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Grupos. El año del golpe varios grupos subversivos
operaban de manera descoordinada, pero con métodos violentos
similares.Foto EDH
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Primera de Tres Entregas
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
El mandatario Carlos Humberto Romero miró duramente a los ojos
del funcionario estadounidense cuando éste, con tono frío
y preciso, le dijo: General, el Presidente Carter considera que
la situación en que se encuentra su gobierno es insostenible, por
lo que le recomienda deponga su cargo y lo deposite en una junta de gobierno
pluralista o en una persona de confianza del pueblo salvadoreño.
El mayor Adolfo Rubio Melhado, militar en retiro, dio testimonio a este
Diario del encuentro que se produjo a principios de septiembre de 1979,
en el despacho presidencial, en San Salvador, entre el Gral. Romero y
el enviado especial de James Carter, Byron Vaky, también secretario
adjunto para Asuntos Latinoamericanos.
El régimen de Carter, explica el mayor Melhado, había perdido
el respeto por el Gobierno de El Salvador, ya que cuando Vaky vino al
país se saltó todo protocolo y se encaminó directamente
a la oficina del presidente Romero.
Visiblemente molesto, el Gral. Romero respondió: Yo soy el
Presidente constitucional de la República y me debo al pueblo que
me eligió, no puedo renunciar a mi cargo ni mucho menos depositarlo
en otras manos.
Vaky habría contestado: Señor, si no dimite, lo va
a lamentar. ¿Es que no entiende usted el mensaje...?
El mensaje era inequívoco. Así de claro se lo habían
planteado meses atrás a Anastasio Tachito Somoza, antes
de que éste fuera depuesto por los sandinistas, también
bajo el padrinazgo de Carter.
Existen indicadores documentales y testimoniales de que tanto el golpe
de Estado de octubre de 1979 como el programa reformista de las sucesivas
juntas de gobierno contaban con el aval del presidente Carter.
Documentos secretos del Departamento de Estado ya desclasificados dan
cuenta de que por lo menos el 2 de junio de aquel año, cinco meses
antes de la caída de Romero, el gobierno estadounidense conocía
de primera mano pormenores de la conspiración, la identidad de
los autores y las reformas que éstos se proponían imponer.
De hecho muchísimas personas conocían desde hacía
meses que se estaba fraguando un golpe, tantas que resulta imposible pensar
que los rumores no hubiesen sido del conocimiento del propio presidente
Romero.
Para julio de aquel año, no menos de tres golpes estaban planteados:
El de la Juventud Militar, que por entonces ya quería desligarse
del Departamento de Estado y la CIA, y buscaba apoyo en países
europeos, y el del Grupo Antel, así llamado por estar integrado
por ex funcionarios de la entonces autónoma telefónica,
encabezado por el Cnel. Nicolás Carranza. Dos de ellos ya redactaban
sus respectiva proclamas. El tercer golpista habría sido sido el
Gral. Romero, quien comprendió que su administración se
tambaleaba por la agitación subversiva, la presión estadounidense
y el descontento de los militares jóvenes. Se presume que proyectaba
dejar en el poder a alguien de su confianza.
Carter interviene
Como gestor de los objetivos del golpe, Carter había ordenado hacer
un estudio de la tenencia de la tierra, en El Salvador, así como
un valúo del costo de una reforma agraria.
El cálculo se hizo sobre el valor registrado por los propietarios
para efectos impositivos y llegó a la cifra de 2 mil millones de
dólares, al cambio de la época, de 2.50 colones por dólar.
La intención de Estados Unidos, según los informantes, era
comprar las propiedades a los precios en que habían sido declaradas
para efectos tributarios.
Por otra parte, los militares jóvenes, de acuerdo con testimonios
recientes, no querían una inmediata implementación de la
reforma agraria, sino solamente asentar las bases para un proyecto en
el cual se pondrían a trabajar sólo las tierras ociosas.
Los autores del golpe, según dicen algunos de ellos, no tenían
entre sus planes llevar a cabo las reformas, sino que esto sería
responsabilidad del gobierno que surgiera de elecciones libres.
El gobierno del ex presidente Romero no fue muy diferente a los ejercidos
en las décadas anteriores por militares pertenecientes al Partido
de Conciliación Nacional, PCN.
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Algunos militares que seguían carreras en
la UCA eran indoctrinados, por lo que se volvieron sospechosos de
simpatizar con la subversión. Foto
EDH
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Sin embargo, la embajada de EE.UU. le consideraba mucho
menos dispuesto que el gobierno de su antecesor, el coronel Arturo Armando
Molina, a introducir en el país lo que la administración
Carter consideraba las reformas estructurales profundas que garantizaran
la equitativa tenencia y posesión de la tierra y la justa distribución
de la riqueza.
Estas últimas palabras que reiteraban en sus incendiarios discursos
los agitadores de izquierda que se habían tomado las calles de
San Salvador figurarían más tarde, significativamente, en
el texto de la Proclama de la Fuerza Armada, pero más lo es el
hecho de que la proclama de los sandinistas planteaba las mismas reivindicaciones.
El propósito de los golpistas y del mismo Carter era el de arrebatar
bandera a la izquierda beligerante, anticipándose a ésta
con las reformas que, supuestamente, evitarían el temido estallido
social.
La presión estadounidense y la idea de restarles banderas a los
subversivos venía desde tiempos del ex Presidente Arturo Armando
Molina, quien en 1978 había dado muestras de que llevaría
a cabo la reforma agraria.
El gobierno de Estados Unidos, según nuestros informantes, se aproximó
al Gral. Romero con propuestas mucho más apremiantes más
bien amenazadoras que las que en su momento se le formularon a Molina,
pero encontró a un militar que argumentó que los males que
seguirían a las reformas como la historia se encargó
de demostrarlo serían peores que la revolución comunista
que se trataba de conjurar con ellas.
Convencidos de que Romero no iba a ser su hombre, lo conminaron
a que renunciara a su cargo, puesto que la agitación subversiva
iba en aumento y se corría el riesgo de un baño de sangre
en el país. Las tomas de fábricas, violencia callejera,
secuestros, robos a bancos eran atrocidades cada vez mayores y más
frecuentes, cometidos por agitadores marxistas-leninistas, entrenados
en las aulas de la Universidad de El Salvador e indoctrinados por jesuitas
que predicaban la Teología de la Liberación.
Compañeros de armas de Romero consideran que él comprendió
que debía evitar no sólo el baño de sangre entre
los civiles, sino también un inevitable enfrentamiento entre los
militares, lo cual habría debilitado al Ejército y reforzado
a los comunistas.
Antecedentes del golpe
Fuentes militares afirman que cuando el presidente Molina estaba a punto
de terminar su período, decidió que su sucesor fuese escogido
entre la juventud militar. Muchos de ellos estudiaban carreras humanísticas
en la UCA, donde eran indoctrinados y se volvieron sospechosos de simpatizar
con la subversión.
Molina escogió a los coroneles José Guillermo García
y el Cnel. Eugenio Vides Casanova. Les puso en cargos políticos
con la idea de que, llegado el momento, les propondría como opciones
para la candidatura presidencial. Pero habiéndose enterado de los
propósitos de Molina, su ministro de Defensa, el Gral. Romero,
se hizo nombrar candidato por un grupo de oficiales de alto rango y comandantes
de regimientos. Los militares jóvenes vieron frustrada su iniciativa
de introducir cambios.
Para mí, esto marcó el principio del movimiento del
79, dice el mayor Rubio Melhado.
Carter quiso rectificar sus errores
El reciente triunfo de los sandinistas en Nicaragua había
alentado las esperanzas de los grupos terroristas salvadoreños
que en el 79 aún actuaban en forma descoordinada, antes de que
Fidel Castro apadrinara la integración del FMLN en La Habana, el
10 de octubre de 1980. Muchos miembros de las facciones subversivas habían
militado en las filas sandinistas, después de graduarse de cursos
de insurgencia urbana y rural en la Universidad de El Salvador, en La
Habana y en la Universidad Patricio Lumumba, en Moscú.
Los sandinistas tenían armas en abundancia procedentes de Cuba,
suministradas a través del puente que habían establecido
en Costa Rica, los presidentes Rodrigo Carazo Odio y Omar Torrijos, de
Panamá, para propiciar la caída de la dinastía Somoza.
La llamada iglesia popular y su teología liberacionista, perifoneada
desde los púlpitos y la cátedra jesuita en la UCA, santificaban
la causa. Los subversivos salvadoreños voceaban la consigna del
momento: ¡Hoy Nicaragua, mañana El Salvador!.
Esperaban, asimismo, que el efecto dominó arrastrara a Honduras
y Guatemala. El entusiasmo de Carter por el aparente éxito de la
revolución nicaragüense comenzó a descender
cuando su partido Demócrata le empieza a cuestionar, primero, por
el caos que se desata en Irán a la caída del Sha Reza Pavlevi,
propiciada por el mismo Carter y por la evidente tendencia comunista del
sandinismo.
En ambos casos, en nombre de los derechos humanos, Carter
había descabezado a dos gobiernos que durante años dieron
sobradas muestras de amistad a Estados Unidos, sin ocuparse de sustituirlos
por otras más respetuosas de tales derechos.
Tanto Irán como Nicaragua cayeron, gracias a Carter, en peores
dictaduras. El feroz anti-yanquismo que manifiestan los sandinistas hace
ver a los contribuyentes estadounidenses que su dinero se había
malgastado en Nicaragua al convertirlo, después de Cuba, en el
segundo satélite americano de la Unión Soviética.
Ahora le tocaba el turno a El Salvador.
Consciente del enorme costo político de un tercer error Carter
intentó rectificar el rumbo de su intervención en Centroamérica.