Armando Rivera Bolaños*
El Diario de Hoy
marvingaleas@ yahoo.com.mx
En
la mañana del viernes 24 de septiembre anterior, las autoridades
de la Universidad Capitán General Gerardo Barrios, de mi cálida
ciudad de San Miguel, presididas por el rector, ingeniero Raúl
Rivas Quintanilla, me hicieron entrega, junto a otros concursantes, de
un premio por la obra que titulé La epopeya del gran coquimbo,
ganadora del certamen histórico que esa casa de estudios superiores
promoviera a nivel nacional sobre la vida y obra del general Gerardo Barrios
y en la cual se incluyen los principales actos de su fecunda administración
en el campo legal, educativo, agrícola, militar y diplomático.
Asimismo, como un acto de justicia histórica, dejo en claro aspectos
nuevos sobre la fementida crisis que el general Barrios tuviera con la
Iglesia Católica como causa de su muerte, y dejo relatadas las
principales acciones gubernativas de hombres preclaros de nuestro país,
como Rafael Campo, Francisco Malespín, Francisco Dueñas
y el mariscal Santiago González, como un esfuerzo por que las nuevas
generaciones conozcan no sólo el entorno de aquellos tiempos en
que la influencia del general Barrios se hizo sentir en las cosas del
Estado salvadoreño, sino también aquellas obras de quienes
antes y después de él también contribuyeron al desarrollo
republicano y realizaron una amplia labor que marcara el paso hacia la
modernización de El Salvador, a pesar de las condiciones poscoloniales
que aún se dejaban transpirar en los primeros cincuenta o sesenta
años de vida independiente y de la aparición indeseable
a la causa unionista de posiciones encontradas en cuanto a la lucha partidista
de liberales y conservadores.
Sin dejar en mengua el honor que se merece nuestro capitán general
Barrios, quien sin duda debe haber sido, en realidad, el primer gobernante
que hizo caminar el aparato estatal bajo normas traídas de Europa,
en especial de Francia, modernizando y unificando el sistema jurídico
por medio de un Código Civil todavía vigente, reformas tributarias,
impulso al cultivo del café, profesionalización del ejército,
habilitación a la navegación internacional de los puertos
de Acajutla y Cutuco, creación de cuatro escuelas normales para
la formación de maestros, bibliotecas, y muchas obras más,
pero, sobre todo, recalcando sus múltiples esfuerzos por lograr
la unión de las repúblicas del Istmo bajo la denominación
de Estados Unidos de Centroamérica y que fuera su estandarte
de lucha política e ideológica.
Después de los actos protocolarios, me correspondió decir
unas cuantas referencias sobre mi ensayo y responder a ciertas preguntas
del auditorio, momento crucial en el cual pedí a las autoridades
de la Universidad Capitán General Gerardo Barrios, que, cuando
se publique mi trabajo histórico, se respete mi voluntad de que
en él aparezca mi dedicatoria del mismo a la memoria de don Napoleón
Viera Altamirano, fundador y director de este apreciable matutino, cuyo
lema fue y sigue siendo el de hay que hacer un gran pueblo en Centroamérica,
que refleja con meridiana claridad la postura unionista de tan grande
pensador e impulsor de nobles campañas, así como su creencia
firme en un ideal que, de efectuarse en la realidad, nos convertiría
en una región no sólo respetable, sino en un bloque nacional
competitivo ante los nuevos retos que plantea el fenómeno socioeconómico
de la globalización.
Además de su ideal unionista, don Napoleón, a quien conocimos
y alternamos en este querido matutino desde nuestra temprana juventud,
era un decidido defensor de nuestros recursos naturales, de lo que ahora
llamamos ecosistema, promoviendo campañas sobre la reforestación,
evitar el uso de las quemas de rastrojos, la conservación de los
bosques salados y de tierra firme, en fin, manteniendo una permanente
preocupación por todo lo bueno que representa la conservación
del suelo y sus riquezas, hasta el grado de formar junto a otros hombres
visionarios la asociación Amigos de la Tierra. En cuanto
a su pensamiento fecundo, basta con recrearse en sus editoriales, con
una verticalidad moral que ya desea- ríamos ver imitada en las
nuevas generaciones de periodistas, sin omitir su genio literario, que
dejó plasmado en sentidas y exquisitas poesías que publicara
bajo el acápite de Fuego de Guayacán.
Por este ideal unionista, por este permanente esfuerzo por la agricultura
y la conservación del medio ambiente, en suma, porque don Napoleón
Viera Altamirano es una gloria en el campo periodístico continental,
he creído justo y merecido dedicarle mi obra histórica,
reiterando por este medio mi solicitud verbal de que esa dedicatoria aparezca
en las ediciones de mi ensayo cuando lo publique aquella prestigiosa universidad
de mi amada zona oriental, que lleva el nombre de Capitán General
Gerardo Barrios.
* Abogado y Psicólogo

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