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| Pospartido. Santos Rivera salió como sustituto
y llegó como héroe. Foto EDH |
Julio Carrilo
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com
El radiorreloj
de la habitación marca las 00:13 del 14 de octubre de 2004. Santos
Rivera, la gran figura de El Salvador, no puede ni quiere dormir. Juega
con el control remoto del televisor intentando encontrar algún
canal que pase fútbol de las eliminatorias. Lo más cercano
a eso es un partido del Chelsea de la Liga Inglesa, que termina por convencerlo.
Santos no iba a jugar, pero la lesión de Misael lo obligó
a ser protagonista. Cuando vi que Misa estaba en el suelo me di
cuenta de que era algo grave. Y aunque nadie me lo pidió, me levanté
y empecé a calentar en la pista de atletismo. Al rato me vinieron
a decir que era probable que ingresara, explicó Santos, cubierto
completamente por una sábana blanca de donde sólo asomaba
su cabeza.
El portero tuvo su amuleto de la suerte, un rosario blanco que lleva a
todos lados, pero que rara vez le permiten ingresar al campo de juego.
Pero entre la confusión, nadie se dio cuenta de ese detalle.
Claro que me ayudó este rosario, lo llevo
a todos lados. Y como nadie me dijo nada, me lo dejé puesto. Sabía
que entraba al partido en un momento difícil, ya que ellos iban
a salir a atacar con todo porque necesitaban ganar, aseguró.
Santos tuvo cuatro tapadas muy buenas, pero para él la más
difícil fue la última, la que alcanzó a desviar y
luego devolvió el poste: Sentí el ruido del poste
y me quedé tranquilo. En realidad yo les pedía a los muchachos
que salieran un poco, pero ellos se vinieron con todo.
Aquel que no iba a jugar, al final terminó siendo el que salvó
el partido. Para Santos, la única explicación posible es
que en el fútbol todo es posible.