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La larga espera

Un submundo: Una ex reclusa de la cárcel de mujeres narra a la periodista heydi vargas, en la conclusión de sus memorias, las grandes tentaciones que se llevan las internas al salir, las ansias de libertad de quienes conviven en ese lugar, los Intentos de fuga, el pago de favores, las rebeliones y toda una serie de amargas condiciones en las que se vive en esa prisión.

Publicada 30 de septiembre 2004, El Diario de Hoy


Última entrega
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

Hace diez años las fugas de las internas se lograban, hoy no se puede más allá del perímetro, pues las mismas internas ponen el dedo a quienes lo intentan.

El año pasado intentó fugarse una que tenía cuatro días de haber ingresado por drogas.

Era una chava que daba muestras de mucha consternación. Ni siquiera jabón tenía para bañarse.

Un día se le oyó exclamar: “¡Puta, y pensar que voy a estar metida aquí mucho tiempo! ¡Coman mierda, yo me voy!

Vi cuando se pasó el alambre “razor” del primer muro de la cárcel, mientras una compañera le enseñaba las chiches al guardia. ¡Claro que lo durmió!

La alumna de Houdini al pasar el alambre se quitó el pantalón y trepó al segundo muro que da al centro de readaptación de menores Rosa Virginia. Pero, otra interna la vio y avisó a una de las seños que a su vez lo reportó a los comandantes.

Si bien había logrado pasar los muros, para fines legales consumó la fuga agregando un delito más al que ya se le imputaba.

“La perrera”

En una ocasión me llamaron porque me tocaba audiencia, judicial. Me sentí feliz ante la idea de salir aunque fuese sólo a pasear unas horas, y vería hombres.

El equipo de traslado de reos llegó por mí un domingo. Me subieron en “la perrera” -vehículo acondicionado como un furgón cerrado con una sola ventanilla al exterior.

Si tienes suerte sólo llevan reclusas de la Cárcel de Mujeres, de lo contrario hacen un recorrido de las cárceles de San Salvador. Todos vamos en el mismo carro, pero cuando se llena de “aires” se vuelve sofocante.

Los hombres van esposados y las mujeres con las manos libres. Si son de pandillas rivales se dan choques verbales que a veces terminan en puñetazos.

Si la pareja se gusta pueden echarse un chilazo antes de llegar a su destino y mantener luego güila -pequeñas cartas.

Al llegar al Isidro Menéndez, una vigilante te registra: te quitas el sostén, el calzón, los zapatos, el pelo y, finalmente, te ordena hacer flexiones hasta tocar el suelo.

Los artículos que nos dejan pasar son jabón, champú, pasta dentífrica y cepillo de dientes; pero el mango de este último debe ser cortado hasta dejar sólo el cutuco.

Quiero a mi hija

Hace meses una Salvatrucha volvió a la cárcel, le sorprendieron ingresando drogas para su marido preso en Mariona.

La primera vez que llegó le permitieron tener a su hija en materno.

Un día de visita los familiares le dejaron a su niña, pero en el conteo los vigilantes se enteraron de su presencia y le dijeron que no podía tenerla.

Se la quitaron con engaños por orden del comandante. El objetivo era llamar al Isna (Instituto Salvadoreño de la Niñez y Adolescencia) para que se hicieran cargo de la niña.

Al ver el engaño fue a la cocina. Tomó un cuchillo y presa de angustia comenzó a gritar como cuando una loba amenazada aúlla y alerta a su manada.

Las mareras no tardaron en unírsele. Agolpadas al portón exigían que les devolvieran a la niña. “¡Por favor, háblenle al comandante, díganle que me entregue a mi hija!”, gritaba llorando.

Lo que comenzó como súplicas se convirtió en insultos y amenazas.

La revuelta


Ante la negativa de los guardias, las mujeres subieron al portón y entre todas abrieron las barras de hierro abriendo espacio para pasar.

La mujer blandía el cuchillo para exigir la devolución de su hija. La turba en la entrada principal hacía señas con sus manos y gritaba: “¡No nos vamos porque no queremos. No queremos bronca; no queremos huir, lo que queremos es a la niña!”.

El comandante les dijo que devolvería a la niña a cambio del cuchillo, mientras sonaba la alarma para atraer a la policía.

Los guardias se reunieron donde las mareras y éstas, confiadas en sus palabra entregaron el arma pero, no dieron a la niña. Al contrario, fueron sometidas y las metieron al calabozo.

Desde un celular que teníamos llamamos a Derechos Humanos para ponerlos en alerta.
Al día siguiente, no nos permitieron salir de los dormitorios hasta las nueve de la mañana, mientras trasladaban a las mareras al penal de Berlín, pues temían que las reclusas generáramos una nueva revuelta de protesta por la injusticia cometida.

Las civiles no nos metimos, pero de haber hecho falta sabíamos dónde se guardan las escopetas y “las banderas” –quienes pertenecemos a bandas–, las secuestradoras, las robabancos y robafurgones, todas podemos usar armas ¡y lo hacemos muy bien!
Una no se fuga no porque no pueda, ni por temor, sino porque una aprende a amarse y quiere tener una oportunidad de vivir en la libre.

Una fuga siempre produce muertes y si logras escapar, andar de prófuga es un tormento para uno y la familia.

¡Por fin!

Las mujeres salimos de la cárcel peor de como entramos, porque allí descubrimos sentimientos que quizás nunca habíamos experimentado.

Las penurias, la soledad, la tristeza y la frustración nos vuelve duras de corazón, aprendemos a odiar de verdad y a hacernos muy malas.

Habemos mujeres que salimos sin un solo centavo en nuestras bolsas.

¿Qué pueden hacer las que viven lejos del reclusorio para regresar a su casa? No les queda otra cosa que robar o mendigar para el pasaje de regreso.

Cuando buscamos trabajo y nos piden la constancia de antecedentes penales, los patronos nos rechazan porque no quieren ex presidiarias trabajando en sus negocios. Piensan que vamos a hacer algo malo o que vamos a buscar problemas.

Estoy fuera del penal, he recuperado mi libertad, pero en realidad todavía soy prisionera de las secuelas que me dejó la vida en la cárcel.

Por ejemplo, en mi casa, a la hora de ir al baño, llevo mi papel higiénico, mi cepillo de dientes, pasta y jabón en un huacalito. Cuando termino, lo pongo debajo de la cama como si tuviera que protegerlo de ladronas.

Hoy no tengo autoridad sobre mis hijos, y eso es una carga que tengo que sufrir, pero comprendo que fue por todos los años que pasé purgando mi pena.

A ésto agrego el estigma social que me persigue implacable.

La gente no olvida.

Las heridas son profundas. Nunca vuelves a ser la misma.

No puedo decir que mi castigo fue inmerecido.

Pagué mi culpa y no quiero volver a ser una delincuente; lo hago por mí, pero sobre todo por mis hijos.

Glosario
Bandera:
Pertenecen a bandas
Chilazo:
Relación sexual rápida
Güila:
Pequeñas cartas
Libre:
Estar en libertad
Perrera:
Vehículo que traslada reos
SEÑOS:
Orientadora, celadora.


El gallinero de Claudio

Rodolfo Garay Pineda, el director de Centros Penales, visitó un lugar que habíamos destinado para descansar.

“Las mujeres salimos peor de como entramos, descubrimos sentimientos que nunca habíamos experimentado”

“No nos fugamos no porque no podamos ni por temor, sino porque se quiere una oportunidad de vivir en la libre”

Había muchos árboles y el clima era fresco. Los días de visita llevábamos allí a nuestros familiares. Cada quien tenía su terrenito.

Después de la visita del director, nos informaron que no le gustó el lugar pues le parecía el mercado La Tiendona, muy desordenado.

Dijeron que pondrían pequeñas glorietas y bancas de concreto.

Con esa medida desmantelarían el negocio de alquiler de sillas a un dólar cada una el día de la visita y que no podríamos apropiarnos de las glorietas ni de las bancas para alquilarlas a las demás internas.

Pronto comenzó la obra y para alegría nuestra, abundaban los hombres trabajando en ella, lo que significaba que habría oportunidad de que nos invitaran a gaseosas, sorbetes o, si la ocasión se presentara algo más...

La obra concluyó, pero en lugar del parquecito habían construido una galera con techo de lámina.

Antes de inaugurarla llegó Garay Pineda con la directora del penal.

Sin que lo advirtieran, nuestras escuchas captaron la conversación: Molesto Garay Pineda le decía a la directora: “Quería que la estructura tuviera una canaleta para el agua y ésto también parece un gallinero”.

Vimos que nos defendía y como nos construyeron un gallinero, nos convertimos en las gallinas del Gallo Claudio, por lo que cada vez que Garay Pineda llegaba a visitarnos, decimos: ¡Qué dijo Claudio!, ¡qué dijo el gallo!

La verdad es que “el gallo” sólo visita a sus gallinas cuando le toca inaugurar un poste o lo que sea. Está enterado de lo que nos pasa, de las deficiencias y escaseces que sufrimos, pero no vemos que haga algo para remediarlo.

Cuando llega le salimos al paso y se le informamos lo que nos pasa. Él contesta: “Sí, ya lo vamos a ver, lo vamos a resolver”.

Por supuesto que esperamos en vano a que se tome alguna acción para beneficio nuestro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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