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Marvin
Galeas *
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
La relación entre Estados Unidos y América Latina es desproporcionada.
Casi cualquier niño escolar de Lima, Quito, Tegucigalpa o San Salvador
sabe que la Estatua de La Libertad está en Nueva York y que Benjamín
Franklin inventó el pararrayos.
Pero es poco probable que los niños escolares estadounidenses sepan
a ciencia cierta dónde queda Lima o Tegucigalpa, o que el novelista
guatemalteco Miguel Ángel Asturias ganó hace años
el premio Nóbel de Literatura.
Para el estadounidense promedio, América Latina es una plaza con
mariachis o un bus destartalado rebalsando de gentes, canastos y gallinas
por algún polvoriento camino.
El cine de Hollywood muestra a cabalidad la percepción que los
estadounidenses tienen de América Latina.
En la película Traffic, por ejemplo, las escenas que
se desarrollan en Los Ángeles tienen una elegante tonalidad celeste,
mientras que las que suceden en México tienen un asfixiante color
sepia.
En otra película, Daño colateral, con Arnold
Schwarzenegger, un guerrillero colombiano que comete un error operativo
es sometido por el máximo comandante del grupo a un terrible castigo:
tragarse una venenosa culebra viva.
Claro que los guerrilleros colombianos cometen todo tipo de fechorías,
pero la escena de la culebra es una caricatura de la maldad.
En cambio, cuando el cine norteamericano presenta la historia de un mafioso
o de un asaltante de bancos, éste suele ser guapo, bien vestido
y de muy nobles sentimientos con su novia.
Los malos son hasta simpáticos, como en la película Bonnie
and Clyde, los jefes de una banda de ladrones, elevados a la categoría
de héroes populares, por la prensa de ese país en los años
de la depresión.
Pero la relación no sólo es desproporcionada en todos los
aspectos, sino que también es de amor y de odio, de nosotros hacia
ellos. Los mismos jóvenes que queman banderas de barras y estrellas
e imágenes del Tío Sam en las manifestaciones callejeras
de nuestras capitales suelen pasar horas oyendo música de las grandes
bandas y grupos de rock estadounidenses. Los mismos contestatarios que
gritan muerte al imperialismo yanqui, sueñan con estudiar
cine en alguna academia de Los Ángeles.
De allá para acá la visión es más plana. O
nos ven como un peligroso lugar donde hasta comer cualquier cosa puede
ser mortal o como una exótica región donde se puede venir,
de mochilas y bermudas, a tomar ron, bailar cumbias y conseguir mucho
sol.
Las relaciones entre gobiernos son otros cien pesos. Allí no hay
amor ni odio. Lo que hay son intereses, nada más. Los gobiernos
estadounidenses se alejan o se acercan a América Latina, dependiendo
de cuán amenazada esté su seguridad. Cuando Fidel Castro
se hizo del poder en La Habana, John Kennedy lanzó la famosa Alianza
para el Progreso, para prevenir nuevas revoluciones en su área
de influencia geopolítica. La ayuda para impulsar programas sociales
y hasta populistas fue ultra millonaria.
Al mismo tiempo han apoyado, sin remilgos, a dictaduras militares anticomunistas
como parte de la doctrina de seguridad nacional. Franklin D. Roosevelt
esculpió el concepto en palabras que pasaron a la historia: Somoza
may be a son of a bitch, but he is our son of a bitch. En los años
setenta, Jimmy Carter, seguro que con muy buenas intenciones, quiso alejarse
de los son of a bitch del mundo, pero en el intento dejó al mundo
prácticamente a merced del expansionismo soviético.
Es decir que el que quedó en el poder en lugar de Somoza era igual
de son of a bitch, pero ya no era de ellos. Lo mismo ocurrió en
Irán, Angola, Etiopía. Carter pasó a la historia
como uno de los peores presidentes desde el punto de vista de los intereses
estadounidenses.
Por supuesto que para Fidel Castro y los intelectuales de izquierda, Carter
ha sido el mejor.
Después del desastre, Ronald Reagan convirtió las relaciones
interamericanas en escudo de la seguridad del nuevo mundo y espada
de la proyección del poder global de Estados Unidos.
Si no paramos a los comunistas en El Salvador, muy pronto los veremos
corriendo felices en los ranchos de California, decían, alarmados,
los líderes conservadores del Congreso. La raya se trazó
precisamente en nuestro país. Quizá en el río Lempa.
Fuimos el último escenario de la Guerra Fría.
Lo que no imaginó Reagan es que desde el río Lempa, el comunismo
comenzó a retroceder hasta el propio río Moscova. El campo
comunista de naciones colapsó como un castillo de naipes. Clinton
mantuvo más bien una relación fría con América
Latina. Eran tiempos de democracia en nuestros países y de un prolongado
crecimiento en Estados Unidos. Para qué emproblemarse entonces.
Una gran presidencia con saxofón y amoríos adúlteros
como telón de fondo.
Nos guste o no, somos vecinos de la primera potencia mundial. Y lo que
allí ocurra inevitablemente nos afecta. En el caso particular de
El Salvador, no se puede soslayar el hecho de que la tercera parte de
nuestra población vive allá. Yo diría que, nos guste
o no, somos aliados. También nosotros, aunque pequeños,
tenemos intereses.
En noviembre próximo hay elecciones ¿Quién conviene
más a nuestros intereses? ¿Bush o Kerry? A mí, personalmente,
me simpatizaba más Clinton que el actual presidente. Pero ante
la falta de liderazgo de Kerry, el permanente titubeo mostrado a lo largo
de la campaña y sus críticas a los tratados de libre comercio,
me parece que nos conviene más como país que gane Bush.
*Columnista de El Diario de Hoy
marvingaleas@
yahoo.com.mx

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