Mario Rosenthal*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
En
Latinoamérica la falta de seguridad personal es la primera preocupación
de la población, excedida únicamente por los problemas económicos,
según datos de las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el BID y
la Interpol, estudio recopilado y publicado por el Instituto Independiente
CIDAC, de México.
La situación es tan grave que ha habido protestas públicas
masivas contra la criminalidad en Colombia, México, Perú
y Brasil.
Ciertamente El Salvador sufre una crisis de criminalidad, pero no se puede
comparar con la situación en otros países, donde la seguridad
pública se ha degenerado, al grado de que los desesperados habitantes
han organizado demostraciones de protesta contra los gobiernos, por el
caos resultante del descuido y mal manejo de la seguridad pública;
el desorden y corrupción en los juzgados y tribunales.
Cientos de miles de personas se manifestaron en Buenos Aires durante el
mes de marzo, con marchas por el centro de la ciudad y cerca de los edificios
públicos, incluyendo la Casa Rosada.
En junio pasado una enorme manifestación contra el crimen y la
impunidad se llevó a cabo en la Ciudad de México, y en los
meses que siguieron otras marchas nutridas se realizaron.
En Río de Janeiro y otros centros importantes de Brasil, manifestaciones
de menor cuantía se llevaron a cabo, pero dieron como resultado
que el Presidente Lula aprobara una ley drástica contra la portación
de toda clase de armas de fuego, que tuvo buena acogida en el país.
La frustración de sentirse desvalido y sin recursos para la defensa
propia es general en toda Latinoamérica, debido a la incompetencia
de las fuerzas de seguridad y lo obsoleto de los códigos penales,
la falta de ética que reina en todos los sistemas de justicia y
a la mala preparación e incompetencia de las organizaciones de
seguridad pública.
Sin ver más allá de nuestras fronteras, podemos justificar
el desprecio para nuestro sistema de seguridad pública y el deficiente
sistema de justicia criminal.
La encuesta que citamos revela que los secuestros para extorsionar las
víctimas están aumentando en México y Argentina.
En Guatemala 350 mujeres fueron violadas, robadas o asesinadas durante
los primeos nueve meses de este año, sin una sola captura de los
responsables. Se informa que en Cali, Colombia, el 42% de los ciudadanos
ha sido víctima de asaltos y robos, y que menos del 1%, de miles
de encuestados, siente más seguridad personal que el año
pasado.
Algunos sociólogos atribuyen el aumento de la criminalidad a condiciones
adversas socio-económicas, a la pobreza, la desigualdad en la distribución
de los ingresos familiares, al creciente desempleo y subempleo entre los
jóvenes, y las nefastas influencias del crimen organizado, especialmente
entre los poderosos narcotraficantes.
Pero sin restar importancia a las pandillas que se dedican a la piratería
terrestre, asaltando los vehículos de carga, muchas veces con el
contenido vendido a comerciantes sin escrúpulos, que les han contratado
de antemano.
El estudio que citamos habla de que la mayoría de países
latinoamericanos ha reaccionado a la crisis de criminalidad con intentos
de reformar los códigos penales y organizaciones de seguridad pública,
y en especial cita a El Salvador por sus esfuerzos y la importancia que
el régimen del nuevo Presidente Antonio Saca ha dado a las reformas
del Código Penal y la reorganización de los cuerpos de seguridad.
Pero también comenta los obstáculos que todos afrontan.
El primero es que la Policía Nacional es un solo eslabón
en la cadena, y que las reformas son inútiles si no afectan todo
el sistema desde la captura, la condena y el castigo. Las capturas masivas,
en vez de reducir la criminalidad, lo aumentan.
En El Salvador el 60% de la criminalidad se atribuye a las maras, por
lo que se necesitan medidas preventivas educativas, control estricto de
armas y trabajo.
*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.