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Tras una buena paga para comprar sueños

Esperanzas. Los familiares de los que han ido a Iraq esperan que la aventura de sus parientes les traiga bienestar material

Publicada 7 de octubre 2004, El Diario de Hoy

- Cancelar deudas, construir viviendas
o mejorarlas es el objetivo de unos

- Los allegados parecen orgullosos de la osadía de los suyos. Fotos EDH


Jorge Beltrán
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

No hubo mentiras piadosas para los familiares. Simplemente les dijeron que tenían una oportunidad de ir a Iraq a ganar buena plata y que se iban. La decisión estaba tomada y, en quince o veinte días, sacaron los documentos que necesitaban y partieron.
Atrás han quedado padres, mujeres, e hijos rogando para que nada malo les pase en su estancia en el país árabe. Y que, además, regresen con el dinero prometido.

Pero lejos de ahogarse en llanto, los parientes parecen jubilosos de que sus padres, hijos o maridos hayan viajado a ganar en un corto tiempo lo que aquí les llevaría años. Por lo menos así se los prometieron quienes les enrolaron en el viaje.

El Diario de Hoy conversó con las familias de siete salvadoreños que ya están en diversas ciudades iraquíes. Todos son campesinos, del sector de Sitio del Niño, en el departamento de La Libertad.

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Todos también tienen una historia en común. Son ex militares que estuvieron de alta en los batallones de reacción inmediata Ramón Belloso, Bracamonte, Atlacatl o en cuarteles como la Cuarta Brigada, en Chalatenango.

El sueño de los que se han ido es una copia del sueño de los que se han quedado esperando.

Unos piensan comprar un terreno donde puedan levantar su propia casa; otros pretenden agrandar sus residencias para no vivir apiñados (algunos tienen hasta seis hijos). Hay quienes quieren adquirir un pick up o montarán un negocio para quitarse de encima la vida de jornaleros.

Algunos también llevan en mente que, cuando regresen, podrán pagar las deudas que la falta de trabajo o por lo mal pagado de éstos les han hecho contraer. Y hasta hay uno que se fue porque con el dinero que gane, vendrá a casarse con la mujer con quien ha procreado dos hijos.

Los parientes dicen que el día en que V.P., el camarada de cuartel que los reclutó, les invitó a una reunión, nadie creía y hasta trataron de loco al fulano.
Pero ahora que han visto la seriedad del asunto, muchos le andan buscando para que les aliste.

Las mujeres de los que han emigrado parecen felices al hablar de la osadía de sus maridos.

Todas piensan en que cuidarán el dinero que ellas recibirán aquí. No se lo malgastarán, para que, cuando el hombre venga, puedan hacer realidad los sueños que entre la familia dibujaron.

“Cuando él me dijo que se iba, lo único que le dije fue que le fuera a decir a la mamá la decisión que había tomado para que, si algo malo le pasaba, no me fueran a culpar de que yo le había metido que se fuera”, asegura Kenia. El hombre así lo hizo y la mamá le ayudó a tramitar el pasaporte.

“Estoy en Basora, estamos bien por aquí”

Basora y Bagdad son dos ciudades donde los más de cien agentes salvadoreños de seguridad privada trabajan desde hace poco menos de un mes. Uno de esos guardias habló ayer con El Diario de Hoy. Afirmó que estaba en Basora, cuidando unas instalaciones norteamericanas y que se la estaba pasando bien, como el resto de salvadoreños compañeros de aventura.

Aseguró que varios de sus connacionales están trabajando en Bagdad u otras ciudades iraquíes, de nombres de difícil pronunciación para él, cuidando oficinas diplomáticas estadounidenses.

El salvadoreño indicó que hasta el momento no han tenido ningún contratiempo que les haya hecho arrepentirse de su osadía de ir a trabajar a un país donde los rebeldes que se oponen a la ocupación extranjera, suelen secuestrar y decapitar a los extraños.
Quizá lo único que resienten es la lejanía, la cual tratan de vencer cada dos o más días con 35 dólares, que es lo que cuesta una tarjeta para llamadas telefónicas con saldo de 125 minutos.

Por qué se decidieron
Fue a ganar dinero para poder casarse
Para Dinora, una de las mujeres que ha quedado sola en el cantón Sitio del Niño, lo que su marido ha hecho está bien, pues de otra manera no podrían progresar. Ella en la casa cuidando a los dos hijos y él trabajando de jornalero, cuando la oportunidad se presenta.

“Yo le dije que aprovechara la oportunidad porque así como somos nosotros de pobres, esa es una oportunidad de hacerse de sus cosas, como tener casa propia”, asegura la mujer.

Su marido combatió en los desaparecidos batallón Atlacatl y Ramón Belloso durante la guerra de los 80. Se fue el 23 de septiembre y el lunes fue la primera vez que le habló por teléfono.

Regresará, si el destino no dispone otra cosa, en los últimos días de marzo de 2005, dice ella.
Pero más que comprar un terrenito para construir una casa propia, el marido de Dinora se ha ido con algo más en mente: reunir dinero para casarse con la mujer que le ha dado dos hijos.

Al recordar esa promesa, Dinora esboza una amplia sonrisa. Las demás mujeres, que la han escuchado, también sonríen morbosamente y le sueltan bromas: “Con más razón debés pedirle a Dios que te lo traiga con bien”, le dicen.
Para arreglar la casa y costear jaranas
Samuel M. ha dejado a su mujer y sus hijos con la idea de que con lo que gane en Iraq, pagará algunas jaranas y restaurará la casa en la que vive.

Aquí, trabajando de ayudante de albañil y en tareas agrícolas, no tenía más posibilidades que seguirse endeudando para sobrevivir. Cuando un conocido suyo le comentó lo del viaje a Iraq, no lo pensó dos veces y fue tajante al decirle a su mujer que se iba al país árabe.

“Aquí no se hace nada. Si me voy a morir, será en cualquier parte. Si regreso, todo será diferente”, le espetó.
Nueve días después de que se fue, Samuel llamó a su mujer. Le dijo que estaba bien y que no se preocupara porque por donde él andaba, todo estaba tranquilo.

“Primero Dios que Él me lo va a cuidar donde quiera que ande. Mejor que se haya ido; aquí no podríamos prosperar”, sostiene la mujer.

“Si anduvo peleando aquí por una nada (poco pago) y no le pasó nada, ojalá que allá tampoco”, dice la mujer. Y seguramente es el pensamiento de las esposas y compañeras de todos los hombres que están trabajando en Iraq.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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