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Ronald Jovel/Liz Aguirre/J.R.
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Son las dos de la tarde y un repentino
chubasco irrumpe en la frontera de La Hachadura, Ahuachapán. En
un rincón de las oficinas de Migración, ocho menores, entre
ellos tres jovencitas, sentados en sillas y en el piso, descansan de una
larga travesía y agradecen el soplo de aire fresco.
En sus rostros se vislumbra el cansancio. Les delatan las ojeras, su aspecto
desaliñado y una cierta tristeza en cada expresión. La ropa
sucia algunos no llevan calcetines y el hambre de dos días
les mantiene un tanto pasivos.
Tristes, sí, pero no frustrados. El cartel de deportados no les
quita el sueño, ése que apunto estuvieron de alcanzar y
que un traspié, la mala suerte o una denuncia anónima echó
por tierra.
Como ellos, a diario, grupos de niños y adolescentes esperan las
dos horas de rigor en el puesto fronterizo. Pasado ese tiempo, como un
acto casi mecánico, los miembros de la delegación de Santa
Ana del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la
Niñez y la Adolescencia (Isna) se hacen presentes.
El mes pasado, esa institución registró
la repatriación de 94 menores, muchos entre 14 y 17 años.
La cantidad de jóvenes duplica la de agosto, cuando la entidad
se hizo cargo de la identificación y el traslado de los niños
a su hogar.
Patricia Díaz, delegada del Isna en la zona occidental, cuenta
que el viaje hacia la frontera es ya algo rutinario. La primera
semana de septiembre se redoblaron los casos, con 41 niños repatriados,
manifestó la representante del organismo.
Procedentes en su mayor parte de la zona oriental, sobre todo de Usulután
y La Unión, en algunos casos casos, los más pequeños
vienen acompañados de sus padres. A Díaz le viene a la memoria
el caso de un bebé de seis meses, deportado a principios de agosto
junto a sus padres, un salvadoreño y una nicaragüense.
Muchos de ellos pasan la frontera con Guatemala de forma legal y caen
días después en territorio mexicano.
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- Frustración. Las encuestas que realiza el Isna a estos
jóvenes muestran que casi la mitad de ellos viaja con familiares
y amigos, y buscan reunirse con sus padres.
Los muchachos vienen cansados por la travesía de regreso
y mal alimentados.
El país carece de infraestructura para atenderlEs en los
puntos limítrofes.. Foto EDH
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Un sondeo realizado en varias alcaldías de municipios
como Intipucá y Concepción de Oriente muestra que las comunas
extienden de dos a tres partidas diarias con ese fin. En la cabecera,
lógicamente, ese número supera las diez al día.
No obstante, la mayoría opta por los puntos ciegos para abandonar
el país. Así lo sospecha Víctor Linares, delegado
de Migración en La Hachadura, quien especifica que es en
la zona del río donde no hay presencia de policías.
En el paso fronterizo, el control es estricto para aquellos menores que
no tienen el pasaporte y la autorización de los padres.
Wilfredo Rosales, director de Migración, dijo que 2,663 menores
de 18 años no ha podido cruzar las fronteras este año por
esta causa.
El funcionario reconoce que el endurecimiento de estas medidas surgió
tan pronto detectaron el incremento de niños y adolescentes que
venían deportados de los países del Norte.
Asdrúval Aguilar, cónsul de El Salvador en Tapachula, México,
confirma el aumento de menores abandonados en esa zona del país
en los últimos meses. Se encuentran en casetas migratorias,
el pollero los ignora y los niños dicen que van solos, manifestó
el funcionario.
Más tardo en ir a casa que en volver a
salir
Ni frustrado ni arrepentido. Haber estado preso en tres
cárceles distintas de México y sufrir el maltrato de los
policías no le hizo perder el sentido del humor.
Ílmer, un joven procedente de Concepción de Oriente, municipio
unionense a dos kilómetros de Honduras, es uno de los siete menores
deportados de México que el pasado jueves esperaban el regreso
en el puesto de Migración de La Hachadura.
Pese a sus 17 años, Ílmer ya tiene experiencia en eso de
ir en busca del sueño americano. Y aunque cuenta sus intentos por
fracasos, los dos han sido en este año, no se desespera.
Más tardo en llegar a mi casa que en volver a salir de regreso,
expresó mientras se acomodaba en las instalaciones del Isna.
El segundo viaje lo realizó en compañía de un amigo
y tres adultos, confiado en recordar buena parte del trayecto, recorrido
sólo seis meses atrás. En la aventura de enero fue atrapado
cerca de Veracruz, México. Esta vez, se quedó con la miel
en los labios. Ya estaba a una hora de cruzar la frontera con Estados
Unidos cuando nos agarraron. De ahí fuimos llevados a la cárcel
de Monterrey, donde nos encerraron con todos los maleantes, como si fuéramos
criminales, recordó.
De ahí fue trasladado al Distrito Federal, y un día después,
al corralón.
Golpeado y mal alimentado, llegó cansado a La Hachadura. Una frontera
que volverá a ver muy pronto si cumple con sus promesas.
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Falta sala de
espera
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Un único
vehículo
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Se sientan
en el piso. Después de horas de viaje, los jóvenes
que llegan a la frontera deben sortear otra serie de
incomodidades: esperar sentados en el piso cerca de dos horas hasta
que llega el personal del Isna.
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Van apretados.
Cuando la cantidad de jóvenes excede los cinco, un solo vehículo
doble cabina resulta insuficiente. Como no se les permite viajar
en la parte trasera, la única
solución es viajar apretados.
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Hay un solo baño
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Sin albergue
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Pésimas condiciones. Hacer
las necesidades fisiológicas
en el sanitario del área de Migración no es fácil.
Está en malas condiciones: la puerta no tiene
seguro, no hay papel higiénico y el piso está completamente
mojado.
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Duermen en
colchonetas. Las instalaciones del Isna Santa Ana carecen de un
espacio adecuado para que los jóvenes
pasen la noche. La solución para aquellos que no son
recogidos por sus familiares es dormir en colchonetas
directamente en el suelo.
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