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John Kerry ¿Católico?

Desafortunadamente, existe en la actualidad una crisis de rechazo moral. Este rechazo es visible en la actitud del candidato Kerry, quien sabe que la ley eterna no es camisa de fuerza

Publicada 25 de octubre 2004, El Diario de Hoy

Evangelina del Pilar de Sol*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

¿Ser católico no sólo implica ser bautizado, sino acatar las enseñanzas de Dios, plasmadas en el Antiguo y Nuevo testamentos.

La religión se fundamenta sobre raíces, no sólo históricas, sino también y muy especialmente, en las raíces que unen al ser humano con Dios, la fe.

La fe que une al hombre con Dios también le une con el respeto de sus semejantes. Es por esa razón que ha sido totalmente irrespetuoso hacia los católicos el candidato John Kerry, de convicciones reñidas con las enseñanzas de Jesucristo y con la ley eterna —que es la proyección a la ley natural de la criatura racional—, el que se declarara católico públicamente en los debates presidenciales y de inmediato agregara sin empacho estar de acuerdo con el aborto y con las uniones legales de homosexuales.

Cuando Dios hizo el universo, le puso una ley a cada criatura. Así el hombre obtuvo el raciocinio y la libertad para discernir la ley natural, pero además la conciencia, que es el juicio moral hacia el bien y el mal de un acto propio o ajeno y la capacidad autónoma de distinguir entre lo malo y lo bueno. Pero es la naturaleza el patrón de la ley natural, que desde siglos atrás, antes de Jesucristo, la habían reconocido sabios como Platón, Aristóteles y Cicerón.

Desafortunadamente, existe en la actualidad una crisis de rechazo moral. Este rechazo es visible en la actitud del candidato Kerry, quien sabe que la ley eterna no es camisa de fuerza, sino más bien una ley similar a una ley de tránsito para conducirnos por el buen camino, allá cada cual si prefiere conducirse por el ruinoso.

John Kerry, en forma abierta ha optado por el segundo, rechazando la ley eterna al anteponer primeramente el amor desmedido hacia la ambición y el poder, al amor de Dios, franca violación al primer Mandamiento: “Amar a Dios sobre todas las cosas”, que lo ha llevado también a violar el 2º y el 7º mandamientos: “No usar el nombre de Dios en vano” y “No mentir”, en cuanto está utilizando el nombre de Dios con fines publicitarios para engañar.

Viola asimismo el 5º Mandamiento: “No matar”, al avalar el aborto, e igualmente el 6º: “No fornicar”, por apoyar la unión legal homosexual, cuando la vida sexual es un derecho natural del matrimonio entre hombre y mujer para preservar la especie. Contradecir esta ley natural se vuelve un abuso, pues una persona homosexual tiene ciertamente todos los derechos que le conciernen en su dignidad como individuo, pero no como homosexual, porque esto implicaría tener más derechos que las personas normales.

La religión cristiana apela a seres plenamente humanos. El aceptar como derecho el aborto es una acción deshumanizante y es tan censurable en políticos que se suponen civilizados como en los desarraigados que, arrastrados por fundamentalismos tan fanáticos, que les llevan muchas veces hasta matar o a opinar absurdos —como hiciera alguien recientemente en este periódico—, al sugerir que todo niño que trae probabilidades de convertirse en un avieso ser —sea marero, terrorista u otra lacra—, por no haber tenido una mamá que lo bañe o cuide, o por padecer extrema pobreza, debe sacrificársele en el vientre materno.

Para esos desarraigados que lo único que hacen es contribuir a un mundo más secularista, materialista y perverso, Juan Pablo II, calificado universalmente con todo el sentido de la palabra como uno de los más grandes hombres nacidos en el Siglo XX y asimismo como uno de los mayores estadistas del mundo contemporáneo, debió ser abortado, pues nació de una mujer extremamente enfermiza que lo dejara huérfano en su niñez —por tanto creciera sin los cuidados maternales que necesitan los infantes— y por provenir de una familia sumida en la extrema pobreza.

Recurriendo al verdadero raciocinio, sin apasionamientos fundamentalistas, los partidarios del aborto que abogan por la violencia contra el derecho a la vida humana —primer derecho reconocido en la Carta de los Derechos del Hombre, suscrito en la ONU por los países del mundo que la conforman—, deberían recapacitar aceptando que, si algo deben agradecerle a Dios, es no haber tenido mamás abortistas.

Nunca antes en épocas pasadas, en campañas políticas, cuando en el mundo no existían las múltiples fracturas de descomposición moral de la actualidad, se pensara siquiera en poner en el plano de propuestas ligadas al futuro de las naciones, temas como el aborto o la homosexualidad, debido lógicamente a la misma desnaturalización de la esencia de
ambos.

No obstante, ante todo este clima de descalabro moral, Dios ha querido permanecer entre nosotros y tras el Siglo XX, en el que se preveía el fin de las religiones, hoy nos encontramos no sólo frente a un renacimiento religioso, sino también frente a un difuso sentido religioso distinto al fanatismo. En un mundo donde todo cambia tan rápidamente, es gratificante ver cómo la religión sigue siendo atracadero fuerte y fiel.

El mundo de mañana necesita creyentes de fuertes convicciones para orientar a la civilización actual no sólo con la conciencia de la realidad, siempre difícil en este mundo tan complejo, sino con la sabia intuición de nuestros corazones.

*Columnista de El Diario de Hoy

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