Marvin Galeas *
El Diario de Hoy
marvingaleas@yahoo. com.mx
(Primera
parte)
El invierno de 1982 fue particularmente copioso. La lluvia caía,
siempre puntual, después del mediodía. Bajo los cielos plomizos
y relampagueantes, los ríos que cruzan el norte de Morazán,
sobre todo el Torola y el Sapo, normalmente tranquilos y de aguas cristalinas,
se transformaban en violentas correntadas color café oscuro, que
arrasaban con todo lo que encontraban a su paso. El territorio entero
era un inmenso lodazal.
En una semidestruida casa de adobe crudo, ubicada en el corazón
del cantón La Guacamaya, que servía de puesto de mando del
Frente Oriental, los comandantes, cejijuntos y con caras de circunstancias,
discutían sobre la gravedad de la situación, tanto en el
plano político como en el militar. La guerra no estaba agarrando
el rumbo que se esperaba. Las elecciones del 28 de marzo de ese año,
pese a la ofensiva guerrillera con fines insurreccionales, ha- bían
sido un éxito. Para colmo las recientes derrotas militares en San
Francisco Gotera y La Planta, de Jocoatique, tenían la moral de
los combatientes guerrilleros por los suelos.
Lo del 28 de marzo fue en realidad un pulso entre la apuesta insurreccional
y el proceso electoral. Las elecciones para la Constituyente eran el inicio
del restablecimiento del orden legal interrumpido por el cuartelazo de
octubre de 1979. Para la dirección guerrillera, el éxito
de las elecciones era un revés político. No es lo mismo
estar alzado en armas contra un régimen de facto que contra un
gobierno surgido de elecciones.
La dirección del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP),
siempre cabeza caliente, concibió no sólo una operación
militar para boicotear las elecciones, sino todo un plan estratégico
de grandes dimensiones para ganar la guerra, mediante la siempre soñada
y escurridiza insurrección popular. El plan consistía en
una vasta maniobra de ataque a diferentes puestos militares en todo el
país, incursiones en las principales ciudades, incluyendo la capital,
acciones de sabotaje contra la energía eléctrica, destrucción
de puentes y la toma de la ciudad de Usulután, la más importante
plaza en la zona oriental del país.
A principios de ese año, el 27 de enero, una unidad de fuerzas
especiales del ERP, comandada por Doré Castro (Samuel), un cipote
de apenas 17 años, recién graduado de bachiller del Colegio
Santa Cecilia, penetró en el aeropuerto militar de Ilopango y destruyó
en tierra, mediante cargas explosivas, media docena de aviones Fouga Magister,
varios C-47, unos viejos aviones Ouragan y helicópteros Iroqui.
Los comandantes calculaban que el golpe había levantado la alicaída
moral de las masas, luego del fracaso de la ofensiva de 1981,
que fue propagandizada como la ofensiva final. Había
que profundizar las acciones militares para provocar el alzamiento popular.
Sin embargo, el Gobierno de Estados Unidos había tomado cartas
en el asunto. La antigua doctrina de seguridad nacional de apoyar regímenes
miliares anticomunistas y la de derechos humanos de Jimmy Carter estaba
siendo reemplazada por el apoyo a gobiernos civiles surgidos de elecciones
libres, fuerzas armadas profesionales y la guerra de baja intensidad.
En este tipo de guerras ideológicas, habían concluido los
tanques de pensamiento estadounidenses, no están en disputa territorios,
sino las mentes y los corazones del pueblo. Las elecciones eran componente
fundamental de esa estrategia.
La dirección del ERP sentía que estaba corriendo contra
reloj, una nueva Brigada de Infantería Reacción Inmediata
(BIRI), Ramón Belloso, se estaba entrenando en Fort
Bragg y se sabía que una flotilla de modernos aviones Dragonfly
A-37 y de helicópteros Uh-1h, venían en camino para sustituir
los aviones destruidos el 27 de enero.
No le fue fácil a los jefes del ERP persuadir a las otras organizaciones
guerrilleras sobre el plan insurreccional. El resto de organizaciones,
de manera especial las Fuerzas Populares de Liberación y el minúsculo
Partido Comunista, siempre iban a la zaga en cuanto a las iniciativas
político-militares del ERP.
Los ataques guerrilleros comenzaron desde mediados de marzo. Por el norte,
las columnas comandadas por Jorge Meléndez (Jonás) tenían
la misión de atacar en varias direcciones y de ocupar el mayor
tiempo posible la ciudad de San Francisco Gotera. En el suroriente, Juan
Ramón Medrano (Balta) tenía la responsabilidad de la principal
operación: la toma de la ciudad de Usulután, sede de la
Sexta Brigada de Infantería, el BIRI Atonal, y guarniciones de
la Guardia y la Policía Nacional.
La dirección del ERP pensaba que si la guerrilla se lograba mantener
combatiendo durante muchos días en las ciudades, incluyendo los
barrios periféricos de la capital, se cortaba el tráfico
por las carreteras y se tomaba por completo Usulután, no sólo
fracasaría el proceso electoral, sino que las masas
se envalentonarían y se rebelarían de manera generalizada
contra el Gobierno. Un desenlace al estilo sandinista. Pero la realidad
fue otra.
A pesar de los combates en las calles de Cuscatancingo y otros puntos
de la capital, las filas de votantes fueron enormes en toda la ciudad.
Las fuerzas comandadas por Juan Ramón Medrano lograron mantenerse
durante casi seis días de fieros combates en las calles de Usulután,
pero al final tuvieron que replegarse a los cerros al atardecer del mismo
día de las elecciones.
En San Francisco Gotera las fuerzas guerrilleras sufrieron varias bajas
y regresaron derrotadas al norte del río Torola. Sin embargo, las
más fieras batallas estaban por venir.
*Columnista de El Diario de Hoy.