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Anders Áslund*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
El Presidente ruso Vladimir Putin tuvo bastante éxito en el logro
de sus objetivos durante su primer mandato. Fortaleció el poder
del gobierno federal, al tiempo que debilitó el mundo de los grandes
negocios, la prensa libre, el partido comunista, los partidos liberales
y la sociedad civil. Al interior del gobierno, exprimió el poder
de los gobernadores regionales, ambas cámaras del parlamento e
incluso el aparato estatal, concentrando todas las facultades legislativas,
ejecutivas y judiciales en sus propias manos. Mientras tanto, desde que
Putin llegó al poder en 2002, Rusia ha logrado una sólida
estabilidad macroeconómica y un crecimiento anual sostenido con
un índice promedio de 6,5%.
Lamentablemente, el éxito de Putin puede llevarle a su caída.
La fortuna le sonrió en el primer período, porque reconoció
ciertos límites a su poder. Ávido lector de las encuestas
de opinión, intentó, enigmáticamente, representar
todo para todos los votantes. Ahora, embriagado por su seguidilla de triunfos
políticos, parece que se cree libre de toda limitación.
Pero ningún político tiene esa suerte. Putin está
violando demasiadas reglas de la política y no puede continuar
ese camino por mucho tiempo.
Por ejemplo, puesto que es demasiado celoso del poder como para delegarlo
y quiere tomar él mismo todas las decisiones, reemplazó
con dos hombres ineficaces a un sólido primer ministro y jefe de
gabinete. De manera que, en lugar de crear una fuerte línea de
mando vertical, paralizó su gobierno.
Una de las razones de esta extrema supercentralización es el hecho
de que Putin no confía en nadie. Otra es su preocupación
por mantener las cosas en secreto. Como buen agente secreto, confía
en el círculo de hombres de la KGB provenientes de San Petersburgo.
Su base de poder se reduce día a día y el estrangulamiento
a que ha sometido a los medios independientes le deja cada vez peor informado.
Las consecuencias fueron evidentes en la dramática toma de rehenes
en la escuela de Beslán, en Osetia del Norte.
Las fuerzas del orden le fallaron a la población. No poseían
datos de inteligencia pertinentes. Los policías aceptaron sobornos
para dejar pasar a los terroristas. Las mejores fuerzas especiales de
Rusia fueron enviadas a Beslán, pero no se les dio municiones,
ropajes antibalas, planes de batalla ni capacidad de mando operativo.
La escuela nunca fue acordonada. Al final, los osetios locales irrumpieron
en la escuela con sus propias armas y mataron a varios miembros de las
fuerzas especiales para demostrar su ira.
Increíblemente, el jefe del Servicio de Seguridad Federal (FSB)
y el ministro del Interior llegaron a Beslán poco después
de iniciado el sitio, pero no hicieron nada. Los dos gobernadores regionales
afectados por la crisis se negaron a ir juntos a Beslán.
De hecho, nadie del gobierno hizo nada. Putin y su gobierno simplemente
hicieron caso omiso de la crisis de Beslán, restando importancia
a la cobertura noticiosa que se hacía de ella. Las declaraciones
oficiales provinieron de un personero local de bajo rango, que hizo el
ridículo al mentir de manera grotesca.
Es difícil imaginar una actuación peor por parte de un gobierno.
En su tiempo, se hacía mofa del presidente soviético Leonid
Brezhnev por interesarse sólo en ocultar las malas noticias, en
lugar de querer solucionar los problemas. Putin está actuando de
la misma manera. Obviamente, tal nivel de secretismo le hace daño
a Rusia.
La tragedia de Beslán nos pone frente a conclusiones obvias. Se
debe revisar la política hacia Chechenia. Es necesario depurar
y disciplinar las fuerzas de seguridad. Hay que sacar de sus cargos a
los ministros y gobernadores ineficientes y se debe dar más autoridad
a sus carteras. Se necesita un flujo más abierto de la información
y menos personajes de la KGB en cargos públicos.
Sin embargo, Putin no quiere nada de eso. No sigue la regla elemental
de que cuando se está en un hoyo hay que dejar de cavar. Ninguna
autoridad fue sacada de su cargo, pero el editor de Izvestiya fue despedido
por informar de manera fidedigna.
De manera similar, no se ha hecho nada para enfrentar la corrupción
rampante que existe al interior del FSB. En lugar de dar más autoridad
a los gobernadores, Putin exigió la facultad de nombrarlos él
mismo. En vez de fortalecer al gobierno, lo privó de uno de sus
mejores hombres, Dmitri Kozak, y en su puesto nombró a otro desconocido
de la KGB de San Petersburgo.
La pregunta ya no es si Putin verdaderamente dejará el cargo cuando
termine su mandato en 2008, sino si será capaz de durar tanto tiempo.
Probablemente pueda, pero tendrá que dar un giro de ciento ochenta
grados, haciendo volver a Rusia por el camino de la democracia, la autonomía
regional y la libre expresión.
Copyright: Project Syndicate.
*Director del Programa Ruso y Eurasiático del Carnegie Endowment
for International Peace.

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