El Diario de Hoy
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Cada madrugada, como por
milagro, miles y miles de personas y vehículos se mueven por todo
el territorio para entregar verduras, alimentos diversos, artículos
de la más variada índole o simplemente ir a sus empleos,
sin que nadie los coordine, planifique sus actividades ni imponga tareas
colectivas. Cuando las amas de casa llegan a los mercados y los trabajadores
de restaurantes a sus puestos, todo está listo para proveerse y
dar de comer a familias, personas y clientelas.
¿Cómo se coordinan un agricultor de Chalatenango, una vendedora
de La Tiendona y un comprador de maíz de Soyapango, para que lo
que producen y lo que necesitan esté disponible esa mañana
en determinados puestos en cada ciudad y barriada? No hay un Ministerio
de Planificación ni suprema autoridad capaz de hacer con prontitud
y total eficiencia ese trabajo día tras día; cuando un dictador
o un grupo de poder lo intenta como en los países socialistas,
los resultados son catastróficos: siempre hay escasez, pero siempre
hay más de una cosa que de otra; se dice que en la colapsada Unión
Soviética por meses había una cierta facilidad para hacerse
de camisas, pero era casi imposible obtener pantalones. O los pantalones
eran para personas bajas y gordas, siguiendo un período en el que
llegaban a las tiendas estatales sólo pantalones para hombres altos
y delgados. Por el contrario, nadie tiene problema aquí en nuestro
San Salvador para adquirir las prendas que necesita, aun los muy gordos
o los muy altos a quienes se las fabrican a su medida.
Ignoran mucho, pero saben sus precios
¿Cómo se opera el milagro de los mercados libres?
El gran secreto son los precios. Para que los mercados funcionen con fluidez
y eficiencia se requiere que los precios se fijen de acuerdo con las leyes
de la oferta y de la demanda. Cada mañana hay una enorme oferta
de decenas de miles de artículos y servicios, que busca satisfacer
una igualmente gigantesca demanda. En las decenas de miles de transacciones
que tienen lugar en un país se van estableciendo los precios, la
mayoría de los cuales se mantiene en los niveles de la víspera,
del día anterior, pero asimismo se va sentando la dirección
de nuevos precios con lo que no se compró, o lo que llegó
a faltar. Si quedan tomates sin vender, los precios del tomate en los
días siguientes van a bajar; si quedaron personas sin conseguir
sus tomates, los precios tenderán a subir. Y cuando suben los precios
se envía una señal a los agricultores para que incrementen
sus cultivos.
Los precios son los grandes niveladores. Si un comerciante comienza a
tener grandes ganancias vendiendo determinados artículos o servicios,
casi de inmediato surgirán otros para competir con él forzando
una baja progresiva en los precios. De allí que la única
forma de sostener un liderazgo comercial es innovando todo el tiempo,
ofreciendo cosas nuevas o mejores que el resto.
Las variantes en los precios se conocen casi de inmediato en los ámbitos
en que operan. Al incrementarse, o reducirse, el precio de los tomates,
aquellos que tienen que ver con ese fruto lo saben de un día a
otro, aunque se trate de sencillos campesinos que no saben leer ni escribir.