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Tomando la palabra
Tener o no credibilidad

Los “disque” sentimientos humanitarios del periodista hacia las violaciones de niños pueden perfectamente catalogarse de hipócritas, porque contrastan grandemente con su aprobación al aborto.

Publicada 11 de octubre 2004, El Diario de Hoy

Evangelina del Pilar de Sol*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Quien ha llevado una vida recta, granjeándose una buena reputación, gozará siempre de total credibilidad ante la opinión pública.

El reverso es aquel que equivocó la ruta. Aquel que es conocido por su funesto pasado. Tendría mucho camino que recorrer si deseara reivindicarse para lograr la ansiada credibilidad que disfruta todo ser honesto.

A mi regreso de un reciente viaje, tuve conocimiento del lacerante artículo contra la Iglesia Católica —artículo plagado de falsedades y absurdos— fundamentado en la palabra de columnista poseedor de reconocida aviesa trayectoria, cuya credibilidad se derrumba con estrépito por su propio peso. Posteriormente, ante las múltiples respuestas a su desafortunada temeridad, que le dejaran plasmado como un perfecto iletrado en asuntos de religión, volvió al ataque contra la Iglesia mencionando como fuentes de información a escritores de artículos y libros que incluyen sacerdotes.

Jesucristo mandó a los cristianos ser luz que ilumine y fermento que transforme la masa informe en personas excelentes, y entre sus obras de misericordia está el “enseñar al que no sabe”, por tanto, hay que ejercer misericordia con periodistas que demuestran profunda ignorancia.

No son de extrañar los traidores insertados en la Iglesia Católica, pues aún desde que Jesucristo mismo la fundó surgió el primer traidor: Judas Iscariote.

Es propio del oscurantismo del Siglo XVIII, en el que siguen anclados muchos, pretender que la Iglesia traicione a Jesucristo reduciéndose al interior de los templos y las conciencias y que ésta no tenga nada que opinar para mejorar la sociedad. Ciertamente, Judas Iscariote ha tenido una larga descendencia. Es absurdo juzgar a cualquier institución basados en quienes la traicionan de palabra y de obra.

También es absurdo que alguien marcado por delitos que justifica con la más absoluta y fría carencia de conciencia como “errores de juventud”, pretenda tener la “estatura moral” y la credibilidad para poner en duda la respetabilidad de personas, en especial de sacerdotes quienes en su mayoría, despojándose de todo egoísmo, se abandonan en el Señor entregándole su vida para ayudar a su prójimo, que por supuesto incluye al susodicho escritor como hijo de Dios que es —le guste o no—, a quien ojalá pudiera alguno transformarle de “masa informe” en la persona excelente que podría llegar a ser, dada la inteligencia privilegiada que posee para algunas cosas y que el mismo Dios le obsequió —le guste o no aceptarlo también.

Las violaciones de niños son un horrible delito, pero sólo una mente obtusa puede generalizar acusando a una Iglesia entera de corrupción sexual por delitos cometidos por una minoría. Considero esto un ultraje y total insensatez, pues equivaldría a acusar de violadores de hijos e hijas a todos los padres de familia del mundo, por causa de degenerados progenitores que a diario son denunciados en los medios, por abusar sexualmente de sus retoños, espantosa realidad que no comenta el escritor, porque le desbarataría su “teoría” de que los sacerdotes violadores lo son por no tener “vida sexual normal” y que la castidad, la abstinencia y el autocontrol ante cualquier aberración sexual, están contra natura, como pregona.

El uso del sexo es un derecho matrimonial. Pobre cónyuge cuya pareja defiende lo animal ante lo racional y la fornicación y adulterio como normales.

Los “disque” sentimientos humanitarios del periodista hacia las violaciones de niños pueden perfectamente catalogarse de hipócritas, porque contrastan grandemente con su aprobación al aborto, asesinato tan execrable como las violaciones que condena.

En este crimen de lesa humanidad, niños tan indefensos como los violados sufren la más despiadada muerte que puede tener el ser humano, ser descuartizado vivo. El terror sufrido por estas pequeñas víctimas de entre once y doce semanas de gestación, se puede apreciar en vídeos de ultrasonografías cuando el pequeño, abriendo su boca desmesuradamente, en un impresionante grito silencioso, empujándose, trata infructuosamente de escapar de los instrumentos abortistas que le descuartizarán.

Repartir condones a diestro y siniestro es promover la fornicación, y nuestra Iglesia debe condenarlo porque Jesús así lo enseña: 1-Cor 6, 18. Más Dios nos da libre albedrío para pertenecer o abandonar su Iglesia, o acoger o no sus enseñanzas, pero como Padre advirtiéndonos sobre las consecuencias si torcemos el camino. En Romanos 1- 26 y 27, posiblemente se profetiza el Sida, cuyo inicio fuera propagado por homosexuales y bisexuales.

Un artículo editorial del 25 de septiembre publicado en este periódico cita informe de la revista Science, 30ª edición, evidenciando que el único lugar en África que ha detenido la expansión del Sida es Uganda, cuyo gobierno puso en práctica la estrategia de abstinencia antes del matrimonio y fidelidad después, por lo que la cifra de infectados, que en los 80 alcanzaba el 30%, bajó a sólo un 6%. ¿A qué viene entonces tanta terquedad con los condones y aversión a lo único que ha dado resultado?

Lo que les molesta a estos defensores de la cultura de la muerte y de la descomposición moral es que la realidad actual demuestra que están equivocados, pues su libertinaje sexual, por mucha píldora y condones que repartan, ha tenido un resultado contraproducente, aumentando la propagación del Sida, suicidios, violencia, destrucción familiar, tal como sucede en Inglaterra, con las cifras más elevadas de embarazos y abortos de adolescentes y difusión de ETS.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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