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Orientando
Hablemos de liderazgo

Hay una responsabilidad ineludible para ejercer el liderazgo, y es la de asumir el compromiso y la obligación de velar por la superación personal, profesional y espiritual de uno mismo y de quienes le rodean.

Publicada 9 de octubre 2004, El Diario de Hoy

María A. de López Andreu*
El Diario de Hoy

scastellanos@elsalvador.com

El tema del liderazgo tiene, cada vez, mayor relevancia. Abundan seminarios, libros y vídeos sobre este asunto, diciéndonos cómo convertirnos en líderes, qué actitudes adoptar y cuáles reglas mágicas seguir para lograrlo.

Generalmente, identificamos la palabra “liderazgo” como sinónimo de éxito. Y, desde mi óptica muy personal, no necesariamente es así; son temas diferentes.

Porque el liderazgo va mucho más allá. No es una “pose”, no se trata de llenar un perfil ni de encumbrarse: es un asunto de responsabilidad, sacrificio, mística y superación. Un líder obtiene el éxito, porque alcanza sus metas y objetivos. Haciendo triunfar a otros, triunfa para sí… aunque no siempre triunfe ante los ojos del mundo. Si no ¡recordemos a Jesús!

“Líder” —un anglicismo— se deriva del verbo “to lead”, guiar. Liderazgo es saber guiar, y no de cualquier modo, sino correctamente; es inspirar a los demás la determinación y confianza en sí mismos, necesarias para fijar y alcanzar sus propias metas, dando lo mejor de sí. Diría que liderazgo es la suma de todos los valores (éticos, morales, espirituales, cívicos, culturales), reunidos en el ser y hacer de una misma persona.

Algunos consideran que “líder” es “quien manda”, y se dedican entonces a dar órdenes con actitudes equivocadas: autoritarismo, prepotencia, incluso violencia verbal o psicológica. Debemos comprender que líder es quien puede convencer a otros para apoyarle, formar equipo y alcanzar sus metas y objetivos comunes. David Gergen dice que “la función de un líder es elevar las aspiraciones de las personas y liberar sus energías para que traten de realizarlas”.

De eso, exactamente, se trata, de “elevar” las aspiraciones, propias y ajenas, alejándonos de la mediocridad.

El líder ¿nace o se hace? Quienes tienen liderazgo son personas que, en su diario vivir, son congruentes en sus sentimientos, pensamientos, palabras y acciones. Y eso se percibe. Quienes les rodean saben que es alguien en quien pueden confiar, e instintivamente se inclinan a seguirle. El verdadero líder centra su vida en valores: no en personas, no en posesiones, sino en principios inalterables y trascendentes.

Sabe trazar su rumbo y lo sigue; sabe quién es y hacia dónde va. No se trata, pues, de condiciones con las cuales nacemos, como tener ojos azules o piel morena; tener “madera de líder” requiere de virtudes que perfectamente podemos ir adquiriendo a través de la vida.
Para desarrollar esas condiciones, debemos trabajar desde otras cualidades, aún más básicas. Por ejemplo: el orden. Éste nos disciplina para fijar las prioridades y desarrolla en nosotros cierta “mentalidad matemática”, indispensable para calcular el riesgo/beneficio de nuestras acciones. Y lo más importante: el orden nos ayuda a construir una adecuada escala de valores.

Un líder también tiene amor al aprendizaje constante, con lo que desarrolla aún más su iniciativa y amplitud de visión. Y, definitivamente, la capacidad de comunicación es la parte crucial del liderazgo, porque las palabras son la “materia prima” de las ideas; una persona que no sabe exponer sus pensamientos, difícilmente podrá guiar a otros, ¿cómo va a “elevar las aspiraciones de las personas y liberar sus energías” sin facilidad de expresión?

Por otra parte, un líder debe ser humilde, sincero, honrado consigo mismo y con los demás y pronunciar frecuentemente las palabras “por favor”, “gracias”, “te felicito, lo hiciste muy bien” y “lo siento, me equivoqué”. Porque el líder reconoce y asume inmediatamente sus errores.
Hay una responsabilidad ineludible para ejercer el liderazgo, y es la de asumir el compromiso y la obligación de velar por la superación personal, profesional y espiritual de uno mismo y de quienes le rodean. Esta es una tarea que no acaba jamás. En el hogar, en el trabajo, en la vida social, en todas partes, podemos ser una influencia positiva o negativa. El verdadero líder es siempre una influencia positiva. No quiere decir que no se equivoca, o que todo lo hace perfecto. Quiere decir que es capaz de reconocer sus errores, corregirlos y obtener de ellos lecciones provechosas para sí y para los demás.

En pocas palabras: el líder llega a la cumbre… pero no llega solo: llega en compañía de quienes le rodean. ¡Y triunfan todos!
Convirtamos a El Salvador en un país de líderes.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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