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Pedro Roque*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
El aprendizaje y la enseñanza es parte de la vida de todos los
seres vivos con capacidad de aprender, desde que nacemos hasta que morimos.
Cuando nacemos, sólo traemos en nuestro cerebro los instintos necesarios
para la supervivencia, pero ninguna información sobre los sistemas
que el hombre ha desarrollado para la convivencia social.
Cuando era muy joven, me explicaron que el cerebro es como una gran pizarra
en la cual desde que nacemos y durante toda la vida, se dibujan figuras
y caracteres que van quedando ligados a significados y sentimientos agradables
o desagradables. Unos se graban con más intensidad que otros, por
lo que vienen a nuestro recuerdo con más o menos frecuencia y más
o menos facilidad.
Los que quedaron bien grabados vuelven al recuerdo con facilidad, y los
que no, cuando los buscamos, tardamos segundos o minutos en recordarlos.
También entendí que la pizarra tiene dos áreas: la
consciente, que funciona cuando estamos despiertos, y la inconsciente,
que trabaja siempre, incluso cuando dormimos.
La verdad es que existen diferentes modelos para explicar de forma inteligible
la complicada química y electrónica con que
funciona el cerebro. Los investigadores especializados en el cerebro aceptan
que actualmente muchísimas cosas no se saben con seguridad y sólo
se intuyen.
Sin embargo, el modelo de la pizarra es útil para entender que
el proceso de aprendizaje y enseñanza es ininterrumpido desde el
nacimiento hasta la muerte.
Una parte del aprendizaje se realiza en casa, alguno en la escuela, y
otro, en el entorno urbano y laboral o profesional donde nos movemos.
La intención de esta explicación es que quien no tenga un
modelo inteligible sobre cómo funciona el proceso de aprendizaje
y enseñanza disponga del que yo utilizo y que, para el caso, es
suficiente.
Dicho lo anterior, quiero describir algunos esquemas erróneos que,
inconscientemente con nuestros malos hábitos y una
serie de conductas conscientes y temerarias porque se
trata de acciones que hacemos intencionadamente, sin darnos cuenta y sin
decir ni una palabra, escribimos en la pizarra de la mente de nuestros
niños, y cuando lo hacemos en la empresa, sirven para que los empleados
les emulen en cuanto tienen oportunidad de hacerlo.
Veamos este ejemplo: todos, conductores, peatones y policías saben
el significado de los colores del semáforo y no debiera hacer falta
recordar: el rojo significa pare, el amarillo tenga precaución
y el verde siga.
Partiendo de esta circunstancia, les pregunto: ¿Cuál es
el esquema que se escribe en la pizarra de la mente de un niño,
que va sentado en el asiento de adelante de un carro sin el cinturón
de seguridad, cuando el adulto que le lleva, hablando por su teléfono
celular, con toda frialdad y enfrente de un policía que está
en la esquina, se pasa el semáforo en rojo y se cuela peligrosamente
entre un bus y un microbús que van peleando por los pasajeros de
la siguiente parada, sin que el policía diga nada?
Seguramente para el niño esta acción resulte emocionante
por la falta de conciencia del riesgo de perder la vida. Pero lo que el
niño realmente aprendió, sin que el adulto diga una palabra,
es que son normales las siguientes conductas temerarias: Salir tarde,
sentarse en el asiento de adelante, no ponerse el cinturón de seguridad,
ir de prisa, hablar por teléfono mientras se maneja, que el rojo
para su papá o su mamá no significa nada, que el policía
no participa en la acción y que es emocionante colocarse entre
un microbús y un bus que circulan peligrosamente.
Si además, estas conductas se repiten diariamente por la desorganización
en la casa por la mañana, los niños, los adolescentes e
incluso los adultos asumen esta serie de conductas temerarias como normales
y que, sencillamente, así somos los salvadoreños.
Lo mismo sucede cuando en las instituciones del gobierno y las empresas
los supervisores, los jefes, los gerentes o los directores llegan tarde
no supervisan que el trabajo se realice como es debido y en el plazo previsto,
o bien, cuando permiten o por descuido, suceden irregularidades o abusos
de los subalternos. Ni qué decir cuando se cometen atropellos en
contra de los derechos de los ciudadanos o los clientes.
Sin darnos cuenta, enseñamos y aprendemos de lo que hacemos y percibimos
del entorno y para enseñar y aprender conductas temerarias,
somos buenos en nuestro país.
Pues bien... disponiendo ya de un modelo sencillo para entender y explicar
el proceso de enseñanza y aprendizaje, se trata de reconsiderar
conscientemente las falsas creencias que tenemos sobre que
aquí así somos y así son las cosas, reorientarlas
ajustándolas al cumplimiento de la ley y, con el buen ejemplo,
en la casa, en la calle y en la empresa, reescribir los esquemas propios
y de la gente que nos observa, para cambiar muchas conductas temerarias.
Otro reto es empezar con estas cosas tan sencillas y lógicas cuanto
antes, para, transformándonos, cambiar urgentemente
nuestro entorno.
Por último... Olvídese de esperar hasta 2021 para empezar
a cambiar lo básico de sus conductas cotidianas que
sólo usted lo puede hacer... Hoy es un buen día.
*Ingeniero y columnista de El Diario de Hoy.

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