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Noche de brujas

Un periodista de EDH durmió en la misteriosa casa club del Águila. No vio fantasmas, pero sí luces que se prendían y se apagaban y también oyó algunos ruidos sospechosos


Publicada 7 de octubre 2004, El Diario de Hoy


Mario Posada
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com


La niña, mejor dicho, su espíritu, tal como Misael Alfaro me contó que la había observado, yo, en realidad, no la vi.

La misión encomendada era dormir en la casa club del Águila para corroborar, en compañía del fotógrafo Óscar Payés, los comentarios de los jugadores que ahí habitan y que aseguran que ven fantasmas y que ocurren cosas extrañas.

Obviamente, había cierto temor. Las palabras de Misael, confirmadas por Nelson Flores, calaron hondo en mis pensamientos. Además, yo había visto la película El Aro, por lo que no fue difícil imaginarme la escena.

Por las dudas, llevaba un pequeño rosario que una compañera de la universidad me regaló hace un par de años. Payés decía que no había nada que temer y se mostraba decidido a retratar cualquier aparición que sucediera.

A eso de las 10:00 p.m. arribamos al lugar. En la sala estaban Alexander Amaya Del Cid y Eliseo Salamanca. El primero, con una bolsa de hielo vendada en su rodilla derecha. El segundo era masajeado en su tobillo diestro por el kinesiólogo David Platero.

“¿Y de verdad se van a quedar a dormir aquí, pues?”, preguntó Amaya Del Cid.
“El Misael paja les ha dado. Aquí no pasa nada”, comentó Salamanca.

“En todo caso –me dijo El Torito– a vos te va a salir porque andás de miedoso”. Risas entre todos. Más nervios para mí.

En la segunda planta, Ludwin Meraz me mostró el lugar donde supuestamente entró la niña después de asustar a Misael.

En ese momento llegó Carlos Menjívar y subió a su cuarto. Adentro ya estaba Alexander Campos, quien salió a mover su auto para darle paso al de su compañero de cuarto.

Unos minutos más tarde todos se fueron a dormir. Óscar y yo nos quedamos en la planta baja, esperando por nuestro encargo.

Alcides Hernández bajó e hizo una llamada por teléfono. “Nada, ¿verdad?”, me preguntó.

Asentí con la cabeza.

4;00 AM. El sillón donde descansó Posada. Al fondo, la luz del comedor, la cual se prendió y se apagó en varias oportunidades. Foto EDH

A eso de las 11:30 ya todos los jugadores y el kinesiólogo estaban en sus habitaciones.
Antes nos habían preguntado que si queríamos dormir en alguna habitación vacía. Rechazamos la invitación porque nuestro objetivo era precisamente no dormir.

Llegó la medianoche y nada. Bueno, casi nada. Cada vez que cerraba los ojos, un extraño presentimiento me obligaba a abrirlos casi de inmediato. Sentía como si alguien me miraba. Mejor me hacía el loco y leía los periódicos viejos dispersos en el comedor .

Óscar se levantaba a cada rato. Hacía una foto, probaba de este ángulo, probaba este encuadre. Por si las dudas, agarré el rosario un par de veces y me puse a orar, porque, para variar, comenzó a llover. “Guardalo –me dijo Payés– no ves que así no va a salir nada”.

Las luces del misterio

Un hecho me llamó la atención. Y es que todos los que residen en esa casa me dijeron que siempre se apagaban y se encendían las luces.

La intensidad de la iluminación bajaba y subía de repente. Ha de ser un problema de voltaje, me decía para ahuyentar mis miedos.

Sin embargo, a eso de las 4:30 a.m., cuando el sueño había vencido a mi compañero de odisea y yo casi me dormía, alcancé a ver que la luz principal del comedor se apagó por completo y luego se volvió a encender.

Antes de recostarme, escuché unos ruidos en la segunda planta que no sabría cómo definir. Me volví a hacer el loco.

Cuando todos los jugadores se levantaron, antes de irse al entreno, nos volvieron a interrogar. “¿Vieron algo?”, me preguntó Meraz. “Gracias a Dios, nada”, le contesté.

Más tarde, en la práctica del equipo, me encontré con don Rafael Funes, un electricista de profesión, quien me explicó la posible causa de los problemas de energía.

“Eso de la luz es por el bajo voltaje que tiene la caja térmica. Está demasiado recargada por los aires acondicionados”, aseguró.

Para quedar más seguro y corroborar si ese no era un problema de la zona, consulté a Carlos Tejada, propietario del cibercafe Concorde, ubicado justo al frente de la casa club.

“Anoche me quedé trabajando hasta como a las tres de la mañana y no hubo bajones de voltaje. Yo creo y no dejo de creer en eso. Pero confío más en Dios”. Comparto su opinión, Carlos.


Hasta “El Mudo” quedó molesto

Enterado. Rodolfo “El Mudo” observa El Diario de Hoy en compañía de otros aficionados que llegaron al entreno matutino. Foto EDH

La noticia de que en la casa club del Águila se producen algunos hechos extraños no les cayó en gracia a los aficionados migueleños de hueso duro.

“Eso ya se sabía. Eso no es nuevo. Si dicen que hasta a Hugo Coria y a Anderson Da Silva asustaron. ¿Por qué sacan eso hasta ahora? Eso sólo es para lavarse las manos por los problemas que tiene el equipo”, reclamó un hincha, quien pidió la reserva de identidad.

Águila apenas sumó 11 puntos en la primera vuelta y el martes, el cuerpo técnico decidió separar a tres jugadores, sin dar mayores explicaciones.

El seguidor leyó El Diario de Hoy justo en las afueras del Estadio Juan Francisco Barraza, donde se encontraban reunidos una decena de aficionados habituales tanto en los juegos como en los entrenos del cuadro oriental.

Igual postura asumió Óscar Ramos, un ejecutivo de ventas quien se desayunó con la noticia.
“¿Por qué aparecen justo en estos momentos esas cosas? Pareciera ser que le andan buscando cinco patas al gato”, reflexionó.

El número uno

En el Barraza también se encontraba Rodolfo “El Mudo”, quien vio con atención las páginas dedicadas al equipo de sus amores.

Ataviado con su tradicional ropa color naranja, “El Mudo” incluso le llevó el periódico a los jugadores, en auténtica forma de reclamo.

Por su parte, el comerciante y excursionista Ricardo José Gómez aseguró que “eso de las brujerías no existe”.

“Yo ya tengo 15 años de andar siguiendo a este equipo y la situación actual duele. La culpa es de los directivos, quienes se lavan la mano echándole la culpa a los jugadores”, comentó.

“Eso que pasa en la casa club es lo que mi abuelo le llamaba ‘burleta’. Eso es el reflejo de lo que los jugadores hacen durante el día y queda alojado en las paredes”, añadió Carlos Hernández.


 

La familia no murió en la casa

Vecinos. Julio Tejada, hijo y padre, viven frente a la residencia del Águila. Contaron algunos detalles de la misma. Foto EDH

Don Raúl García era el propietario de la casa que Águila alquila para sus jugadores. Fue asesinado junto a dos de sus hijos varones, pero no al interior de la residencia, sino que en un asalto perpetrado en la cercanías del centro de gobierno municipal migueleño.

“Eso fue hace como unos ocho años. Ellos vendían electrodomésticos en el Comercial García, que ahora es el Comercial Salgado, en la 4a. Calle Oriente, cerca de la catedral”, explicó Julio Tejada hijo, propietario del cibercafé Concorde, que se ubica justo alfrente de la casa club aguilucha.

A García le sobrevivieron su esposa y dos hijos: una niña y un varón, quienes luego de la tragedia se mudaron a la residencia, que justo acababa de remodelar don Raúl.
Hace unos cuatro años que se mudaron y la alquilaron al Águila.

Pero, ¿y de dónde sale la historia de la niña que Misael Alfaro afirma haber visto?
“Durante la guerra, en ese lugar estaba una oficina de los Derechos Humanos no Gubernamentales. Probablemente durante ese tiempo pasó algo con una pequeña y es lo que los jugadores han observado”, detalló Tejada, quien reside en ese lugar desde hace más de 15 años.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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