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La nota del día
No habrá acera sin sus vendedores

Antes de que El Salvador se convierta en un gigantesco y poco higiénico mercado callejero, hay que entrarle al asunto con lógica, sin demagogia y con el concurso de todos

Publicada 5 de octubre 2004, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Con el tiempo se irán agudizando los problemas derivados de las ventas callejeras, que ahora amenazan con invadir cuanto espacio libre existe. Hay ventas de esa clase en las zonas residenciales, en las barriadas, en caminos y carreteras, alrededor de oficinas públicas. No tardarán en querer apropiarse de patios de edificios públicos, pasillos en los ministerios, canchas deportivas o al interior de las iglesias, olvidando que Jesús sacó a latigazos a los mercaderes que ocupaban el templo de Jerusalén.

Si Jesús lo hizo y lo justificó, razón tienen los alcaldes, hasta los comunistas, de querer limpiar de ventas por lo menos las principales calles de los centros urbanos. El problema se originó de la atolondrada y colosalmente torpe decisión de un alcalde democristiano y posterior golpista, Morales Ehrlich, que hizo suyo lo que es de todos: las vías y las aceras de nuestras ciudades. Este individuo, por cierto, es también culpable en gran parte del desastre agrario que hasta hoy agobia al país.

La imbécil medida destruyó asimismo nuestros centros urbanos, transformándolos en porquerizas. Por ser sitios abigarrados, fétidos e insalubres, nadie quiere rehabilitar los antiguos edificios y construcciones que se encuentran en áreas invadidas por vendedores. Hubo por cierto un comerciante democristiano que a la fuerza (por el apoyo partidista y los sueldos de policías públicos) mantenía libre lo que correspondía a la acera frente a su negocio. Recetan a otros la medicina que no toman ellos.

Las ventas ambulantes son un síntoma de desórdenes económicos. A principios de los Años Ochenta, por la precipitada caída de la economía causada por la agitación comunista-democristiana, la gente quedó sin trabajo formal y no tuvo otro remedio que arreglárselas como podía. Muchos, además, se pusieron a vender en la calle mercancías suministradas por los comercios que tenían a sus espaldas. Como la gente no entraba en los almacenes, los establecimientos se pusieron a vender en la vía pública, con la ventaja (para ellos) de que esos dependientes indirectos les salían menos costosos y problemáticos. No sólo la señora que trae fruta del volcán ocupa la acera, sino también muchos comerciantes por interpósita mano.

Dejen los populismos y piensen

De manera inexorable los ambulantes (en su mayoría son fijos, no deambulan) ganan muy poco dinero, pues tan pronto un sitio de venta es exitoso, otros vendedores aparecen con iguales mercancías. Por la ley de los rendimientos  decrecientes (diminishing returns) con el paso del tiempo son más los vendedores y menores sus ganancias, como sucede con el café y la actual e inevitable crisis de los productores. De allí que familias enteras se pongan a vender y quieran invadir nuevas áreas en busca de pastos más verdes. Las presiones humanas que tal cosa genera son la causa de los disturbios últimos, donde en apariencia los comunistas están en los dos bandos, lo que no les quita el sueño en absoluto.

Antes de que El Salvador se convierta en un gigantesco y poco higiénico mercado callejero, hay que entrarle al asunto con lógica, sin demagogia y con el concurso de todos. Comiéncese por analizar la forma como en Perú se llegó a un razonable arreglo y subsiguiente rescate del bello centro de Lima. El camino pasa por una vigorización económica general, sólo posible con el TLC.

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