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De mis recuerdos
La batalla del Moscarrón

Al mediodía, las columnas guerrilleras, bajo intensa lluvia, tomaron posiciones en las principales alturas y sorprendieron a las compañías del ejército en gran desventaja con relación al terreno.

Publicada 28 de octubre 2004, El Diario de Hoy

Marvin Galeas
El Diario de Hoy

marvingaleas@ yahoo.com.mx

(última parte)

A finales de mayo del 82, la comandancia del frente oriental reunió a toda la fuerza militar, incluyendo a los que habían venido desde otros frentes de guerra, en un llano del cantón El Mozote. Ante todas las unidades guerrilleras, incluyendo las secciones de operadores de radio, brigadistas médicos, cuadros políticos, logísticos y el personal de la Venceremos, se colocaron los comandantes. Ninguno de ellos tenía más de 30 años. Jonás, armado de un megáfono, tomó la palabra.

“¿Cuántos fusiles creen ustedes que vamos a recuperar en la próxima batalla?”, preguntó. “Unos quince, comandante”, contestó una voz. “Quince son babosadas. Treinta también”, respondió Jonás. “Vamos a recuperar cien fusiles”, agregó con una gran seguridad. “¿Verdad que no lo creen?”, añadió. “Pues ni yo tampoco, continuó, porque vamos a recuperar doscientos fusiles”. Jamás hasta ese momento había ocurrido tal situación. Pero Jonás estaba seguro. El acto terminó con una gritería optimista de consignas y fusiles en alto.
En la madrugada del 5 de junio, varias columnas guerrilleras iniciaron una maniobra de asedio a la guarnición de Perquín, que contaba con poco más de doscientos soldados. El plan consistía en mantener el asedio para atraer los refuerzos, los cuales serían emboscados en un terreno muy favorable para la guerrilla. Sin embargo, los soldados, a las pocas horas del asedio, rompieron el cerco y se refugiaron en la vecina población de San Fernando, a unos dos kilómetros de Perquín.

Mientras tanto en La Guacamaya, la radio transmitía los pormenores del combate. Esa misma mañana aparecieron por vez primera en el cielo de Morazán los recién llegados aviones Dragonfly A-37. Cuatro de estos ruidosos aparatos comenzaron a bombardear las alturas dominantes que rodean Perquín, los cerros Gigante y Pericón y también puntos muy cercanos del campamento de la radio. A mí se me enfrió el guarapo al escuchar los potentes motores de los bombarderos, pero más todavía con el estruendo de las bombas de 500 libras y el silbido de las esquirlas. Sin embargo, había que seguir con la transmisión, bajo el bombardeo y con el alma en un hilo.

Licho, un campesino sumamente astuto y valiente jefe militar, quien comandaba las fuerzas en el terreno, ordenó entonces perseguir y asediar a las tropas del ejército en San Fernando, siempre con la idea de atraer los refuerzos. El 9 de junio, muy de mañana, tres compañías del ejército avanzaron por el camino rural que une las poblaciones de Torola y San Fernando. Su objetivo era reforzar a los soldados asediados en esta última población. Precisamente lo que el mando guerrillero quería. A la altura de la montaña del Moscarrón, muy cerca de la frontera con Honduras, chocaron con una pequeña unidad guerrillera. Licho ordenó a la unidad que hiciera fuego contra los refuerzos y les mantuvieran a raya hasta la llegada del grueso de las columnas.

Al mediodía, las columnas guerrilleras, bajo intensa lluvia, tomaron posiciones en las principales alturas y sorprendieron a las compañías del ejército en gran desventaja con relación al terreno. Por el volumen de fuego, el apoyo artillero y aéreo y la cantidad de personal involucrado en la lucha, se estaba convirtiendo en la más grande batalla de la guerra hasta ese momento. Al segundo día de combate, el 10 de junio, la situación se estaba tornando dramática para el ejército. Nos pidieron enviar un reportero para informar desde la zona de combate. Santiago se fue para la línea de fuego.

En los informes de Santiago, a través de un radio inalámbrico —muy emotivos por cierto— se escuchaban nítidos los disparos, las ráfagas de ametralladora, las bombas y cohetes y las explosiones de la artillería: “Los helicópteros siguen volando bien bajo sobre las líneas de fuego... son tres naves las que están ametrallando... tal vez ustedes escuchan el tableteo... nuestras fuerzas responden con fuego de fusilería... no sabemos si han logrado impactar a uno de estos demonios, que ahora están dando la vuelta, alejándose hacia el sur...”.

El 11 de junio, las unidades de la guerrilla tenían el total control de lo que en términos de la guerra se llama la cresta militar. Los soldados habían sido empujados hacia las vaguadas y las llanuras. Allí combatían sin ningún tipo de fortificación o trinchera. Las líneas de fuego tan pegadas hacían que el apoyo aéreo se volviera poco efectivo. El desastre podía ocurrir en cualquier momento. Efectivamente, poco antes del mediodía, Licho dio la orden a las fuerzas de “irse al tope”, es decir, iniciar, con todo, el asalto y aniquilamiento.

A media tarde, las tres compañías fueron desarticuladas. Más de cuarenta soldados fueron capturados, entre ellos recuerdo al teniente cadete William Reynaldo Sánchez Medina, a quien entrevisté pocas semanas después. En el campo de batalla, los muertos y los heridos se contaban por docenas. El cuadro era realmente impresionante.

Más de doscientos fusiles, tres cañones de 90 milímetros, varias ametralladoras pesadas, lanzagranadas y miles de cartuchos pasaron a manos guerrilleras. Indudablemente fue una gran victoria para la guerrilla. Pero no era la batalla síntesis. Es más, nunca hubo una batalla final. El ejército no se desmoralizó. Por el contrario, aparecieron nuevas unidades élites, más helicópteros y profundos cambios en la manera de hacer la guerra. Faltaban todavía 10 años para el desenlace final... por la vía de la negociación política.
*Columnista de El Diario de Hoy.


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