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Casi 50 personas tienen un ingreso de 120 dólares
asegurado gracias a la iniciativa
de esta empresa que se construyó con apoyo de salvadoreños
en los Estados Unidos Foto EDH |
Por Krissah Williams/The
Washington Post
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
SAN PEDRO MASAHUAT.Marta Sonia Ayala
se inclina sobre una mesa de metal para recoger e introducir montoncitos
de un polvo color castaño claro en bolsas plásticas.
Luego colocará las bolsas de frijolito molido en una máquina
selladora, les pegará las etiquetas de colores y las enviará
a 22 tiendas del país, donde se venderán a $1.35 la libra.
A final de mes, Ayala y otros 47 trabajadores recibirán unos $120
por su trabajo en la planta procesadora de alimentos orgánicos.
Estoy contenta, dice Ayala, de 55 años y madre de ocho
hijos. Antes era más duro. Ahora tengo mi salario asegurado.
En este pueblo salvadoreño pocas personas tienen una paga fija
y muchos viven con menos de $1 al día. La pequeña planta
procesadora, a una hora al sur de San Salvador, en el departamento de
La Paz, es parte de un experimento encabezado por la Pan-American Development
Foundation (PADF), una organización internacional con sede en Washington
DC y el Cuscatlán Latino Center, una alianza de 10 grupos salvadoreños
con sede en Arlington, Virginia.
Ambos grupos están a la vanguardia de un esfuerzo para modificar
la manera en que se utilizan los $2 mil millones que anualmente envían
los salvadoreños que viven en Estados Unidos.
Tradicionalmente, cuando estos inmigrantes envían dinero a sus
hogares, éste se destina directamente a las familias para la compra
de alimentos, ropa o mejoras en la vivienda.
Por su parte, las asociaciones comunitarias normalmente envían
dinero para llevar a cabo proyectos sociales, como carreteras o clínicas,
por lo general en áreas donde viven sus familiares. La preocupación
es que estos fondos no están generando empleos, sino comunidades
dependientes del dinero del exterior.
Nuestro país sobrevive porque las familias esperan el dinero
y aunque me duele decirlo (muchas) de estas personas no trabajan.
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| Trabajo conjunto. José Armando García
y Marta Sonia Ayala, de una cooperativa en San Pedro Masahuat. Foto
EDH |
Tenemos que cambiar esto. Quienes envían las remesas
son mi generación. La nueva generación no va a hacerlo,
dijo Elmer Arias, presidente del Cuscatlán Latino Center. Necesitamos
invertir este dinero de manera más productiva.
El Cuscatlán Latino Center ha conseguido $10 mil para invertir
aquí. Por medio de fiestas y rifas se recaudaron $5,000 y los otros
$5,000 fueron donados por una compañía distribuidora de
la Budweiser en el área metropolitana.
Para manejar el proyecto, Arias llamó a una prima suya que vive
en El Salvador y que tiene experiencia en este tipo de desarrollos.
Ella puso a Arias en contacto con Confras, una federación de cooperativas
agrícolas que representa a 11 mil agricultores. Confras donó
las 12 manzanas de tierra y aceptó el manejo diario de las operaciones
de la planta sin costo alguno.
J. Francisco Ramos, gerente de Confras, dijo que el grupo aceptó
porque pensó que el proyecto demostraría lo que podían
hacer los trabajadores si tuvieran dinero para comprar el equipo necesario.
Pueden procesar los alimentos que producen, pero no es fácil
porque se necesita tecnología, dijo Ramos.
La Pan American Development Foundation, una organización no lucrativa
fundada en 1962 por la Organización de Estados Americanos, contribuyó
con $50,000 que obtuvo de la Agencia para el Desarrollo Internacional
de EE. UU. Se utilizaron unos $15,000 en la instalación de un sistema
de irrigación y $20,000 para comprar máquinas para cocinar,
moler y empaquetar el producto, según Dale Crowell, coordinador
de PAD.
Otros $20,000 se utilizaron en contratar a personas que enseñaran
a los agricultores las técnicas del cultivo orgánico.
La cooperativa gastó unos $5,000 en folletos, mercadeo y encuestas
para averiguar qué productos comprarían los salvadoreños
de Estados Unidos. El número uno en la lista fue el loroco ingrediente
fundamental de la pupusa.
Las ventas de la planta en su primer año alcanzarán los
$42,400, casi suficiente para cubrir salarios, según Confras.
El Cuscatlán Latino Center tiene previsto recaudar otros $15,000
para la planta con los que se pagarán costos operacionales y nueva
maquinaria. La meta es que un día proporcione beneficios por sí
misma.
La cooperativa plantó sus primeros cultivos en marzo. Hoy ya se
ven 12 manzanas repletas de plátanos, carambolas, hibisco, pepinos,
limón, cocoteros y, por supuesto, loroco.
Al final de un camino empedrado, junto al vivero, se encuentra un edificio
de concreto con tres estancias. En la más grande se lavan, se cortan
y se cocinan los vegetales y la fruta. Hay dos enormes mesas metálicas
en el centro del cuarto. Hay un fregadero industrial y un horno contra
una de las paredes. En una esquina está la máquina que muele
el maíz y el arroz.
La segunda estancia es una oficina con dos mesas y dos teléfonos.
La tercera es una tienda para atender a clientes que desean comprar mermeladas
hechas de frutas y vegetales cultivados orgánicamente en la granja.
Ayala y otro trabajador se encontraban en la sala de procesamiento, empaquetando
el frijolito. Ella expresó con orgullo los paquetes de harina de
arroz y de yuca. Ambos a $1.50 la libra.
Estamos saliendo adelante. Nuestras vidas han cambiado gracias al
apoyo de nuestros amigos en Estados Unidos, comentó Ayala
durante su descanso.
Ayala fue seleccionada para trabajar en la granja porque es una líder
comunitaria. Trabaja de 7:00 a.m. a 4:00 p.m., con una hora para el almuerzo.
Con tranquilidad en la voz y en el gesto, contó que su esposo había
muerto hacía 15 años después de contraer unas fiebres.
Entonces ella trabajó recolectando algodón y vendió
chiles, tomates y cebollas para ganar unos cuantos centavos en el mercado
local y poder así mantener a su familia.
La mayoría de los días, sus ingresos no superaban el dólar.
Cuatro de sus hijos consiguieron trabajos en una maquiladora por $5 al
día. Otro trabajó manejando un bus. Los cuatro completaron
el 9º grado. Ayala no podía pagar los $30 mensuales que cuesta
enviar a sus hijos a la escuela secundaria. Sus hijos más jóvenes
con 15, 16 y 17 años de edad todavía viven con
ella.
El de 17 pronto terminará el 9º grado y ya le ha rogado: Mamá
quiero estudiar. Y yo pienso cómo voy a hacerlo. Este
trabajo me ha ayudado mucho porque ahora tengo una manera de enviar a
mis hijos a la escuela, dice Ayala.