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El tren de la alegría

Servicio. El retorno del ferrocarril ha sido un gran acontecimiento para muchos de los capitalinos. La necesidad, la curiosidad y la nostalgia les ha llevado a subirse en los viejos vagones. Es tanto el cariño que le tienen, que los usuarios piden que lo dejen para siempre

Publicada 21 de octubre 2004, El Diario de Hoy

El itinerario. La máquina parte de la estación central, cerca de la terminal de autobuses de oriente, y concluye el recorrido en Soyapango, media hora después.Fotos EDH / Wilfredo Díaz

Óscar Tenorio
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

A nadie le importa que el ferrocarril esté tan viejo, menospreciado. Todos quieren viajar en él. Unos necesitan llegar temprano a sus trabajos o escuelas.

Otros no quieren desaprovechar la oportunidad de recordar aquellos buenos tiempos o de fascinarse por primera vez con una máquina que ha emergido de entre las tinieblas, gracias a un puente caído.
Los vagones aún mantienen el color verde claro, el mismo que relucía cuando el gigantesco gusano de acero, atravesaba los valles y montañas del país.

Ahora, por todos lados tienen parches cafés, evidencia del óxido que ha carcomido esas latas en los últimos años. En la parte exterior, apenas se leen las inscripciones “ES” y los números de serie que los identifican.

Y la locomotora, una General Motors, con el número 862, también está vieja, pero hace su mayor esfuerzo para jalar a los vagones repletos de gozosos pasajeros.
El maquinista tampoco desaprovecha la oportunidad para accionar el claxon cuantas veces puede, para demostrar que aún existen, que se niegan a desaparecer. El agudo sonido se escucha muy lejos.

El recorrido inicia en la estación central de Ferrocarriles Nacionales de El Salvador (Fenadesal), que antes se llamó IRCA (International Railways of Central America), en las cercanías de la Terminal de Oriente.

Entre la muchedumbre que se aglomera bajo las láminas de la también enmohecida caseta de salida, los más adultos contemplan con nostalgia los contenedores, las plataformas, “las balas” (pequeñas máquinas con motor, en las que caben unas ocho personas) y los vagones, que una vez vieron pasar de manera imponente.

“La primera vez que me subí en un tren -recuerda don Julio Guzmán- fue en San Vicente, para viajar a Zacatecoluca. Yo tenía 16 años y fue allá por 1952”.

Ayer, llevaba a su nieto, David Adonai, quien quería viajar en “un tren de verdad”, porque sólo lo habían subido a un pequeño ferrocarril, que recorre el interior del centro comercial Plaza Mundo, por unas cuantas coras.

“Esto es bello -insistía don Julio-, es como volver a vivir mi juventud, la verdad me ha traído una gran alegría”.

De pronto, su confesión fue interrumpida por otro señor, quien soltó un chascarrillo: “en Zacatecoluca decían que el tren era del otro bando (homosexual), porque entraba a la ciudad de retroceso, de nalgas”.

Mucha demanda. Los seis carruajes disponibles no dan abasto para tanto pasajero.Fotos EDH / Wilfredo Díaz

La máquina inicia su andar a marcha lenta, debido al mal estado de las líneas férreas. De pronto, comienza a internarse entre las comunidades marginales, que se desarrollaron en ese camino en la década de los 80, y que apenas dejaron espacio para los rieles.

La mayoría de las familias que viven allí llegaron a la ciudad en calidad de desplazados, ya que en los lugares donde vivían, la guerra había provocado muchos muertos.

El paisaje ofrece las mismas imágenes: casas humildes, champas de lámina y cartón, espacios habitacionales que apenas tienen unos dos metros cuadrados; ropa tendida y desechos de metal sobre los tejados. Y un río Acelhuate que se debe cruzar por un estrecho puente.

A nadie le interesan esas instantáneas de la pobreza extrema, lo único que quieren es vivir la experiencia de viajar en un tren. A su paso, el ferrocarril lo detiene todo, como que si de la locomotora emanara un arcoiris, el de los colores más intensos que se haya observado.
Los automovilistas salen de sus coches, los empleados de las fábricas cercanas al Bulevar Venezuela detienen sus faenas, y las amas de casa dejan sus menesteres para presenciar el paso del tren.

Los niños se han subido a los techos de sus casas para extender sus brazos y decir “adiós”, que tengan un buen viaje. Esto es lo mejor que les ha pasado en una ciudad donde la violencia lo opaca todo.

El maquinista detiene la locomotora por primera vez en las cercanías de la colonia Santa Marta. Es curioso, pero nadie baja, sino que muchos suben y se acomodan en los pocos espacios que quedan en el interior de los vagones.

A recordar. Don Julio Guzmán junto a su nieto, David.Fotos EDH / Wilfredo Díaz

Es tanto el movimiento que los policías y los militares que resguardan las entradas al tren, deben de poner orden, reprender a los que quieren caminar de un lado a otro, como que si fuera un juego mecánico.

El claxon de la locomotora suena insistentemente, pero su alarma es interrumpida por el griterío de los vendedores, quienes se han apoderado de los contenedores.
Ofrecen de todo, agua helada, elotes, galletas, conserva de coco, paletas, muñecos de peluche y hasta llaveros.

La próxima parada es en la colonia Montecarmelo, desde donde el camino es más corto para llegar al centro de Soyapango. Otra vez, pocos bajan y muchos suben.
El tren ha vuelto a funcionar, luego de dos años de ausencia. Para ese entonces le dieron el que parecía el tiro de gracia, ya que despidieron e indemnizaron a la mayoría de empleados de Fenadesal.

Todo indicaba que sólo quedarían los recuerdos, pero el puente se cayó en el bulevar del Ejército y llamaron a los viejos conocidos, para que volvieran a las andanzas.
Con la misma marcha lenta, el viaje finaliza en la estación de Soyapango, cerca de la colonia Santa Lucía. Una vez más, pocos se bajan y todos permanecen sentados, a la espera del paseo.

Media hora después, la locomotora y los seis vagones retornan a la estación central, en donde aguarda otra multitud. Ninguno de los pasajeros se quiere bajar. Todos gritan al unísono: “¡Otra vez, otra vez...!”.


Un día muy ajetreado
- El tren hace ocho viajes consecutivos en un día, entre la base central de Fenadesal y la estación de Soyapango, en las cercanías de la colonia Santa Lucía.
- Cada viaje dura una hora aproximadamente. Media hora de ida y otra media hora de regreso.
- Durante el recorrido se detiene en los cruces con importantes colonias, como la Santa Marta, Amatepec, Montecarmelo, Las Brisas y la Santa Lucía.
- El ferrocarril es protegido por agentes de la Policía Nacional Civil y elemento de la Fuerza Armada, para evitar actos vandálicos. En cada una de las entradas a los vagones, viaja un policía o un soldado
- El viaje en la locomotora es gratuito, por lo que muchos se han subido en varias ocasiones, para ir a “chotiar”.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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