Manuel F. Ayau Cordón*
El Diario de Hoy
marvingaleas@yahoo. com.mx
Ciudad
de Guatemala. (AIPE).- Un sacerdote católico, de esos que son impertinentes
y les gusta sermonear a la gente, le preguntó a un patrono si pagaba
salarios de mera subsistencia. El patrono, molesto, contestó que
él le brindaba a sus trabajadores su mejor oportunidad, pues, si
no, no escogerían trabajar con él; que él no tenía
la culpa de que otros no ofrecieran mejores oportunidades y, por último,
preguntó ¿cuántos trabajadores emplea usted, señor
sacerdote, y cuánto les paga? ¿Acaso hay algunos que tenemos
obligación de dar empleo mientras que otros no?
El sacerdote, furioso, dijo que debería pagar más. El patrono
le explicó que lo que les pagara arriba de lo necesario para conservarlos
constituiría caridad, y que él prefería hacer su
caridad ayudando a niños abandonados o huérfanos y no mezclando
caridad con los salarios de su empresa. Por último, le explicó
que si pagaba mayores salarios que sus competidores, el aumento de costos
no le permitiría competir y ya no daría empleo alguno.
Ese incidente ilustra cómo con cierta frecuencia algunos sacerdotes
se meten en asuntos económicos y, al mismo tiempo, imprudentemente
rehúsan estudiar formalmente los fenómenos económicos
de los que hablan desde el púlpito.
Muchos hablan de ética empresarial y de responsabilidad social
de las empresas. Así ponen en evidencia su ignorancia sobre el
comportamiento ético de funcionarios empresariales, pues ya no
se circunscriben a normas de conducta justa, de comportamiento cívico,
como lo es el cumplir contratos, no recurrir al engaño ni al fraude
y respetar derechos y bienes ajenos, sino a otras actividades ajenas al
giro del negocio que corresponden a la categoría de caridad. La
pregunta que corresponde es si es ético que los administradores
de una empresa tomen de los recursos de los socios para hacer caridad.
Caridad es una cuestión personal y voluntaria que se hace con recursos
propios. Los dueños invierten capital y designan a los administradores
de la empresa para obtener un beneficio mediante la actividad de producción
o servicios con que sirven a la comunidad.
Para eso existe la empresa. Obviamente, no me refiero a una empresa de
un solo dueño o cuyos personeros consultan a los socios si desean
donar parte alícuota de su patrimonio a alguna caridad específica.
Recordemos que no todos los socios tendrán las mismas preferencias,
y algunos se inclinarían por ayudar a otras causas de asistencia
social que consideran más meritorias que las escogidas por los
gerentes de la empresa. Quizá otros socios se encuentran en circunstancias
económicas difíciles y no están en condiciones de
regalar patrimonio.
En las discusiones del tema es evidente que se toma a las empresas como
seres humanos distintos a sus dueños, olvidando que son sólo
personas en un sentido figurativo, personas jurídicas
con fines comerciales.
A nadie se le ocurriría hablar de la responsabilidad social de
un equipo de fútbol, que no sea la de ganar la partida o de un
grupo teatral que no sea la de complacer a la gente. Es deseable que los
artistas y bien pagados deportistas profesionales tengan su corazoncito
y contribuyan a obras caritativas, pero ello es ajeno a su desempeño
como artistas o deportistas.
Igualmente, la función de una empresa es satisfacer lo mejor posible
los deseos de la gente y la medida de su éxito serán las
utilidades producidas. Allí termina su función social, pues
hacer caridad es responsabilidad moral de sus propietarios como personas.
Cuando el gerente de una empresa regala dinero, está regalando
dinero que es de otros, lo cual está muy bien si los propietarios
están unánimemente de acuerdo, pero si no, está haciendo
caridad con dinero ajeno, lo cual es totalmente contrario a la ética.
*Ingeniero y empresario guatemalteco, fundador de
la Universidad Francisco Marroquín, fue presidente de la Sociedad
Mont Pelerin. © www.aipenet.com