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Ellos y nosotros

Nos guste o no, somos vecinos de la primera potencia mundial. Y lo que allí ocurra inevitablemente nos afecta. En el caso particular de El Salvador, no se puede soslayar el hecho de que la tercera parte de nuestra población vive allá.

Publicada 30 de septiembre 2004, El Diario de Hoy

Marvin Galeas *
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

La relación entre Estados Unidos y América Latina es desproporcionada. Casi cualquier niño escolar de Lima, Quito, Tegucigalpa o San Salvador sabe que la Estatua de La Libertad está en Nueva York y que Benjamín Franklin inventó el pararrayos.

Pero es poco probable que los niños escolares estadounidenses sepan a ciencia cierta dónde queda Lima o Tegucigalpa, o que el novelista guatemalteco Miguel Ángel Asturias ganó hace años el premio Nóbel de Literatura.

Para el estadounidense promedio, América Latina es una plaza con mariachis o un bus destartalado rebalsando de gentes, canastos y gallinas por algún polvoriento camino.

El cine de Hollywood muestra a cabalidad la percepción que los estadounidenses tienen de América Latina.

En la película “Traffic”, por ejemplo, las escenas que se desarrollan en Los Ángeles tienen una elegante tonalidad celeste, mientras que las que suceden en México tienen un asfixiante color sepia.

En otra película, “Daño colateral”, con Arnold Schwarzenegger, un guerrillero colombiano que comete un error operativo es sometido por el máximo comandante del grupo a un terrible castigo: tragarse una venenosa culebra viva.

Claro que los guerrilleros colombianos cometen todo tipo de fechorías, pero la escena de la culebra es una caricatura de la maldad.

En cambio, cuando el cine norteamericano presenta la historia de un mafioso o de un asaltante de bancos, éste suele ser guapo, bien vestido y de muy nobles sentimientos con su novia.

Los malos son hasta simpáticos, como en la película “Bonnie and Clyde”, los jefes de una banda de ladrones, elevados a la categoría de héroes populares, por la prensa de ese país en los años de la depresión.

Pero la relación no sólo es desproporcionada en todos los aspectos, sino que también es de amor y de odio, de nosotros hacia ellos. Los mismos jóvenes que queman banderas de barras y estrellas e imágenes del Tío Sam en las manifestaciones callejeras de nuestras capitales suelen pasar horas oyendo música de las grandes bandas y grupos de rock estadounidenses. Los mismos contestatarios que gritan “muerte al imperialismo yanqui”, sueñan con estudiar cine en alguna academia de Los Ángeles.

De allá para acá la visión es más plana. O nos ven como un peligroso lugar donde hasta comer cualquier cosa puede ser mortal o como una exótica región donde se puede venir, de mochilas y bermudas, a tomar ron, bailar cumbias y conseguir mucho sol.

Las relaciones entre gobiernos son otros cien pesos. Allí no hay amor ni odio. Lo que hay son intereses, nada más. Los gobiernos estadounidenses se alejan o se acercan a América Latina, dependiendo de cuán amenazada esté su seguridad. Cuando Fidel Castro se hizo del poder en La Habana, John Kennedy lanzó la famosa Alianza para el Progreso, para prevenir nuevas revoluciones en su área de influencia geopolítica. La ayuda para impulsar programas sociales y hasta populistas fue ultra millonaria.

Al mismo tiempo han apoyado, sin remilgos, a dictaduras militares anticomunistas como parte de la doctrina de seguridad nacional. Franklin D. Roosevelt esculpió el concepto en palabras que pasaron a la historia: “Somoza may be a son of a bitch, but he is our son of a bitch”. En los años setenta, Jimmy Carter, seguro que con muy buenas intenciones, quiso alejarse de los son of a bitch del mundo, pero en el intento dejó al mundo prácticamente a merced del expansionismo soviético.

Es decir que el que quedó en el poder en lugar de Somoza era igual de son of a bitch, pero ya no era de ellos. Lo mismo ocurrió en Irán, Angola, Etiopía. Carter pasó a la historia como uno de los peores presidentes desde el punto de vista de los intereses estadounidenses.

Por supuesto que para Fidel Castro y los intelectuales de izquierda, Carter ha sido el mejor.
Después del desastre, Ronald Reagan convirtió las relaciones interamericanas en “escudo de la seguridad del nuevo mundo y espada de la proyección del poder global de Estados Unidos”.

“Si no paramos a los comunistas en El Salvador, muy pronto los veremos corriendo felices en los ranchos de California”, decían, alarmados, los líderes conservadores del Congreso. La raya se trazó precisamente en nuestro país. Quizá en el río Lempa. Fuimos el último escenario de la Guerra Fría.

Lo que no imaginó Reagan es que desde el río Lempa, el comunismo comenzó a retroceder hasta el propio río Moscova. El campo comunista de naciones colapsó como un castillo de naipes. Clinton mantuvo más bien una relación fría con América Latina. Eran tiempos de democracia en nuestros países y de un prolongado crecimiento en Estados Unidos. Para qué emproblemarse entonces. Una gran presidencia con saxofón y amoríos adúlteros como telón de fondo.

Nos guste o no, somos vecinos de la primera potencia mundial. Y lo que allí ocurra inevitablemente nos afecta. En el caso particular de El Salvador, no se puede soslayar el hecho de que la tercera parte de nuestra población vive allá. Yo diría que, nos guste o no, somos aliados. También nosotros, aunque pequeños, tenemos intereses.

En noviembre próximo hay elecciones ¿Quién conviene más a nuestros intereses? ¿Bush o Kerry? A mí, personalmente, me simpatizaba más Clinton que el actual presidente. Pero ante la falta de liderazgo de Kerry, el permanente titubeo mostrado a lo largo de la campaña y sus críticas a los tratados de libre comercio, me parece que nos conviene más como país que gane Bush.

*Columnista de El Diario de Hoy
marvingaleas@ yahoo.com.mx

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