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Garra y pluma
Ciro Granados
El Diario de Hoy
cirog@elsalvador.com
¿Cómo es posible que, ante nuestras narices,
aún haya personas que esclavicen a sus congéneres?
Y la primera respuesta que se viene a la mente es: Por codicia.
De dinero, de poder; colección de triunfos egoístas. En
fin, esclavos y amos que, cuando se marchen de esta tierra, igual se van
a pudrir.
Pero hay otras esclavitudes, quizá más sutiles y llamativas:
las cadenas del pensamiento.
Una mente atada a seudo verdades no sólo se daña a sí
misma; también resulta peligrosa por el efecto de la propagación.
Y en este proceso entran políticos, líderes religiosos y
otros referentes de la sociedad. Por eso no es tan inusual encontrarse
con pláticas que rayan en la idiotez como la que tuve la mala suerte
de escuchar hace pocos días.
Un señor chiquito, gordillo y con locuacidad deslumbrante, le decía
a otro, larguirucho, que se había dado cuenta de que la nueva moda
era no usar dinero en efectivo sino tarjetas... Y que muy pronto vendría
otra modalidad: entrarían los ricos a los almacenes y no pagarían...
que tendrían un chip en el cerebro que se lo reconocería
la máquina registradora, y que eso se volvería imperativo
para todos, y si algún pobre no aceptaba seguir la moda, los bancos
lo iban a perseguir.
Su interlocutor aceptaba. Hablaron del fin del mundo, del petróleo
y de religión; y sacaron conclusiones a cual más estúpida:
cadenas mentales.

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