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De mis recuerdos
La batalla del moscarrón

La dirección del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), siempre cabeza caliente, concibió no sólo una operación militar para boicotear las elecciones, sino todo un plan estratégico de grandes dimensiones para ganar la guerra.

Publicada 7 de octubre 2004, El Diario de Hoy

Marvin Galeas *
El Diario de Hoy

marvingaleas@yahoo. com.mx

(Primera parte)

El invierno de 1982 fue particularmente copioso. La lluvia caía, siempre puntual, después del mediodía. Bajo los cielos plomizos y relampagueantes, los ríos que cruzan el norte de Morazán, sobre todo el Torola y el Sapo, normalmente tranquilos y de aguas cristalinas, se transformaban en violentas correntadas color café oscuro, que arrasaban con todo lo que encontraban a su paso. El territorio entero era un inmenso lodazal.

En una semidestruida casa de adobe crudo, ubicada en el corazón del cantón La Guacamaya, que servía de puesto de mando del Frente Oriental, los comandantes, cejijuntos y con caras de circunstancias, discutían sobre la gravedad de la situación, tanto en el plano político como en el militar. La guerra no estaba agarrando el rumbo que se esperaba. Las elecciones del 28 de marzo de ese año, pese a la ofensiva guerrillera con fines insurreccionales, ha- bían sido un éxito. Para colmo las recientes derrotas militares en San Francisco Gotera y La Planta, de Jocoatique, tenían la moral de los combatientes guerrilleros por los suelos.

Lo del 28 de marzo fue en realidad un pulso entre la apuesta insurreccional y el proceso electoral. Las elecciones para la Constituyente eran el inicio del restablecimiento del orden legal interrumpido por el cuartelazo de octubre de 1979. Para la dirección guerrillera, el éxito de las elecciones era un revés político. No es lo mismo estar alzado en armas contra un régimen de facto que contra un gobierno surgido de elecciones.

La dirección del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), siempre cabeza caliente, concibió no sólo una operación militar para boicotear las elecciones, sino todo un plan estratégico de grandes dimensiones para ganar la guerra, mediante la siempre soñada y escurridiza insurrección popular. El plan consistía en una vasta maniobra de ataque a diferentes puestos militares en todo el país, incursiones en las principales ciudades, incluyendo la capital, acciones de sabotaje contra la energía eléctrica, destrucción de puentes y la toma de la ciudad de Usulután, la más importante plaza en la zona oriental del país.

A principios de ese año, el 27 de enero, una unidad de fuerzas especiales del ERP, comandada por Doré Castro (Samuel), un cipote de apenas 17 años, recién graduado de bachiller del Colegio Santa Cecilia, penetró en el aeropuerto militar de Ilopango y destruyó en tierra, mediante cargas explosivas, media docena de aviones Fouga Magister, varios C-47, unos viejos aviones Ouragan y helicópteros Iroqui. Los comandantes calculaban que el golpe había levantado la alicaída moral de “las masas”, luego del fracaso de la ofensiva de 1981, que fue “propagandizada” como la ofensiva final. Había que profundizar las acciones militares para provocar el alzamiento popular.

Sin embargo, el Gobierno de Estados Unidos había tomado cartas en el asunto. La antigua doctrina de seguridad nacional de apoyar regímenes miliares anticomunistas y la de derechos humanos de Jimmy Carter estaba siendo reemplazada por el apoyo a gobiernos civiles surgidos de elecciones libres, fuerzas armadas profesionales y “la guerra de baja intensidad”. En este tipo de guerras ideológicas, habían concluido los tanques de pensamiento estadounidenses, no están en disputa territorios, sino las mentes y los corazones del pueblo. Las elecciones eran componente fundamental de esa estrategia.

La dirección del ERP sentía que estaba corriendo contra reloj, una nueva Brigada de Infantería Reacción Inmediata (BIRI), “Ramón Belloso”, se estaba entrenando en Fort Bragg y se sabía que una flotilla de modernos aviones Dragonfly A-37 y de helicópteros Uh-1h, venían en camino para sustituir los aviones destruidos el 27 de enero.

No le fue fácil a los jefes del ERP persuadir a las otras organizaciones guerrilleras sobre el plan “insurreccional”. El resto de organizaciones, de manera especial las Fuerzas Populares de Liberación y el minúsculo Partido Comunista, siempre iban a la zaga en cuanto a las iniciativas político-militares del ERP.

Los ataques guerrilleros comenzaron desde mediados de marzo. Por el norte, las columnas comandadas por Jorge Meléndez (Jonás) tenían la misión de atacar en varias direcciones y de ocupar el mayor tiempo posible la ciudad de San Francisco Gotera. En el suroriente, Juan Ramón Medrano (Balta) tenía la responsabilidad de la principal operación: la toma de la ciudad de Usulután, sede de la Sexta Brigada de Infantería, el BIRI Atonal, y guarniciones de la Guardia y la Policía Nacional.

La dirección del ERP pensaba que si la guerrilla se lograba mantener combatiendo durante muchos días en las ciudades, incluyendo los barrios periféricos de la capital, se cortaba el tráfico por las carreteras y se tomaba por completo Usulután, no sólo fracasaría el proceso electoral, sino que “las masas” se envalentonarían y se rebelarían de manera generalizada contra el Gobierno. Un desenlace al estilo sandinista. Pero la realidad fue otra.

A pesar de los combates en las calles de Cuscatancingo y otros puntos de la capital, las filas de votantes fueron enormes en toda la ciudad. Las fuerzas comandadas por Juan Ramón Medrano lograron mantenerse durante casi seis días de fieros combates en las calles de Usulután, pero al final tuvieron que replegarse a los cerros al atardecer del mismo día de las elecciones.

En San Francisco Gotera las fuerzas guerrilleras sufrieron varias bajas y regresaron derrotadas al norte del río Torola. Sin embargo, las más fieras batallas estaban por venir.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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