elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Criticando
El pueblo merece respeto

El vocabulario soez ha sido introducido a la Asamblea por algunos diputados que carecen de la moralidad e instrucción notoria que demanda su posición, usan en sus intervenciones el insulto como argumento.

Publicada 10 de octubre 2004, El Diario de Hoy

Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Gran actividad teatral. Y no hablo de ballet, conciertos o dramas, sino más bien un mal circo, por las actuaciones bochornosas con que recientemente se exhibieron ante la ciudadanía algunos profesionales y funcionarios públicos.

La primera tuvo lugar a la salida del juzgado donde se ventila, con características bochincheras, el proceso del Dr. Nelson García, amenizado por organizaciones de discutida entidad y seriedad, en apoyo del protagonista, que parece disfrutar profundamente del relajo y de su tristemente célebre notoriedad, que aumenta con sus comentarios de dudoso gusto.

Pero independientemente del nivel de profesionalidad o buena educación que manejen las partes interesadas, como que el último acto del vergonzoso sainete llegó más allá de lo que permiten los límites de la decencia.

El síndico de una gremial de abogados gritaba a los cuatro vientos sus alabanzas a la intervención del Dr. García, al que adulaba señalándole como el futuro presidente de la Corte Suprema de Justicia.

Luego se dedicó a insultar a uno de los magistrados de la Corte, por supuestos intereses en el proceso con un vocabulario en que abundaron las letras m.. y p.., refiriéndose al menú que el magistrado ingería y la filiación de la que procedía, sazonado por innumerables jotas, y que antes se calificaba como “vocabulario de carretero”, pero que hoy causaría la indignación de los pertenecientes a ese gremio.

El segundo espectáculo lo brindaron los diputados, quienes al calor del debate por el relleno sanitario, decidieron sacar toda la basura que su respectiva caja de lustre es capaz de contener.

Como primer acto y para vergüenza del sexo bello, olvidándose de la finura y delicadeza que debe caracterizarlo, la ex alcaldesa de Soyapango perdió los estribos ante el cuestionamiento de la construcción de la planta de transferencia, y brindó toda clase de jotas. (Nada que ver con el baile aragonés).

En el segundo acto, entra en escena el nunca bien ponderado diputado Arévalo, y se luce usando la palabra “vergo” como sinónimo de cantidad. Y como su compañero de fracción y jefe de la comisión intentó frenarle, por el orden, el grosero legislador aclaró que habla en esos términos “para que le entienda la población”.

Señores profesionales, señores diputados: el pueblo merece respeto y no tienen ustedes ningún derecho a insultarlo alegando que sólo con palabras soeces será capaz de entender.

Y si al decir “pueblo” lo hacen en forma peyorativa, refiriéndose a personas de baja condición social, tal vez han olvidado que el campesino salvadoreño ha sido siempre respetuoso y bien hablado. Era parte de su idiosincrasia el saludar con un “buenos días le dé Dios” con reticencias clásicas, mientras se quitaba el sombrero en señal de respeto.

En las fincas y en los caseríos los mozos, las molenderas y sus hijos, acompañaban el saludo a sus padrinos con un “bendito y alabado sea el Santísimo”, juntando sus manos para adorar la majestad de Dios. La vulgaridad no es patrimonio del pueblo, sino característica de la chusma.

Cuando los terremotos de 2001 pusieron a los salvadoreños en las pantallas de todos los televisores del mundo, recuerdo la admiración de amigos españoles por las palabras de corte clásico, las muestras de respeto, los sentimientos de resignación ante la desgracia, con que se expresaba el pueblo. Decían que parecía que en nuestra campiña el tiempo se había detenido en el Siglo XVI, ante la pureza del idioma que les recordaba el castellano antiguo, no contaminado por el caliche actual.

El vocabulario soez ha sido introducido a la Asamblea por algunos diputados que carecen de la moralidad e instrucción notoria que demanda su posición, usan en sus intervenciones el insulto como argumento, y llevan pancartas que profanan la seriedad del recinto, olvidando que el pueblo que les eligió no tiene por qué tolerar sus desmanes, que son un reflejo de su bajísimo nivel educativo. ¿Comprenderán el mal ejemplo que dan a las jóvenes generaciones de salvadoreños?

Estos penosos incidentes son una evidencia de la necesidad de depurar el perfil de los profesionales y de los servidores públicos. Un título no cambia a nadie, sino únicamente convierte a un patán en licenciado o en doctor. En otros países existen tribunales de ética que sancionan con suspensión en el ejercicio de la profesión a los que no han aprendido a respetarse a sí mismos, ni a los demás, ni al gremio al que pertenecen. El pueblo merece respeto y exige una disculpa, una rectificación y una enmienda.

*Columnista de El Diario de Hoy.

elsalvador.com WWW