Luis
Fernández Cuervo*
(Segunda parte)
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Que los hijos deben ser planificados,
hoy día es una idea admitida y practicada por una creciente mayoría.
Y dentro de esa planificación, el ideal para muchos es lograr la
parejita un nene y una nena, alcanzada esa meta... stop.
Que eso sea lo mejor para una pareja en concreto, yo no digo nada. Cada
persona y cada pareja es un mundo, único e irrepetible. Por lo
tanto, juzgar a las personas en concreto, dejémoselo a Dios. Con
lo que no estoy de acuerdo es que eso sea lo mejor la parejita o
menos para nuestro país, tampoco para cualquier otro país.
No estoy de acuerdo y explicaré por qué.
Pero antes de lograr la antipatía y el repudio de muchos de mis
lectores y especialmente de mis lectoras, pido que se vea,
lo que voy a escribir, más como algo a favor de las familias numerosas,
que como algo contra las que no lo son. Y que entiendan que estoy defendiendo
derechos hábilmente impedidos, pues la mentalidad, las casas que
se construyen y las leyes que se dan están siempre dificultando
o impidiendo la existencia de las familias numerosas, sin darse cuenta
del enorme potencial positivo que ellas constituyen para cualquier sociedad.
Me dio tristeza leer las declaraciones de una importante personalidad
de nuestro país en una entrevista periodística. Declaraciones,
por lo demás el decidir tener sólo dos hijos,
para poder darles así una mejor educación que
muchos suscribirían. ¿Pero qué es lo que más
necesita un niño para su educación en el amor? Aparte de
lo que dije en mi anterior artículo el amor de sus padres
entre sí y de sus padres hacia él, si se miran las
cosas con objetividad y profundidad, se llega a la conclusión de
que lo que más necesita un niño son... hermanos y hermanas
¡y bastantes de ellos!
Eso es lo que me dice mi experiencia de las muchas familias numerosas
que he conocido. Familias con cuatro, seis, ocho, diez o doce hijos, incluso.
Nunca he visto desastres de estas presuntas explosiones demográficas
familiares. Todo lo contrario. En una familia numerosa, el papá
y la mamá, si no lo eran ya, se ven en la obligación de
ponerse bien buzos, porque les va la vida en ello y la de sus hijos. Enriquecen
así su personalidad con unas virtudes, sagacidades y habilidades
que antes no tenían. En cuanto a los hijos, comprueban, desde muy
temprano, que allí nadie es el rey ni el tirano del hogar. Nadie
se aburre.
La diversión alegre y bulliciosa y los descubrimientos están
garantizados en grado sumo. Me contaban una vez de una calle en un país
donde la mayoría de las parejas tenía hijos únicos
o la parejita. ¿Dónde se les podía encontrar
siempre a esos niños? Por supuesto que en la casa de un matrimonio
con seis hijos.
Allí es donde se lo pasaban bien, donde cada día era una
aventura distinta, a veces ligeramente destructiva, en ocasiones casi
catastrófica, pero siempre tremendamente estimulante y divertida.
Es cierto que cuando hay muchos hermanos hay pleitos, hay riñas,
pero los padres se encargan de que aprendan a pedirse mutuamente perdón,
a darse un beso los dos contrincantes, para enseguida hacer las paces.
La solidaridad no se predica, se vive. Todos ayudan a todos. También
se vive el valor de la economía, del contentarse con lo poco, de
saber cuidar las cosas, de lo que vale el dinero y de un montón
de cosas más, altamente formadoras, que sería muy largo
detallar. Señalaré, por lo menos, que todos tienen, desde
muy pequeños, obligaciones familiares.
Los mayores se encargan de cuidar a los menores. El hogar funciona con
el trabajo de todos. Generalmente, son las hijas las que ayudan a la mamá
en las tareas domésticas y también en las tareas maternales,
y los hijos, al papá, en especial en las tareas más rudas.
Entonces, cuando se dice que al tener pocos hijos se les puede dar mejor
educación ¿en qué se está pensando? ¿En
tener más, o en ser mejor? No niego que pueda ser verdad si se
está pensando en un colegio más caro, aunque no siempre
será el mejor. Pero muchas veces se está pensando en más
y más caros juguetes y diversiones y también en multiplicar
sus actividades (tenis, fútbol, judo, guitarra, pintura, viajes
al extranjero, etc.), a veces hasta el agobio de ese hijo mimado,
al que no le queda tiempo para nada espontáneo. ¡Ay, esos
padres emperrados en tratar a su vástago como arcilla para modelar
la escultura que ellos han planificado! ¡Cuántas veces, queriendo
llevarle a la excelencia, le arruinan!
Y desde el punto de vista de un buen gobierno, está claro que en
vez de dificultar a los matrimonios que quieren que sea Dios el que planifique
los hijos, deberían favorecerlos y gratificarlos incluso económicamente.
Cuando una pareja especialmente si es de clase media o alta
acepta con gozo y agradecimiento los hijos que van llegando, es indudable
que lo hacen con un sentido religioso, de confianza en Dios y donde la
generosidad y el idealismo son algo que reina en esos hogares. Por eso
es difícil, aunque no imposible, que de hogares así salgan
hijos drogadictos, mareros o delincuentes. Precisamente porque la educación,
para el amor y en el amor, ha sido una realidad en ellos.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de
Hoy. lmfcuervo@navegante.com.

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