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PALABRAS.
El lenguaje del silencioso mundo

Se estima que el diez por ciento de nuestra población es sorda. Esto es, de cada diez personas una no oye.

Publicada 15 de octubre 2004, El Diario de Hoy

Carlos Balaguer
El Diario de Hoy

pintorbalaguer@hotmail.com
editorial@elsalvador.com

Me pregunto sobre los sordos del alma: “Este hijo no oye los consejos”, “Este hombre no oye los llamados del corazón”, “Este Gobierno no escucha el clamor del pueblo”. De hecho se ha dicho que “no hay peor sordo que el que no quiere oír” o eso de “hacerse el sordo”, cuando nos hacemos los desentendidos hacia lo que no nos conviene escuchar. Gramaticalmente se entiende como “sorda” a la persona indiferente.

El lenguaje de las señas —en el silencioso mundo de los no oyentes— es universal. La fundación Manos Mágicas pretende registrarlo en la propiedad intelectual como un patrimonio cultural. Según la escritora Yanira Soundy, la población con sordera requiere entender el mundo que les rodea, pues “nuestros niños ven a diario las terribles tragedias humanas que se dan en nuestro país, y no logran entender por qué se dan ese tipo de situaciones”.

En realidad, tampoco aquellos que tenemos el don de escuchar las palabras del amor, el canto de los pájaros o las sublimes sinfonías de músicos famosos, tampoco entendemos el porqué de la tragedia social y de la triste condición humana, en un mundo que —paradójicamente— tiene todos los recursos para ser feliz.

Tal vez porque para saber las causas de la desdicha humana —en el lenguaje del silencioso mundo de los sordos— los que tenemos el don de la audiencia, tengamos que escuchar al mundo con los oídos del corazón.



Día a día

Las maras

El New York Times establece una clase de vínculo entre la violencia actual provocada por las maras, y las depredaciones de las guerrillas en los ochenta. Pudo haber agregado que los mareros en Centro-América son el equivalente occidental de las bandas de fanáticos terroristas del Medio Oriente. Las maras asesinan sin sentido, mutilan, decapitan y mantienen aterrorizadas comunidades y barrios enteros, igual que los fundamentalistas.

En los disturbios del centro de San Salvador, las maras fueron la carne de cañón de la izquierda, como los estudiantes fanatizados sirvieron a la guerrilla en los ochenta.

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