Teresa
Guevara de López*
El Diario de Hoy
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Gran
actividad teatral. Y no hablo de ballet, conciertos o dramas, sino más
bien un mal circo, por las actuaciones bochornosas con que recientemente
se exhibieron ante la ciudadanía algunos profesionales y funcionarios
públicos.
La primera tuvo lugar a la salida del juzgado donde se ventila, con características
bochincheras, el proceso del Dr. Nelson García, amenizado por organizaciones
de discutida entidad y seriedad, en apoyo del protagonista, que parece
disfrutar profundamente del relajo y de su tristemente célebre
notoriedad, que aumenta con sus comentarios de dudoso gusto.
Pero independientemente del nivel de profesionalidad o buena educación
que manejen las partes interesadas, como que el último acto del
vergonzoso sainete llegó más allá de lo que permiten
los límites de la decencia.
El síndico de una gremial de abogados gritaba a los cuatro vientos
sus alabanzas a la intervención del Dr. García, al que adulaba
señalándole como el futuro presidente de la Corte Suprema
de Justicia.
Luego se dedicó a insultar a uno de los magistrados de la Corte,
por supuestos intereses en el proceso con un vocabulario en que abundaron
las letras m.. y p.., refiriéndose al menú que el magistrado
ingería y la filiación de la que procedía, sazonado
por innumerables jotas, y que antes se calificaba como vocabulario
de carretero, pero que hoy causaría la indignación
de los pertenecientes a ese gremio.
El segundo espectáculo lo brindaron los diputados, quienes al calor
del debate por el relleno sanitario, decidieron sacar toda la basura que
su respectiva caja de lustre es capaz de contener.
Como primer acto y para vergüenza del sexo bello, olvidándose
de la finura y delicadeza que debe caracterizarlo, la ex alcaldesa de
Soyapango perdió los estribos ante el cuestionamiento de la construcción
de la planta de transferencia, y brindó toda clase de jotas. (Nada
que ver con el baile aragonés).
En el segundo acto, entra en escena el nunca bien ponderado diputado Arévalo,
y se luce usando la palabra vergo como sinónimo de
cantidad. Y como su compañero de fracción y jefe de la comisión
intentó frenarle, por el orden, el grosero legislador aclaró
que habla en esos términos para que le entienda la población.
Señores profesionales, señores diputados: el pueblo merece
respeto y no tienen ustedes ningún derecho a insultarlo alegando
que sólo con palabras soeces será capaz de entender.
Y si al decir pueblo lo hacen en forma peyorativa, refiriéndose
a personas de baja condición social, tal vez han olvidado que el
campesino salvadoreño ha sido siempre respetuoso y bien hablado.
Era parte de su idiosincrasia el saludar con un buenos días
le dé Dios con reticencias clásicas, mientras se quitaba
el sombrero en señal de respeto.
En las fincas y en los caseríos los mozos, las molenderas y sus
hijos, acompañaban el saludo a sus padrinos con un bendito
y alabado sea el Santísimo, juntando sus manos para adorar
la majestad de Dios. La vulgaridad no es patrimonio del pueblo, sino característica
de la chusma.
Cuando los terremotos de 2001 pusieron a los salvadoreños en las
pantallas de todos los televisores del mundo, recuerdo la admiración
de amigos españoles por las palabras de corte clásico, las
muestras de respeto, los sentimientos de resignación ante la desgracia,
con que se expresaba el pueblo. Decían que parecía que en
nuestra campiña el tiempo se había detenido en el Siglo
XVI, ante la pureza del idioma que les recordaba el castellano antiguo,
no contaminado por el caliche actual.
El vocabulario soez ha sido introducido a la Asamblea por algunos diputados
que carecen de la moralidad e instrucción notoria que demanda su
posición, usan en sus intervenciones el insulto como argumento,
y llevan pancartas que profanan la seriedad del recinto, olvidando que
el pueblo que les eligió no tiene por qué tolerar sus desmanes,
que son un reflejo de su bajísimo nivel educativo. ¿Comprenderán
el mal ejemplo que dan a las jóvenes generaciones de salvadoreños?
Estos penosos incidentes son una evidencia de la necesidad de depurar
el perfil de los profesionales y de los servidores públicos. Un
título no cambia a nadie, sino únicamente convierte a un
patán en licenciado o en doctor. En otros países existen
tribunales de ética que sancionan con suspensión en el ejercicio
de la profesión a los que no han aprendido a respetarse a sí
mismos, ni a los demás, ni al gremio al que pertenecen. El pueblo
merece respeto y exige una disculpa, una rectificación y una enmienda.
*Columnista de El Diario de Hoy.