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Los derechos de los padres de familia
Que los buenos no hagan nada

Si ustedes quieren tener hijos de los que enorgullecerse el día de mañana, edúquenles —entre otras virtudes— en la castidad continente antes del matrimonio

Publicada 4 de octubre 2004, El Diario de Hoy



Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

La frase completa es: “Para que las cosas marchen mal, basta conque los buenos no hagan nada”. Y me ha venido a la memoria, porque creo que posee gran actualidad. ¿Quiénes son esos “buenos”? Son toda esa gente “decente” que no comete delitos, pero que tampoco mueve un dedo para que las cosas mejoren o al menos no empeoren. Tienen cierta vocación de moluscos y cuando huelen, aunque sea desde lejos, que habría que esforzarse, hablar, dar la cara, para el bien de la sociedad, incluso para el bien directo de su familia y de sus hijos, prefieren encerrarse en su concha, como los caracoles, abstenerse, no meterse en líos, no enterarse, o si se enteran, se encogen de hombros con un “¡y yo qué puedo hacer!” y después se quedan a esperar que alguien les saque las castañas del fuego.

Lo refiero muy en especial a los padres de familia, pues si hay algo que se esté atacando hoy con mayor saña y mayores medios publicitarios y económicos, es la familia. Se ataca el matrimonio. Se atacan los derechos de los padres. Se ataca la salud mental y moral de los niños y adolescentes. Y muchos padres de familia hacen muy poco o nada por hacer valer sus derechos y deberes.

Cuando pienso en ellos, me viene a la memoria esa frase del evangelio que en boca de Jesucristo dice: “Los hijos de las tinieblas son más avisados que los hijos de la luz”. Porque efectivamente, las fuerzas corruptoras de la sociedad, de las familias y de la juventud no descansan.

Me permito avisar a las madres y padres de familia de El Salvador, a todos ellos (“moros y cristianos” y cualesquiera que sea su posición social y política), que nadie puede sustituirles, sin su permiso, en la formación humana y moral esencial de sus hijos menores de edad. Ese es un derecho natural que además está garantizado por la Declaración Universal de los Derecho Humanos, suscrita por El Salvador. Que usen su influencia para que el gobierno no firme el Cedaw, porque el Cedaw es una trampa que atenta contra la soberanía de la nación y que entrega al país, atado de pies y manos, a un comité de gente inmoral y tiránica, que entre otras barbaridades promueve el aborto.

Que por todos los medios democráticos a su alcance hagan valer sus voces e impidan que el Código de la Niñez se manipule en contra de los derechos prioritarios de los padres de familia sobre sus hijos. También les aviso que tienen la grave obligación moral de enterarse de lo que les enseñan a sus hijos en la escuela pública o particular. Y muy especialmente, si se refiere a la educación sexual, pues es en este campo donde mayor mal se está haciendo en todos los países donde se difunde una falsa educación sexual que pretende, con otras palabras más bonitas, decir que el adolescente tiene derecho a la fornicación con quien sea, de su mismo sexo o del otro sexo, por su cauce natural o contra natura. Ese derecho no existe, porque va contra el derecho natural, contra el sentido común y contra la experiencia histórica de siglos. De ahí no surgen, sino infelicidad personal y conflictividad social.

Que sepan que hay gente en el gobierno, en los medios, en el profesorado, que trabajan para los que buscan como primer objetivo que los países subdesarrollados disminuyan su natalidad con fines de imperialismo político, económico y racial, y que ya desde comienzos del Siglo XX se propusieron que, para lograr eso, había que cambiar la moral familiar, instruyendo a los menores de edad en el falso derecho a la fornicación, la homosexualidad y las aberraciones sexuales.

Esa política ha sido exitosa en frenar la natalidad mundial, pero ello se ha hecho sembrando el crimen horrible del aborto legal, cuando fallan los anticonceptivos, difundiendo el uso de abortivos —etiquetados como anticonceptivos—, incrementando los embarazos no queridos entre adolescentes y las enfermedades de transmisión sexual, incluido el Sida, hasta cifras nunca vistas, verdadera pandemia de nuestra civilización.

Estas cosas están fuera de opinión, porque son hechos contundentes, verificados con estadísticas. Y así, en todos los países donde aumenta el libertinaje sexual, además de lo ya señalado, aumentan los divorcios, la violencia intra familiar, la delincuencia juvenil, las drogas, las enfermedades psiquiátricas y, por último, el suicidio, muestra clara de infelicidad, que además alcanza cada vez a gente más joven. ¿Esa es la educación que ustedes quieren para sus hijos?

Si ustedes quieren tener hijos de los que enorgullecerse el día de mañana, edúquenles —entre otras virtudes— en la castidad continente antes del matrimonio. La experiencia de siglos es que ese sí es camino para la felicidad. Muéstreles que, además, es la única educación sexual que ha tenido éxito para disminuir las enfermedades venéreas y los embarazos no queridos. Así ocurre en determinados grupos de EE.UU. y la única que ha bajado la cifra de contagiados por el Sida en un país: Uganda (África).

Enséñeles que el verdadero amor sabe esperar, no necesita condones. Que el libertinaje sexual puede producir placer, pero aleja del verdadero amor que es algo muy diferente de la lujuria. En todo esto no esperen que otros les sustituyan. No esperen que sea el pastor, el cura o el obispo, quienes les liberen de sus derechos y deberes. Sólo si no saben dar una verdadera educación sexual, limpia, gozosa, continente, sin tabúes ni errores, busquen con prudencia quienes lo sepan hacer, conforme con lo que ustedes quieren. Pero que no cedan su obligación, por timidez o pereza mental.

En una democracia, los derechos y deberes de los padres, los primeros que tienen que conseguirlos, desarrollarlos y, si es del caso, defenderlos, son ustedes mismos.

*Dr.en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net

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