El Diario de Hoy
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Hasta la Revolución
Francesa, al decir de un periodista español, los talibanes
éramos nosotros. Los viejos regímenes, las monarquías
absolutistas y las iglesias de Occidente regulaban minuciosamente lo que
cada persona podía hacer o llevar, incluyendo su ropa y sus costumbres.
La censura era la norma en los países occidentales, donde se requería
del permiso eclesiástico, el placet, para publicar libros, norma
que era burlada con frecuencia.
Contra la censura escribió el poeta inglés Milton, sentando
las bases de las garantías constitucionales a la libre expresión
consagradas por los fundadores de los Estados Unidos.
Las casas reales diseñaban las vestimentas que los súbditos
habrían de llevar; en los cuadros de Goya pueden verse los cambios
que se operaron entre el final del Siglo XVIII y los albores del XIX;
los villanos estaban forzados a trajes de corte, color y adornos que no
admitían mayores variantes, aunque nunca se llegó a la clonación
de China comunista con sus gabanes azules.
El grave problema de los musulmanes es que su libro sagrado, el Corán,
les fija reglas que detallan comportamientos, vestimentas, liturgias y
hasta castigos, incluyendo la salvajada de lapidar a las adúlteras
y decapitar a sus amantes.
Tan exigente carta de mandatos, parecida a lo que el buen revolucionario
tiene que cumplir, ha ido separando la distancia entre la realidad del
mundo contemporáneo y lo que sucede en las naciones musulmanas.
Y a causa de esa brecha y sus enormes disparidades, el mundo musulmán
está colapsando sobre sí mismo.
Ya soplan vientos de cambio
La brecha es en gran parte culpable del creciente enfrentamiento entre
el mundo islámico y Occidente. Los predicadores musulmanes, incapaces
de comprender los vertiginosos cambios de la actualidad, buscan refugio
en los ordenamientos fundamentalistas, incluida la censura casi total.
Se da el caso de que cuando un dignatario iraní o árabe
está de visita oficial en Europa, no pueden haber mujeres en los
actos que se celebran, lo que crea absurdos problemas cuando la ministra
de Relaciones Exteriores o de Cultura es una mujer.
Sostenerse en el paleolítico, la caverna mental, es problema de
unos; al contrario, desde hace casi un siglo y bajo Kemal Ataturk, Turquía
decretó la separación entre mezquita y Estado, lo que pasa
por reconocer a la mujer una plena igual con respecto al hombre.
Y ahora que Turquía aspira a incorporarse de jure y de hecho a
la Comunidad Europea, ha actualizado su legislación, incluyendo
la parte más sensitiva, la ley penal. Con ello se demuestra que
es posible profesar el islamismo pero también encajar con el esquema
de libertad y plena tolerancia que prevalece en Occidente.
Muchos pueden ser los motivos que forzaron al Presidente Bush a intervenir
en Iraq y derrocar la monstruosa dictadura de Sadam Hussein.
Pero al hacerlo no sólo se pone en movimiento un proceso de modernización
de las sociedades musulmanas, sino que se eliminan las causas más
profundas de interminables conflictos y de la guerra terrorista.
La primera señal del cambio a lo positivo se dio en Libia; igualmente,
se detecta un debilitamiento del régimen fundamentalista y patrocinador
del terror, que controla Irán.
Inclusive se llegó a lo impensable: las dos Coreas se presentaron
como una sola nación en las Olimpíadas de Atenas.