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Carlos Ball*
El Diario de Hoy
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Miami. (AIPE).- Utilizando la medida que
queramos el ingreso per cápita, los índices de pobreza,
el tamaño de la economía informal, el desempleo, la fuga
de capitales, la emigración América Latina sigue atrasada,
subdesarrollada y pobre. ¿Por qué? Alvaro Vargas Llosa lo
explica en su recién publicado libro Rumbo a la libertad
(Editorial Planeta, Buenos Aires, 2004).
Este brillante periodista y escritor peruano relata el inmenso daño
causado por el nacionalismo económico que predominó en América
Latina después de la Segunda Guerra, cuando hizo explosión
el positivismo, proceso... mediante el cual las autoridades centrales...
aceleran el desarrollo a través de lo que hoy llamaríamos
la ingeniería social.
El nacionalismo económico promovido por la CEPAL culpaba de la
pobreza a injustos términos de intercambio vendíamos
materias primas baratas e importábamos productos terminados costosos
y su remedio era proteger la industria nacional con altos aranceles, cuotas
de importación, controles de cambio y devaluación de la
moneda.
Vargas Llosa se pregunta: ¿Qué incentivo podían
tener para ser eficientes y usar nueva tecnología unas compañías
que operaban en mercados altamente protegidos? Esa política
favoreció sólo a ciertas elites empresariales latinoamericanas
que pronto comprendieron que para triunfar era preciso no tanto complacer
al consumidor, sino a los ministros, políticos y funcionarios que
toman las decisiones económicas importantes. Quizás por
ello aún hoy vemos que grandes capitalistas latinoamericanos
suelen defender políticas contrarias al libre mercado.
Pero los políticos pronto comenzaron a ponerle la mano a las llamadas
industrias básicas y estratégicas, como el petróleo,
la electricidad, los teléfonos, los minerales, la banca, la pesca,
las líneas aéreas, etc. En 1982, el Gobierno mexicano tenía
más de mil empresas; el argentino, 350, y en Venezuela se había
nacionalizado la industria petrolera, lo cual puso punto final a varias
décadas de crecimiento y prosperidad. El deterioro de los servicios
públicos no se dejó esperar y pronto habría que pagar
sobornos si no se querían esperar dos o tres años para la
instalación de un teléfono.
El costo de la ineficiencia de las empresas estatales, sumado al costo
de los monopolios y oligopolios privados, obtenidos por los buscadores
de rentas a través de sus contactos políticos, arrasaron
con la clase media e hizo a los pobres aún más dependientes
de las dádivas gubernamentales. Recordemos que la justificación
de tan infame política económica era que beneficiaba al
pueblo, cuando la realidad fue todo lo contrario.
Lamentablemente el BID, el Banco Mundial, el FMI y Washington, al promover
y respaldar políticas equivocadas, lejos de ayudar a América
Latina contribuían al subdesarrollo. Mientras la fuga de capitales
de América Latina alcanzó 68 mil millones de dólares
en los años 80, el FMI prestaba 54 mil millones de dólares
al mundo subdesarrollado entre 1982 y 1989, con la condición de
que se aumentaran los impuestos.
El nacionalismo económico colapsó y el remedio aplicado
fue el neoliberalismo (que prefiero llamar pseudoliberalismo)
de los años 90, cuyo verdadero objetivo es descrito por el autor
con la famosa frase de Lampedusa: Si queremos que todo siga como
está, es preciso que todo cambie. Evidentemente que las elites
no querían perder poder ni rentas, por lo cual se aplicaron correcciones
más de forma que de fondo. Las privatizaciones, por ejemplo, a
menudo traspasaron monopolios públicos a manos privadas, en detrimento
del consumidor y en desprestigio del capitalismo.
La tesis principal del libro es que la inversión, la producción
y el crecimiento son manifestaciones del desarrollo, no sus causas. Las
causas del desarrollo como bien lo han demostrado economistas como
Peter Bauer son la libertad individual (que incluye desde luego
la libertad de comprar y vender, importar o exportar, lo que queramos),
el respeto a la propiedad privada, gobiernos limitados y el Estado de
Derecho.
La libertad individual nunca ha existido en América Latina. Durante
la Colonia, casi un millón de leyes y normas fueron promulgadas,
y luego de la Independencia, como el Estado representa los intereses
del pueblo
no hace falta que todos los miembros de la sociedad
asuman la responsabilidad de sus propias vidas. Vargas Llosa culpa
la tragedia latinoamericana en la opresión representada por el
corporativismo y mercantilismo de Estado, el privilegio, la transferencia
de riqueza y leyes politizadas. En América Latina no hay
un sistema de justicia. Lo que hay es un sistema político: los
tribunales son sus instrumentos.
El atraso latinoamericano no resulta tan misterioso una vez que examinamos
los hechos y detectamos las falsedades de la bulla constante de políticos
y burócratas, tanto locales como multilaterales.
*Director de la agencia AIPE y académico asociado del Cato Institute.
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