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Don José, el último tejedor

Ciudad delgado. Sólo queda una persona que se dedica al telar rústico en el municipio. El oficio no es bien remunerado. La fabricación decayó por los productos sintéticos

Publicada 4 de octubre 2004, El Diario de Hoy

En la faena. José Luis Carrillo se dedica a hilar las hebras en una rueca. El artefacto es antiquísimo, pero aún funciona. Foto EDH


El Diario de Hoy

metro@elsalvador.com

En Ciudad Delgado no es muy conocido que en el número 16 de la Avenida Paleca, en pleno centro, se conserva el único telar artesanal que queda en el municipio.

Al compás del “traca traca traca” de las piezas se van tejiendo hilos, que ya finalizados son cobijas de buena calidad; tejen historia, tradición y riqueza cultural conocida de primera mano por quienes se dedican al oficio.

El taller pertenece a don José Luis Carrillo, quien aprendió a manejar el telar desde que tenía 6 años y conoce cada detalle de la máquina de madera que heredó de sus padres.
Al primer contacto visual con el imponente telar, lo primero que viene a la mente es la bonanza de otras décadas cuando la producción era mayor.

“Nosotros llegamos a tener 20 telares, pero hoy como se acabó la mano de obra, no hay trabajadores, no hay tejedores. Sólo hemos quedado mi suegro y yo aquí en Ciudad Delgado”, dice don José, de 69 años, con una dosis de nostalgia.

Mientra habla de manera pausada enrolla hábilmente la madeja de hilo que coloca en un carrizo de bambú conocido como “canilla”, la cual posteriormente la pondrá en una pieza llamada “lanzadera”; ésta tiene la función de una aguja en una máquina de coser.

El artefacto tiene partes que los carpinteros ya no tallan. Cada vez que alguna de ellas se arruina, es don José quien debe repararlas. Ya ha compuesto decenas de veces una rueca o torno que debería ser colección de un museo.

Con las ganancias que el telar dejó, los seis hijos de la familia Carrillo alcanzaron la preparación profesional.

Uno es médico, otro está por titularse de abogado, el otro es mecánico automotriz. Los otros tres residen fuera del país.

Tejido. El proceso no es sencillo y hay que seleccionar las hebras. Foto EDH

Para no perder la costumbre don José Luis aún realiza el complicado proceso para confeccionar las colchas.

La recompensa que reciben es la preferencia de clientes que encargan el producto para llevarlo al extranjero, pero para destacar en el oficio se necesita de experiencia, y ellos la tienen.

En una hora son capaces de terminar una frazada; en un día producen siete; en una semana, tres docenas. Cuando tienen dicha cantidad, doña Zoila de Carrillo, la esposa y mano derecha del artesano, se encarga de distribuirlas en el Mercado Central.

El trabajo no produce muchas ganancias, pero la tradición continúa.


El ocaso de una valiosa y antigua tradición

A coser GEl hilo se coloca en la lanzadera. Foto EDH

La fabricación de colchas en telares artesanales decayó principalmente cuando aparecieron los productos sintéticos ya que se vendían a menor precio que los fabricados por los artesanos.

Un estudio realizado por alumnas de Administración de Empresas de la Universidad de El Salvador reveló que la industria del telar de palanca o pedal perdió fuerza debido al cambio que sufrió el mercado local.

Los compradores desecharon lo rústico y tradicional para dar paso a la innovación.

El documento en poder del Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (Concultura) demuestra que la falta de incentivos para los artesanos y de un proceso de enseñanza-aprendizaje que incorpore a los jóvenes interesados en continuar el arte ha influido en el ocaso de los telares.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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