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La motivación, hermana de la productividad

Trabajo. Más allá de la frialdad de las metas de ventas está el valor del elemento humano.

Publicada 25 de octubre 2004, El Diario de Hoy

Carlos Llano
El Diario de Hoy

negocios@elsalvador.com

Para dar un enfoque antropológico o humanístico al problema de la productividad, pregúntese cuál es la finalidad que persigue al trabajar.

Si pretendo que las personas trabajen más y mejor, debo saber antes por qué trabajan, para descubrir si el fin por el que lo hacen es lo suficientemente valioso para mejorar la calidad y cantidad del trabajo, meta última de la productividad.

Podemos afirmar que el ser humano puede tener varios tipos de motivación. La clasificación que expongo, está inspirada en las enseñanzas de Juan Antonio Pérez López, profesor huésped del Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresa, IPADE.

Motivación extrínseca, relacionada con lo que el trabajador puede obtener de los demás con su trabajo.

Motivación intrínseca, referente a lo que se obtiene en sí del trabajo mismo.

Motivación transitiva, mira a lo que se puede aportar a los demás.

Motivación trascendente, es la actitud del líder para desarrollar las potencialidades de los demás de clientes y subordinados.

La gente trabaja para subsistir. Pero, con facilidad, se pasa de la subsistencia al rastreo de la superabundancia. Así, el salario nunca parece suficiente.

En nuestro tiempo, muchas veces el concepto de bienestar no es otra cosa sino la superabundancia de lo material.

Por eso, a veces la finalidad de quienes trabajan se reduce al amontonamiento de lo superfluo, pues lo que los mueve y aquello por lo cual trabajan es la ciega tendencia a “tener más”.

Por sorpresivo que parezca, lo superfluo no es la mejor razón para buscar la productividad; es más, ni siquiera la aumenta, y lo que es peor, la perjudica.

Sostengo esta tesis porque el bienestar de lo superficial es una motivación extrínseca: lo que me motiva es algo distinto del trabajo, cuyo disfrute me es posible sólo en la medida en que no esté trabajando.

Se plantea entonces esta paradójica y embarazosa condición: para disfrutar el bienestar que deseo, no debo trabajar, pero para gozar de él, estoy constreñido al trabajo.

A este elemento se añade un segundo inconveniente. Si el trabajo es ajeno a mí y sólo posee calidad para procurarse satisfactores independientes de él, trabajo se convierte, en una carga que debo soportar a fin de obtener lo que en verdad deseo.

Si queremos superar esta contradicción o pretendemos eludirla debemos buscar motivaciones más altas, que rebasen el nivel del bienestar superfluo.

Existe una motivación de carácter superior: el trabajo provee el medio más propicio para desarrollar nuestras mejores capacidades, ensanchar nuestros espacios de perfección humana y desplegar el horizonte humano que tenemos por delante.



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