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| El itinerario. La máquina parte de la
estación central, cerca de la terminal de autobuses de oriente,
y concluye el recorrido en Soyapango, media hora después.Fotos
EDH / Wilfredo Díaz |
Óscar
Tenorio
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
A nadie le importa que el ferrocarril
esté tan viejo, menospreciado. Todos quieren viajar en él.
Unos necesitan llegar temprano a sus trabajos o escuelas.
Otros no quieren desaprovechar la oportunidad de recordar aquellos buenos
tiempos o de fascinarse por primera vez con una máquina que ha
emergido de entre las tinieblas, gracias a un puente caído.
Los vagones aún mantienen el color verde claro, el mismo que relucía
cuando el gigantesco gusano de acero, atravesaba los valles y montañas
del país.
Ahora, por todos lados tienen parches cafés, evidencia del óxido
que ha carcomido esas latas en los últimos años. En la parte
exterior, apenas se leen las inscripciones ES y los números
de serie que los identifican.
Y la locomotora, una General Motors, con el número 862, también
está vieja, pero hace su mayor esfuerzo para jalar a los vagones
repletos de gozosos pasajeros.
El maquinista tampoco desaprovecha la oportunidad para accionar el claxon
cuantas veces puede, para demostrar que aún existen, que se niegan
a desaparecer. El agudo sonido se escucha muy lejos.
El recorrido inicia en la estación central de Ferrocarriles Nacionales
de El Salvador (Fenadesal), que antes se llamó IRCA (International
Railways of Central America), en las cercanías de la Terminal de
Oriente.
Entre la muchedumbre que se aglomera bajo las láminas de la también
enmohecida caseta de salida, los más adultos contemplan con nostalgia
los contenedores, las plataformas, las balas (pequeñas
máquinas con motor, en las que caben unas ocho personas) y los
vagones, que una vez vieron pasar de manera imponente.
La primera vez que me subí en un tren -recuerda don Julio
Guzmán- fue en San Vicente, para viajar a Zacatecoluca. Yo tenía
16 años y fue allá por 1952.
Ayer, llevaba a su nieto, David Adonai, quien quería viajar en
un tren de verdad, porque sólo lo habían subido
a un pequeño ferrocarril, que recorre el interior del centro comercial
Plaza Mundo, por unas cuantas coras.
Esto es bello -insistía don Julio-, es como volver a vivir
mi juventud, la verdad me ha traído una gran alegría.
De pronto, su confesión fue interrumpida por otro señor,
quien soltó un chascarrillo: en Zacatecoluca decían
que el tren era del otro bando (homosexual), porque entraba a la ciudad
de retroceso, de nalgas.
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| Mucha demanda. Los seis carruajes disponibles
no dan abasto para tanto pasajero.Fotos EDH
/ Wilfredo Díaz |
La máquina inicia su andar a marcha lenta, debido
al mal estado de las líneas férreas. De pronto, comienza
a internarse entre las comunidades marginales, que se desarrollaron en
ese camino en la década de los 80, y que apenas dejaron espacio
para los rieles.
La mayoría de las familias que viven allí llegaron a la
ciudad en calidad de desplazados, ya que en los lugares donde vivían,
la guerra había provocado muchos muertos.
El paisaje ofrece las mismas imágenes: casas humildes, champas
de lámina y cartón, espacios habitacionales que apenas tienen
unos dos metros cuadrados; ropa tendida y desechos de metal sobre los
tejados. Y un río Acelhuate que se debe cruzar por un estrecho
puente.
A nadie le interesan esas instantáneas de la pobreza extrema, lo
único que quieren es vivir la experiencia de viajar en un tren.
A su paso, el ferrocarril lo detiene todo, como que si de la locomotora
emanara un arcoiris, el de los colores más intensos que se haya
observado.
Los automovilistas salen de sus coches, los empleados de las fábricas
cercanas al Bulevar Venezuela detienen sus faenas, y las amas de casa
dejan sus menesteres para presenciar el paso del tren.
Los niños se han subido a los techos de sus casas para extender
sus brazos y decir adiós, que tengan un buen viaje.
Esto es lo mejor que les ha pasado en una ciudad donde la violencia lo
opaca todo.
El maquinista detiene la locomotora por primera vez en las cercanías
de la colonia Santa Marta. Es curioso, pero nadie baja, sino que muchos
suben y se acomodan en los pocos espacios que quedan en el interior de
los vagones.
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| A recordar. Don Julio Guzmán junto a su
nieto, David.Fotos EDH / Wilfredo Díaz |
Es tanto el movimiento que los policías y los militares
que resguardan las entradas al tren, deben de poner orden, reprender a
los que quieren caminar de un lado a otro, como que si fuera un juego
mecánico.
El claxon de la locomotora suena insistentemente, pero su alarma es interrumpida
por el griterío de los vendedores, quienes se han apoderado de
los contenedores.
Ofrecen de todo, agua helada, elotes, galletas, conserva de coco, paletas,
muñecos de peluche y hasta llaveros.
La próxima parada es en la colonia Montecarmelo, desde donde el
camino es más corto para llegar al centro de Soyapango. Otra vez,
pocos bajan y muchos suben.
El tren ha vuelto a funcionar, luego de dos años de ausencia. Para
ese entonces le dieron el que parecía el tiro de gracia, ya que
despidieron e indemnizaron a la mayoría de empleados de Fenadesal.
Todo indicaba que sólo quedarían los recuerdos, pero el
puente se cayó en el bulevar del Ejército y llamaron a los
viejos conocidos, para que volvieran a las andanzas.
Con la misma marcha lenta, el viaje finaliza en la estación de
Soyapango, cerca de la colonia Santa Lucía. Una vez más,
pocos se bajan y todos permanecen sentados, a la espera del paseo.
Media hora después, la locomotora y los seis vagones retornan a
la estación central, en donde aguarda otra multitud. Ninguno de
los pasajeros se quiere bajar. Todos gritan al unísono: ¡Otra
vez, otra vez...!.
Un día muy ajetreado
- El tren hace ocho viajes consecutivos en un día, entre la base
central de Fenadesal y la estación de Soyapango, en las cercanías
de la colonia Santa Lucía.
- Cada viaje dura una hora aproximadamente. Media hora de ida y otra media
hora de regreso.
- Durante el recorrido se detiene en los cruces con importantes colonias,
como la Santa Marta, Amatepec, Montecarmelo, Las Brisas y la Santa Lucía.
- El ferrocarril es protegido por agentes de la Policía Nacional
Civil y elemento de la Fuerza Armada, para evitar actos vandálicos.
En cada una de las entradas a los vagones, viaja un policía o un
soldado
- El viaje en la locomotora es gratuito, por lo que muchos se han subido
en varias ocasiones, para ir a chotiar.

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