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La nota del día
Hay solución para curar

Los jóvenes sin oficio y sin lugar de empleo (las leyes laborales son la más grande barrera para que lo consigan) son ahora el lumpen de donde se nutren las bandas delictivas, las maras

Publicada 7 de octubre 2004, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
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El establecimiento de centros de enseñanza de oficios, incluyendo una granja con la misma finalidad, se proyecta para lograr la rehabilitación de mareros, partiendo de la justa idea de que una forma muy efectiva para controlar la delincuencia es el trabajo. Se tardaron mucho en averiguarlo, pese a que tantas personas señalan que la prioridad mayor para los países en desarrollo es generar empleo. Y mientras menos regulaciones, exigencias, salarios escondidos y problemas laborales haya en un país, más altos serán los índices ocupacionales. Idealmente habría que expulsar a la OIT y las organizaciones que en forma maliciosa buscan encarecer la mano de obra de los países en desarrollo, para sacarlos de los mercados.

Ya pasamos por una aleccionadora experiencia al respecto. A principios de la Década de los Sesenta, el difunto John Kennedy, a la sazón Presidente de Estados Unidos, lanzó su programa de “Alianza para el Progreso”, que entre otras cosas generó una gran agitación sindical y mayores exigencias a los empleadores. Como era de esperarse se produjo un grave desempleo, sobre todo en los sectores más débiles: las mujeres, los viejos, los jóvenes sin experiencia, los minuscapacitados. Y para rebalsar la copa de las truculencias, se anuló el régimen de aprendizaje vigente en esos años, un esquema de formación artesanal y obrera tremendamente efectivo.

Al suprimirse el aprendizaje los jóvenes adolescentes quedaron de golpe y porrazo sin ocupación. Los inefables inspectores de trabajo iban de taller en taller, de pequeño negocio en pequeño negocio, revisando nóminas y asegurándose de que nadie trabajara sin recibir un salario “digno”. O era “digno” el pago, o no había otra alternativa que echar a la calle a jóvenes que tenían todo el deseo de aprender (de allí lo de “aprendizaje”) pero que topaban con leyes pérfidas.

Hay que ser recto, no enderezado

Las consecuencias no se hicieron esperar. El país quedó sin un sistema de formación de oficios y tecnología de primer nivel. Más aflictivo todavía, eliminaron la alternativa sensata y de bajo costo para preparar jóvenes de familias sin recursos. Esos pobres muchachos, los que quedaron sin oficio, fueron usados más tarde como grupos de choque de los agitadores y luego carne de cañón de la guerrilla.

Los jóvenes sin oficio y sin lugar de empleo (las leyes laborales son la más grande barrera para que lo consigan) son ahora el lumpen de donde se nutren las bandas delictivas, las maras. En su mayoría los pobres muchachos y muchachas no tienen la disciplina para seguir un aprendizaje. No la tienen porque en la etapa más receptiva de la formación del carácter, la niñez y la temprana adolescencia, no se les fortaleció en buenos hábitos y costumbres. Más tarde resulta una tarea compleja y difícil remoldearlos; como lo advirtió el emperador romano Marco Aurelio: “Hay que ser recto, no enderezado”.

Rectos eran en buena parte los niños y los jovencitos que antes se incorporaban como aprendices a talleres, granjas y pequeños comercios. El aprendiz le debía obediencia a su maestro y atención a su labor. Aunque no aprendiera grandes cosas, y se daba el caso de pasar buena parte del día limpiando, se responsabilizaba, lo cuidaban, aprendía a ser puntual y adquiría conciencia del valor del dinero.

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