en Filosofía y profesor
de Humanidades y Periodismo de la Universidad Francisco de Vitoria.
Su investigación y descubrimiento le ha llevado varios años;
la ha traducido al español y ahora se publica como primer título
de una nueva editorial, Voz de Papel.
Se sabía que esa obra existía, que había sido editada,
pero su edición francesa había desaparecido y no estaba
incluida en las publicaciones del teatro completo sartriano ni en los
diversos listados de sus obras. Sartre nunca negó su existencia.
No podía hacerlo, pues varios miles de personas habían asistido
a su primera y única representación. Pero trató de
ignorarla lo más posible y siempre menospreció su valor
literario. Era lógico. Desentonaba de su vida y de su postura intelectual.
Lo que movió tenazmente al profesor Argejas a encontrarla fueron
pistas y datos que hacían cada vez más apasionante conocerla
y darla a conocer. Señalemos algunos de sus hallazgos.
Segunda Guerra Mundial. Sartre es uno de los doce mil soldados franceses
prisioneros en un campo de concentración del ejercito nazi en Tréveris
(Alemania). Estamos en 1940 y se acerca la Navidad. Los capellanes católicos
obtienen permiso del jefe alemán para celebrar la Misa del Gallo
en ese día. Se estaban ensayando villancicos pero Sartre les propone
algo más: celebrar un auto o misterio navideño. Él
se encarga de escribirlo. Lo hace en sólo seis semanas. En otras
ocasiones la jefatura del Lager le había denegado el permiso para
representar alguna obra teatral. Esta vez no sólo no se lo niegan,
sino que tampoco le censuran ni una línea. Se encarga de todo:
dirección, ensayos, vestuario, etc., y además se incluye
entre los actores, pero no representando al existencialista Barioná,
sino interpretando a uno de sus oponentes, el Rey Mago Baltasar.
El libro se presenta ahora, en su edición española, con
el subtítulo Un ateo que presenta mejor que nadie el Misterio
de la Navidad. Argejas reconoce que esa afirmación puede
ser exagerada, pero se defiende diciendo que la frase no es suya, sino
del teólogo René Laurentin, especializado en los Evangelios
de la infancia de Jesús, quien no vacila en decir que, después
de los Evangelios, esta obra es la que más le ha ayudado a ver
el Misterio de la Navidad.
Por su parte, Argejas dice que, antes de hallar el libro perdido, conocía
de él unas quince líneas citadas por Laurentin, que
describían a María con el Niño en brazos con una
ternura y una fuerza expresiva tales que me asombraron. Y añade
que aunque Sartre utiliza la noche de Navidad para mostrar uno de los
temas claves de su existencialismo, la lucha de la libertad humana afirmándose
contra Dios, lo hace conduciendo magistralmente a su auditorio hacia la
admiración del misterio de Belén y al compromiso y la respuesta
personal que exige el Cristo-Niño, el Dios-con-nosotros.
Más asombroso aún es imaginarse como realmente ocurrió
en 1940 al Sartre-Baltasar interpelando a Barioná, con unos
discursos impresionantes, y animándole al nuevo sentido que tendría
su libertad si reconocía al Niño como el Mesías salvador.
El final de la obra queda abierto, a decisión de cada espectador,
y consta, según averiguó Argejas, que por lo menos uno de
los prisioneros que asistieron a la función se convirtió
al cristianismo.
Además, al acabar la función, Sartre estuvo, con el resto
de los prisioneros, en la Misa del Gallo ¿qué es lo
que pasaría por su corazón?, gesto, dice Argejas,
que no pasó inadvertido para los miles de soldados que le
cono- cían como un ateo oficial.
¿Cuál será el efecto de esta obra en los que ahora
la lean?¿Se atreverá alguno a llevarla a la escena? Tanto
el teólogo Laurentin como el profesor Argejas asumen que la obra
tiene un gran valor literario y religioso. Eso ¿es extraño?
¿Puede ser verdad? No lo sé, pero Santo Tomás de
Aquino, cumbre indiscutible de la Teología, aseguraba que toda
verdad es del Espíritu Santo, venga de donde venga. Yo lo creo
también para las verdades estéticas, para las verdaderas
obras de arte, porque en buena metafísica, lo bello es uno de los
trascendentales del ser, o diciéndolo más fácil:
es otra de las caras de lo que realmente es verdadero, bueno y existente.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de
Hoy. lfcuervo@telemovil.net.

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