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- Cancelar deudas, construir viviendas
o mejorarlas es el objetivo de unos
- Los allegados parecen orgullosos de la osadía de los
suyos. Fotos EDH
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Jorge Beltrán
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
No hubo mentiras piadosas para los familiares.
Simplemente les dijeron que tenían una oportunidad de ir a Iraq
a ganar buena plata y que se iban. La decisión estaba tomada y,
en quince o veinte días, sacaron los documentos que necesitaban
y partieron.
Atrás han quedado padres, mujeres, e hijos rogando para que nada
malo les pase en su estancia en el país árabe. Y que, además,
regresen con el dinero prometido.
Pero lejos de ahogarse en llanto, los parientes parecen jubilosos de que
sus padres, hijos o maridos hayan viajado a ganar en un corto tiempo lo
que aquí les llevaría años. Por lo menos así
se los prometieron quienes les enrolaron en el viaje.
El Diario de Hoy conversó con las familias de siete salvadoreños
que ya están en diversas ciudades iraquíes. Todos son campesinos,
del sector de Sitio del Niño, en el departamento de La Libertad.
Todos también tienen una historia en común.
Son ex militares que estuvieron de alta en los batallones de reacción
inmediata Ramón Belloso, Bracamonte, Atlacatl o en cuarteles como
la Cuarta Brigada, en Chalatenango.
El sueño de los que se han ido es una copia del sueño de
los que se han quedado esperando.
Unos piensan comprar un terreno donde puedan levantar su propia casa;
otros pretenden agrandar sus residencias para no vivir apiñados
(algunos tienen hasta seis hijos). Hay quienes quieren adquirir un pick
up o montarán un negocio para quitarse de encima la vida de jornaleros.
Algunos también llevan en mente que, cuando regresen, podrán
pagar las deudas que la falta de trabajo o por lo mal pagado de éstos
les han hecho contraer. Y hasta hay uno que se fue porque con el dinero
que gane, vendrá a casarse con la mujer con quien ha procreado
dos hijos.
Los parientes dicen que el día en que V.P., el camarada de cuartel
que los reclutó, les invitó a una reunión, nadie
creía y hasta trataron de loco al fulano.
Pero ahora que han visto la seriedad del asunto, muchos le andan buscando
para que les aliste.
Las mujeres de los que han emigrado parecen felices al hablar de la osadía
de sus maridos.
Todas piensan en que cuidarán el dinero que ellas recibirán
aquí. No se lo malgastarán, para que, cuando el hombre venga,
puedan hacer realidad los sueños que entre la familia dibujaron.
Cuando él me dijo que se iba, lo único que le dije
fue que le fuera a decir a la mamá la decisión que había
tomado para que, si algo malo le pasaba, no me fueran a culpar de que
yo le había metido que se fuera, asegura Kenia. El hombre
así lo hizo y la mamá le ayudó a tramitar el pasaporte.
Estoy en Basora, estamos bien por aquí
Basora y Bagdad son dos ciudades donde los más
de cien agentes salvadoreños de seguridad privada trabajan desde
hace poco menos de un mes. Uno de esos guardias habló ayer con
El Diario de Hoy. Afirmó que estaba en Basora, cuidando unas instalaciones
norteamericanas y que se la estaba pasando bien, como el resto de salvadoreños
compañeros de aventura.
Aseguró que varios de sus connacionales están trabajando
en Bagdad u otras ciudades iraquíes, de nombres de difícil
pronunciación para él, cuidando oficinas diplomáticas
estadounidenses.
El salvadoreño indicó que hasta el momento no han tenido
ningún contratiempo que les haya hecho arrepentirse de su osadía
de ir a trabajar a un país donde los rebeldes que se oponen a la
ocupación extranjera, suelen secuestrar y decapitar a los extraños.
Quizá lo único que resienten es la lejanía, la cual
tratan de vencer cada dos o más días con 35 dólares,
que es lo que cuesta una tarjeta para llamadas telefónicas con
saldo de 125 minutos.
| Por
qué se decidieron |
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Fue
a ganar dinero para poder casarse
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Para Dinora, una de las mujeres que ha quedado sola en el cantón
Sitio del Niño, lo que su marido ha hecho está bien,
pues de otra manera no podrían progresar. Ella en la casa
cuidando a los dos hijos y él trabajando de jornalero, cuando
la oportunidad se presenta.
Yo le dije que aprovechara la oportunidad porque así
como somos nosotros de pobres, esa es una oportunidad de hacerse
de sus cosas, como tener casa propia, asegura la mujer.
Su marido combatió en los desaparecidos batallón Atlacatl
y Ramón Belloso durante la guerra de los 80. Se fue el 23
de septiembre y el lunes fue la primera vez que le habló
por teléfono.
Regresará, si el destino no dispone otra cosa, en los últimos
días de marzo de 2005, dice ella.
Pero más que comprar un terrenito para construir una casa
propia, el marido de Dinora se ha ido con algo más en mente:
reunir dinero para casarse con la mujer que le ha dado dos hijos.
Al recordar esa promesa, Dinora esboza una amplia sonrisa. Las demás
mujeres, que la han escuchado, también sonríen morbosamente
y le sueltan bromas: Con más razón debés
pedirle a Dios que te lo traiga con bien, le dicen.
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Para
arreglar la casa y costear jaranas
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Samuel M. ha dejado a su mujer y sus hijos con la idea de que con
lo que gane en Iraq, pagará algunas jaranas y restaurará
la casa en la que vive.
Aquí, trabajando de ayudante de albañil y en tareas
agrícolas, no tenía más posibilidades que seguirse
endeudando para sobrevivir. Cuando un conocido suyo le comentó
lo del viaje a Iraq, no lo pensó dos veces y fue tajante
al decirle a su mujer que se iba al país árabe.
Aquí no se hace nada. Si me voy a morir, será
en cualquier parte. Si regreso, todo será diferente,
le espetó.
Nueve días después de que se fue, Samuel llamó
a su mujer. Le dijo que estaba bien y que no se preocupara porque
por donde él andaba, todo estaba tranquilo.
Primero Dios que Él me lo va a cuidar donde quiera
que ande. Mejor que se haya ido; aquí no podríamos
prosperar, sostiene la mujer.
Si anduvo peleando aquí por una nada (poco pago) y
no le pasó nada, ojalá que allá tampoco,
dice la mujer. Y seguramente es el pensamiento de las esposas y
compañeras de todos los hombres que están trabajando
en Iraq.
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