El Diario de Hoy
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El
establecimiento de centros de enseñanza de oficios, incluyendo
una granja con la misma finalidad, se proyecta para lograr la rehabilitación
de mareros, partiendo de la justa idea de que una forma muy efectiva para
controlar la delincuencia es el trabajo. Se tardaron mucho en averiguarlo,
pese a que tantas personas señalan que la prioridad mayor para
los países en desarrollo es generar empleo. Y mientras menos regulaciones,
exigencias, salarios escondidos y problemas laborales haya en un país,
más altos serán los índices ocupacionales. Idealmente
habría que expulsar a la OIT y las organizaciones que en forma
maliciosa buscan encarecer la mano de obra de los países en desarrollo,
para sacarlos de los mercados.
Ya pasamos por una aleccionadora experiencia al respecto. A principios
de la Década de los Sesenta, el difunto John Kennedy, a la sazón
Presidente de Estados Unidos, lanzó su programa de Alianza
para el Progreso, que entre otras cosas generó una gran agitación
sindical y mayores exigencias a los empleadores. Como era de esperarse
se produjo un grave desempleo, sobre todo en los sectores más débiles:
las mujeres, los viejos, los jóvenes sin experiencia, los minuscapacitados.
Y para rebalsar la copa de las truculencias, se anuló el régimen
de aprendizaje vigente en esos años, un esquema de formación
artesanal y obrera tremendamente efectivo.
Al suprimirse el aprendizaje los jóvenes adolescentes quedaron
de golpe y porrazo sin ocupación. Los inefables inspectores de
trabajo iban de taller en taller, de pequeño negocio en pequeño
negocio, revisando nóminas y asegurándose de que nadie trabajara
sin recibir un salario digno. O era digno el pago,
o no había otra alternativa que echar a la calle a jóvenes
que tenían todo el deseo de aprender (de allí lo de aprendizaje)
pero que topaban con leyes pérfidas.
Hay que ser recto, no enderezado
Las consecuencias no se hicieron esperar. El país quedó
sin un sistema de formación de oficios y tecnología de primer
nivel. Más aflictivo todavía, eliminaron la alternativa
sensata y de bajo costo para preparar jóvenes de familias sin recursos.
Esos pobres muchachos, los que quedaron sin oficio, fueron usados más
tarde como grupos de choque de los agitadores y luego carne de cañón
de la guerrilla.
Los jóvenes sin oficio y sin lugar de empleo (las leyes laborales
son la más grande barrera para que lo consigan) son ahora el lumpen
de donde se nutren las bandas delictivas, las maras. En su mayoría
los pobres muchachos y muchachas no tienen la disciplina para seguir un
aprendizaje. No la tienen porque en la etapa más receptiva de la
formación del carácter, la niñez y la temprana adolescencia,
no se les fortaleció en buenos hábitos y costumbres. Más
tarde resulta una tarea compleja y difícil remoldearlos; como lo
advirtió el emperador romano Marco Aurelio: Hay que ser recto,
no enderezado.
Rectos eran en buena parte los niños y los jovencitos que antes
se incorporaban como aprendices a talleres, granjas y pequeños
comercios. El aprendiz le debía obediencia a su maestro y atención
a su labor. Aunque no aprendiera grandes cosas, y se daba el caso de pasar
buena parte del día limpiando, se responsabilizaba, lo cuidaban,
aprendía a ser puntual y adquiría conciencia del valor del
dinero.