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La nota del día
Cuando los talibanes “éramos nosotros”

Los predicadores musulmanes, incapaces de comprender los vertiginosos cambios de la actualidad, buscan refugio en los ordenamientos fundamentalistas, incluida la censura casi total.

Publicada 30 de septiembre 2004, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
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Hasta la Revolución Francesa, al decir de un periodista español, “los talibanes éramos nosotros”. Los viejos regímenes, las monarquías absolutistas y las iglesias de Occidente regulaban minuciosamente lo que cada persona podía hacer o llevar, incluyendo su ropa y sus costumbres. La censura era la norma en los países occidentales, donde se requería del permiso eclesiástico, el placet, para publicar libros, norma que era burlada con frecuencia.

Contra la censura escribió el poeta inglés Milton, sentando las bases de las garantías constitucionales a la libre expresión consagradas por los fundadores de los Estados Unidos.

Las casas reales diseñaban las vestimentas que los súbditos habrían de llevar; en los cuadros de Goya pueden verse los cambios que se operaron entre el final del Siglo XVIII y los albores del XIX; los villanos estaban forzados a trajes de corte, color y adornos que no admitían mayores variantes, aunque nunca se llegó a la clonación de China comunista con sus gabanes azules.

El grave problema de los musulmanes es que su libro sagrado, el Corán, les fija reglas que detallan comportamientos, vestimentas, liturgias y hasta castigos, incluyendo la salvajada de lapidar a las adúlteras y decapitar a sus amantes.

Tan exigente carta de mandatos, parecida a lo que “el buen revolucionario” tiene que cumplir, ha ido separando la distancia entre la realidad del mundo contemporáneo y lo que sucede en las naciones musulmanas. Y a causa de esa brecha y sus enormes disparidades, el mundo musulmán está colapsando sobre sí mismo.

Ya soplan vientos de cambio

La brecha es en gran parte culpable del creciente enfrentamiento entre el mundo islámico y Occidente. Los predicadores musulmanes, incapaces de comprender los vertiginosos cambios de la actualidad, buscan refugio en los ordenamientos fundamentalistas, incluida la censura casi total.

Se da el caso de que cuando un dignatario iraní o árabe está de visita oficial en Europa, no pueden haber mujeres en los actos que se celebran, lo que crea absurdos problemas cuando la ministra de Relaciones Exteriores o de Cultura es una mujer.

Sostenerse en el paleolítico, la caverna mental, es problema de unos; al contrario, desde hace casi un siglo y bajo Kemal Ataturk, Turquía decretó la separación entre mezquita y Estado, lo que pasa por reconocer a la mujer una plena igual con respecto al hombre.

Y ahora que Turquía aspira a incorporarse de jure y de hecho a la Comunidad Europea, ha actualizado su legislación, incluyendo la parte más sensitiva, la ley penal. Con ello se demuestra que es posible profesar el islamismo pero también encajar con el esquema de libertad y plena tolerancia que prevalece en Occidente.

Muchos pueden ser los motivos que forzaron al Presidente Bush a intervenir en Iraq y derrocar la monstruosa dictadura de Sadam Hussein.

Pero al hacerlo no sólo se pone en movimiento un proceso de modernización de las sociedades musulmanas, sino que se eliminan las causas más profundas de interminables conflictos y de la guerra terrorista.

La primera señal del cambio a lo positivo se dio en Libia; igualmente, se detecta un debilitamiento del régimen fundamentalista y patrocinador del terror, que controla Irán.

Inclusive se llegó a lo impensable: las dos Coreas se presentaron como una sola nación en las Olimpíadas de Atenas.

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