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Al filo del suspenso

Realidad o fantasía. La tradición oral es alimentada por historias con elementos asombrosos que perduran en el tiempo

Publicada 30 de octubre 2004, El Diario de Hoy


Morena Azucena/Rosemarié Mixco
El Diario de Hoy
vida@elsalvador.com

Corina es una joven de 21 años con siete meses de gestación que habita al sur oriente de la capital, en el antiguo barrio San Esteban.

Ella es uno de las tantos sobrevivientes del terremoto que enlutó San Salvador el 10 de octubre de 1986. Tenía tres años cuando todo eso ocurrió y habitaba un edificio domiciliar de tres niveles, ubicado frente a la ermita de la vecindad.

La estructura soterró a Corina, a la mamá de ésta que estaba embarazada, a dos tías y a un primo que tendría su misma edad. Sólo ella y su progenitora vivieron para relatar aquello.

Leyendas capitalinas
La Loca Amparo es una de las figuras urbanas que fue popular a principios del siglo XX, por sus escándalos y agresiones a los peatones.
El Zungo era conocido por sus asaltos y violaciones a las doncellas.
Carrito era un demente que se creía automóvil y siempre andaba una bolsa con pesetas.
- Te pica era otro de los locos tira piedras.

Hace poco más de un mes, la futura madre protagonizó un extraño suceso que aún mantiene en incertidumbre a muchos de la colonia. Todo sucedió tras la llegada al barrio de un pequeño circo.

Justo a la hora de las funciones del mediodía y la noche, un niño de aproximadamente siete años se asomaba por la ventana de un edificio desolado, que se ubica frente a un predio baldío, a dos cuadras del oriente de la ermita. Nunca bajaba y todos los días cambiaba de ropa.

Daba la impresión de que la algarabía de los circenses le atraía.

Intrigados por la presencia del pequeño, cirqueros y algunos vecinos decidieron preguntar en la ferretería que funciona en el primer nivel de la estructura en cuestión. Allí les aclararon que nadie habitaba los pisos de arriba.

“Nunca supimos quién era y después que el circo se marchó no hemos vuelto a verle. Dicen que un niño murió allí, pero son rumores”, expresó Corina.

Historias como ésta son comunes en todo el país. Las explicaciones fantásticas suelen ser parte de la vida cotidiana de los salvadoreños.

Dicha costumbre no conoce fronteras. A escala mundial, el concepto “leyendas urbanas” se ha popularizado desde la década de los 70.

El experto de la American Folklore Society, Jan Harold Brunvand, asegura que no es la realidad o la ficción lo que define a este tipo de narraciones, sino la transmisión oral y sus variables.

Son protagonizadas por cualquier persona, en sitios comunes y en todas las épocas, y siempre incluyen un elemento asombroso.

Al respecto, en la colonia Flor Blanca, en la 43a. Avenida Norte, está ubicada una residencia muy peculiar. Algunos vecinos aseguran que por las noches se escuchan gemidos y llantos, y que en una de las esquinas de la casa se reúnen gatos negros.

Lo que sí es cierto es que la vivienda en cuestión fue escenario de tres crímenes violentos, en el pasado. La comunidad, alarmada, pide exorcizarla.

El ángel del farolito era un muchacho entre los 14 y 15 años que recorría el centro durante el domingo de Resurrección. Salía a tempranas horas de la mañana con atuendo de ángel: alas, un manto, un farol y una campana.
Foto EDH / AP
En el antiguo Instituto Nacional (ahora Alcaldía de San Salvador) un grupo de estudiantes se metió a una bodega en la que guardaban 600 fusiles, pinturas, muñecos, espadas y máscaras de esgrima. Además dicen que en sus pasillos asustaban.

 

Algunas historias fantásticas
Cuando mataron al ex presidente Manuel Enrique Araujo, sus sesos fueron enterrados en una botella en el Palacio Nacional. Dicen que el difunto aún busca sus órganos. Aseguran que en el edificio de la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI) se pasea el fantasma de la escritora Lilian Serpas. Durante una época ella vivió en ese lugar. A mediados de los 50, se reinauguró un banco capitalino. En medio del acontecimiento murió un hombre que rodó por las escaleras del edificio y se desnucó. Por los años 30, en el centro de Ilobasco se paseaba un señor que se creía el padre sin cabeza que andaba con una manta blanca. Más que asustar, él quería ver a su amante. Una leyenda mundial: se dice que en el humo de las Torres Gemelas se podía ver la cara del diablo. Y que en el Pentágono, lo que quedó intacto fue una Biblia.

Como si fueran verdaderas

“Lo que se ha de contar”, así se traduce “legenda”, término latín del que proviene la palabra leyenda. A través del tiempo, también se ha asociado con lo mágico, lo fantástico y lo inexplicable.

En la literatura popular, este relato se caracteriza por ser anónimo, perdurable en el tiempo y por sus personajes, casos y lugares misteriosos, como el misticismo que existe alrededor de El Cipitío y La Siguanaba.

Nadie sabe cómo nacieron, ni quienes crearon por primera vez estos personajes y las leyendas. Desde hace mucho, sin embargo, éstas han generado miedos, odios, terror y hasta amor entre los salvadoreños. ¿Por qué? El antropólogo Ramón Rivas reconoce que la respuesta no es tan sencilla.

“Las leyendas cumplen una función social, porque surgen del contacto diario. Y su misión es alertar a la gente de las cosas misteriosas”, dijo. Es decir, tienen un papel más allá de lo esotérico.

Jan Harold Brunvald, acuñador del término “leyenda urbana”, lo explica así: “son historias dichas con cierta convicción, como si fueran verdaderas. Pero más bien responden a coincidencias o son demasiados raras para ser literalmente verdaderas”.

Si bien su génesis es incierto, Rivas adjudica el origen de éstas a la propiedad y capacidad imaginativa de una sociedad.

¿Cómo perduran en el tiempo? Porque todo lo que trascienda en el tiempo –subraya Rivas– no desaparece tan fácilmente.

El especialista comenta que existen leyendas políticas, guerras, biográficas y urbanas. Así, tenemos la carreta chillona, como el espanto local por excelencia; el ex presidente Maximiliano Hernández Martínez y su pacto con el diablo y las puertas sin salida del Castillo Venturoso.



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