El Diario de Hoy
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Pese
a las apocalípticas visiones de los natalistas, los herodes de
nuestra época, en grandes regiones del mundo la población
está decreciendo, sobre todo en los países desarrollados.
Italia, Francia, España, Alemania, Suecia, son naciones con índices
negativos de crecimiento poblacional, al punto que, en Italia, son más
las personas mayores de setenta años, que los menores de quince.
De mantenerse la tendencia, en cien años, a menos que se consiga
extender el promedio de vida a ciento veinte o ciento cincuenta años,
la población en Europa será menos del cinco por ciento de
la actual. En tal escenario el continente será invadido por chinos,
hindúes y paquistaníes, que presumiblemente van a destruir
mucho de lo que encuentren.
Tómese el caso de África. A causa del Sida, de desastres
naturales, de la incapacidad de sus sociedades para modernizarse, el continente
va en retroceso, al punto de que vastas zonas están quedando despobladas.
Hay países literalmente diezmados por el Sida, que enfrentan el
grave problema de contar con millones o centenares de miles de huérfanos
(los huérfanos del Sida) que a duras penas se cuidan y que no hay
forma de educar, debido a que también los maestros se están
muriendo. Y la enfermedad es incontrolable, pues la población cree
que la cura del Sida es a través de la superchería, no con
medicamentos. En el África del Sur, los negros creen que el Sida
se cura teniendo relaciones con una virgen, lo que provocan un espantoso
número de violaciones.
¿Quién va a llenar esos vacíos que están presentándose
en el Primer Mundo? Gente con alguna capacidad, sin fanatismos religiosos
o tradiciones culturales aniquilantes, no la hay en abundancia. Europa
no puede recurrir a las poblaciones del Este, por el medular rechazo a
lo occidental que padecen (los musulmanes), y su cultura tan opuesta.
Y África, como decimos, es ahora un continente moribundo, tan moribundo
que los estadounidenses, los grandes patrocinadores del control natal,
han abandonado esos programas allá.
Déjenles ganar sus propios espacios
Lo que queda es Hispanoamérica, donde la tradición cultural,
los idiomas, la religión y las nociones morales y éticas
son parte de la herencia cristiano-occidental. A un marroquí o
un sirio hay que rehacerle mentalmente, antes de que pueda encajar con
lo que es norma y alma en Francia o Suecia. Pero a un ecuatoriano o salvadoreño
sólo se le tiene que dar algo de educación para que se integre
en la vida de los países desarrollados.
El problema que por lo general surge es debido a los programas benefactoristas,
que tiene un gran costo y por lógica no se pueden poner a disposición
del que llega sin haber contribuido a ello. Se dice que los salvadoreños
que emigran a Estados Unidos (los mojados) son extraordinariamente productivos
y diligentes mientras no se legalizan, pero una vez que lo hacen, quieren
depender de la Seguridad Social y los colchones a la holganza. La forma
de arreglarlo es excluir al inmigrante de toda forma de benefactorismo
durante diez o quince años. Y eso deberían hacer los suecos,
que están quedándose sin gente pero que rechazan la que
les llega y que son un pequeño tesoro.
Son un tesoro porque mal que bien aquí se han educado y disciplinado,
sin que estadounidenses o suecos paguen la factura. Australia tiene muy
buena experiencia con la inmigración salvadoreña.