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| Recibimiento. Una asistente a la conferencia
que dictó el Dalai Lama, ayer por la tarde, recibe los buenos
augurios del líder religioso. Foto EDH |
Ciro Granados
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Quien pensaba que el
máximo líder espiritual de los tibetanos es un hombre cautivo
de los formalismos que impone el protocolo, o que se deja arrastrar por
la solemnidad de su cargo, está en un error.
Es alegre y desenfadado. No desaprovecha ocasión para mostrar su
buen humor, aunque su discurso está cargado de un realismo tajante
que no acepta eufemismos.
En esa tónica es que Tenzin Gyatso, el XIV Dalai Lama, no tuvo
empachos en exhortar ayer que un compromiso que debe asumirse para lograr
la felicidad en la sociedad es reducir la brecha entre los ricos y los
pobres.
Está en manos de los ricos que, de parte de ellos mismos,
a través de esta autodisciplina y sentido de vida, empiecen a distribuir
y ayudar a los más necesitados, apuntó, antes de mencionar
que a veces la política contribuye a este fenómeno.
El visitante disertaba sobre cómo lograr la paz
exterior a través de la interior ante casi dos mil personas congregadas
en el Hotel Radisson.
La base de su discurso es que para tener paz se debe partir de la promoción
de valores humanos fundamentales. Se refería, entre otros, a la
compasión y la preocupación por los demás porque
eso conlleva a la tolerancia y desarrolla el perdón.
Explicó que en casos de conflictos hay que enfrentarlos compartiendo
el respeto con la contraparte y estando listo para dialogar: Eso
denota la preocupación por la situación ajena.
La visión del Dalai es que todos queremos y tenemos derecho a una
vida feliz. Y en el mundo moderno, comentó existe la
comodidad con el avance de la tecnología y la ciencia, pero que
esa sofisticación también ha generado problemas.
También hizo un llamado a los salvadoreños para que, a la
hora de enfrentar los problemas de la violencia o del crimen, la perspectiva
no debe ser limitada: Traten siempre de ampliar la visión
para mirar los intereses a largo plazo y para todos.
Su mensaje de paz incluye, aparte, fomentar la armonía entre las
religiones. Y para eso subrayó es importante conocer
tradiciones espirituales diferentes a las nuestras para ver en qué
contribuyen a la sociedad. Aunque, también dijo que en ocasiones
las religiones son manipuladas para intereses específicos que tienen
resultados graves.
Su gran conclusión es que la paz interior no viene del cielo ni
de la tierra. Tiene que generarla el individuo con su inteligencia.
Lo Dalai no quita lo casual
A su llegada al hotel Radisson, el guía espiritual del Tíbet
se quedó mirando la escultura de una mujer, hizo algunos comentarios
y siguió caminando por el pasillo.
Luego se detuvo y contempló el cuadro de un pintor salvadoreño.
Justo en ese momento, Tsewang Phuntso, uno de sus embajadores que había
entrevistado hace unos meses me tomó la mano y me acercó
a su líder. Le dijo unas palabras en Tibetano y el Dalai se volvió.
Aprecio mucho lo que ha hecho. Hay que escribir más sobre
la causa tibetana, me dijo mientras estrechábamos las manos.
Luego entró al salón y la multitud, que estaba en un gran
coloquio, calló. Silencio. Unos cuantos se atrevieron a aplaudir
y luego la emoción se hizo general. Pero el Dalai se detuvo de
nuevo.
A su costado estaba un paralítico. Se acercó, le tomó
su mano y comenzó a frotarla. Hizo lo mismo con una rodilla. Después
se acercó a su oído y le dijo unas palabras. Se despidió
con un Good.
Después llegó a la tarima y, para sentirse más cómodo,
se desató los cordones de sus zapatos (color café y del
estilo Hush Pupies) y se sentó con las piernas cruzadas.
Mientras el traductor convertía al español el discurso,
el Dalai se entretenía jugando con el micrófono, viendo
al cielo, mirando el reloj o rascándose la cabeza.
Hubo lugar para bromas y hasta para decir que estaba de acuerdo con la
clonación siempre y cuando eso no se hiciera para crear seres humanos
con el propósito de usar sus órganos.

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