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Analizando
¿Se está perdiendo el principio de autoridad?

Debe el Gobierno ser fiel con el juramento que protestaron los funcionarios y empleados al tomar posesión de sus cargos, de cumplir y hacer cumplir la Constitución y demás leyes secundarias

Publicada 17 de octubre 2004, El Diario de Hoy

Carlos Adalberto Fonseca*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

El Estado es un ente sujeto a derechos por excelencia. Y todos sus habitantes, nacionales o no, están obligados —vinculados— por una serie de derechos y deberes recíprocos, determinados por el poder supremo del Estado, que está revestido de soberanía (suprema potestad). O sea que no es tal si le falta SOBERANÍA.

Viene al caso la anterior referencia, pues en nuestro país estamos viviendo un período en el que —duele decirlo— parece que el principio de autoridad se está perdiendo, y si no actúa en forma pronta y enérgica el Gobierno, vendrán el caos y el desorden total.

Falta una acción decidida que imponga el cumplimiento de nuestras leyes, porque el abuso, el desorden, la vulgaridad, la insolencia se han enseñoreado por doquier. Y para muestra bastan algunos botones:

1º) Los buseros, camioneros, taxistas y demás son árbitros indiscutibles y dueños de las vías públicas; corren desaforadamente, a sabiendas de que nada arriesgan, pues el vehículo que conducen no es de su propiedad, y además andan seguros de que nada les pasará por el tamaño; esparciendo también humo sin ningún miramiento. Por otra parte, piden les perdonen las multas por infracciones.

Asimismo, los empresarios, dueños de las unidades, ponen las tarifas que quieren, argumentando el alza de los precios de los repuestos y combustibles, haciendo creer que no obtienen ganancias. Lo cual no es del todo cierto, pues imaginan que el pueblo ha olvidado que uno de los grandes negocios de este país ha sido y sigue siendo el del transporte colectivo, en cuyo comercio todo es al riguroso contado, lo que les ha convertido en adinerados y políticamente poderosos. Sólo que los pobres trabajadores y empleados sujetos a un salario fijo sufran el aumento.

2º) Las turbas desenfrenadas que por cualquier sinrazón obstaculizan el paso de vehículos y peatones, que nada tienen que ver con el artificial problema que dicen los motiva; manchan, ensucian y destruyen la propiedad privada. Tenemos la impresión de que las otras personas, según parece, en esta tierra no tienen ningún derecho.

3º) Pululan por doquier vendedores de artículos de dudosa procedencia, haciendo sus negocios sin que nadie se los impida.

4º) San Salvador, en particular, y todas las ciudades del país en general, son mercados al aire libre: las vendedoras con sus canastos, matatas y cajones, impiden la circulación a personas y vehículos. Y al lado de las ventas, comen, duermen, hacen sus necesidades fisiológicas... En otras palabras allí viven, creando focos de suciedad, enfermedades y desórdenes de toda naturaleza; argumentando a favor de su mal proceder, con desprecio a la ley y ordenanzas municipales, que así se ganan la vida y sostienen económicamente sus hogares.

Argumento que también podrían aducir otros que están fuera y violan la ley; observando que aquí, en particular en nuestra ciudad capital, los últimamente referidos problemas se agigantan. Pues el Concejo los elude, y con artificios leguleyescos se lavan las manos, por supuesto apoyados en la razón de no perder votos en las elecciones.

Siendo por otra parte, una de las causas del desorden imperante en nuestra ciudad, el que el jefe del concejo de San Salvador, cuando allá en lontananza vislumbra la venida de un problema, se dedica a viajar y así deja que los otros ediles lo afronten.

Creemos que ya es hora de poner fin a todos los anteriores citados abusos. Democracia no es permitir tales desmanes. Y libertad no es sinónimo de libertinaje. De tal manera que debe el Gobierno ser fiel con el juramento que protestaron los funcionarios y empleados al tomar posesión de sus cargos, de cumplir y hacer cumplir la Constitución y demás leyes secundarias.

*Lic. en Filosofía y Dr. en Derecho.

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