El Diario de Hoy
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Con
el tiempo se irán agudizando los problemas derivados de las ventas
callejeras, que ahora amenazan con invadir cuanto espacio libre existe.
Hay ventas de esa clase en las zonas residenciales, en las barriadas,
en caminos y carreteras, alrededor de oficinas públicas. No tardarán
en querer apropiarse de patios de edificios públicos, pasillos
en los ministerios, canchas deportivas o al interior de las iglesias,
olvidando que Jesús sacó a latigazos a los mercaderes que
ocupaban el templo de Jerusalén.
Si Jesús lo hizo y lo justificó, razón tienen los
alcaldes, hasta los comunistas, de querer limpiar de ventas por lo menos
las principales calles de los centros urbanos. El problema se originó
de la atolondrada y colosalmente torpe decisión de un alcalde democristiano
y posterior golpista, Morales Ehrlich, que hizo suyo lo que es de todos:
las vías y las aceras de nuestras ciudades. Este individuo, por
cierto, es también culpable en gran parte del desastre agrario
que hasta hoy agobia al país.
La imbécil medida destruyó asimismo nuestros centros urbanos,
transformándolos en porquerizas. Por ser sitios abigarrados, fétidos
e insalubres, nadie quiere rehabilitar los antiguos edificios y construcciones
que se encuentran en áreas invadidas por vendedores. Hubo por cierto
un comerciante democristiano que a la fuerza (por el apoyo partidista
y los sueldos de policías públicos) mantenía libre
lo que correspondía a la acera frente a su negocio. Recetan a otros
la medicina que no toman ellos.
Las ventas ambulantes son un síntoma de desórdenes económicos.
A principios de los Años Ochenta, por la precipitada caída
de la economía causada por la agitación comunista-democristiana,
la gente quedó sin trabajo formal y no tuvo otro remedio que arreglárselas
como podía. Muchos, además, se pusieron a vender en la calle
mercancías suministradas por los comercios que tenían a
sus espaldas. Como la gente no entraba en los almacenes, los establecimientos
se pusieron a vender en la vía pública, con la ventaja (para
ellos) de que esos dependientes indirectos les salían menos costosos
y problemáticos. No sólo la señora que trae fruta
del volcán ocupa la acera, sino también muchos comerciantes
por interpósita mano.
Dejen los populismos y piensen
De manera inexorable los ambulantes (en su mayoría son fijos, no
deambulan) ganan muy poco dinero, pues tan pronto un sitio de venta es
exitoso, otros vendedores aparecen con iguales mercancías. Por
la ley de los rendimientos decrecientes (diminishing returns) con
el paso del tiempo son más los vendedores y menores sus ganancias,
como sucede con el café y la actual e inevitable crisis de los
productores. De allí que familias enteras se pongan a vender y
quieran invadir nuevas áreas en busca de pastos más verdes.
Las presiones humanas que tal cosa genera son la causa de los disturbios
últimos, donde en apariencia los comunistas están en los
dos bandos, lo que no les quita el sueño en absoluto.
Antes de que El Salvador se convierta en un gigantesco y poco higiénico
mercado callejero, hay que entrarle al asunto con lógica, sin demagogia
y con el concurso de todos. Comiéncese por analizar la forma como
en Perú se llegó a un razonable arreglo y subsiguiente rescate
del bello centro de Lima. El camino pasa por una vigorización económica
general, sólo posible con el TLC.