Carlos
Balaguer
El Diario de Hoy
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editorial@elsalvador.com
Me
pregunto sobre los sordos del alma: Este hijo no oye los consejos,
Este hombre no oye los llamados del corazón, Este
Gobierno no escucha el clamor del pueblo. De hecho se ha dicho que
no hay peor sordo que el que no quiere oír o eso de
hacerse el sordo, cuando nos hacemos los desentendidos hacia
lo que no nos conviene escuchar. Gramaticalmente se entiende como sorda
a la persona indiferente.
El lenguaje de las señas en el silencioso mundo de los no
oyentes es universal. La fundación Manos Mágicas pretende
registrarlo en la propiedad intelectual como un patrimonio cultural. Según
la escritora Yanira Soundy, la población con sordera requiere entender
el mundo que les rodea, pues nuestros niños ven a diario
las terribles tragedias humanas que se dan en nuestro país, y no
logran entender por qué se dan ese tipo de situaciones.
En realidad, tampoco aquellos que tenemos el don de escuchar las palabras
del amor, el canto de los pájaros o las sublimes sinfonías
de músicos famosos, tampoco entendemos el porqué de la tragedia
social y de la triste condición humana, en un mundo que paradójicamente
tiene todos los recursos para ser feliz.
Tal vez porque para saber las causas de la desdicha humana en el
lenguaje del silencioso mundo de los sordos los que tenemos el don
de la audiencia, tengamos que escuchar al mundo con los oídos del
corazón.
Día a día
Las maras
El New York Times establece una clase de vínculo
entre la violencia actual provocada por las maras, y las depredaciones
de las guerrillas en los ochenta. Pudo haber agregado que los mareros
en Centro-América son el equivalente occidental de las bandas de
fanáticos terroristas del Medio Oriente. Las maras asesinan sin
sentido, mutilan, decapitan y mantienen aterrorizadas comunidades y barrios
enteros, igual que los fundamentalistas.
En los disturbios del centro de San Salvador, las maras fueron la carne
de cañón de la izquierda, como los estudiantes fanatizados
sirvieron a la guerrilla en los ochenta.