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La ignorancia como arma de destrucción masiva

Este es un debate en el que todos tenemos derecho a participar, nadie tiene la verdad absoluta y ninguna posición puede, a priori, ser definida como inmoral por no coincidir con la propia

Publicada 29 de septiembre 2004, El Diario de Hoy


Joaquín Villalobos*

El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Oxford, Inglaterra. Alguien dijo que si la prostitución es la profesión más antigua del mundo, la hipocresía es la más antigua respuesta. El sexo, como tema de políticas públicas, es complicado porque, entre otras cosas, afronta siglos de oscurantismo en los que la hipocresía ha sido lo dominante. Los progresos en este terreno sólo son posibles cuando hay suficiente madurez política y si la religión se mantiene en el ámbito de lo privado, de lo contrario, el debate resulta primitivo. El temor a la satanización lleva a que los que toman decisiones digan una cosa en público, mientras en privado dicen otra, y esto es provocado por la presión que ejercen quienes en público sostienen unas ideas y en privado practican otras.

El debate requiere ser abordado por partes. Desde el interés de gobierno, contempla: la política poblacional, la salud pública, la educación y los derechos de la mujer y los niños. Para la sociedad, implica asegurar normas morales que le permitan ser sana y garantizar el pleno respeto a la tolerancia y la libertad como principios esenciales de la democracia laica y liberal. El propósito es diseñar políticas que mejoren la calidad de vida de los salvadoreños, manteniendo la cohesión social, dos cosas que ahora no tenemos. La primera, por la pobreza, y la segunda por los problemas de gobernabilidad de un país recién salido de una guerra civil.

Este es un debate en el que todos tenemos derecho a participar, nadie tiene la verdad absoluta y ninguna posición puede, a priori, ser definida como inmoral por no coincidir con la propia. Un sector de la Iglesia, no todos los católicos, ni todos los sacerdotes, ni todas las iglesias cristianas, sino el “fundamentalismo católico”, acusó de “corruptores de menores” a quienes repartieron condones.

Con esta posición, los fundamentalistas pretenden convertirse en los supremos jueces morales del tema sexual. Los directores de escuelas, los organismos nacionales e internacionales ocupados de los temas de población, las ONG y fundaciones dedicadas a prevenir el Sida, las que defienden derechos de las mujeres y los niños, y quienes demandan respeto por los homosexuales no son corruptores, simplemente tienen una visión ética diferente. Los fundamentalistas católicos ponen el énfasis moral en los peligros del sexo como fuente de placer, mientras los otros están más preocupados por las jóvenes embarazadas y las consecuencias del sexo sin protección. Dar menos importancia a la castidad que al peligro de expansión del Sida o al drama de adolescentes embarazadas, no es inmoral.

Era importante señalar el contraste entre el reparto de condones, que no es delito y puede ser moralmente defendible, y la violación de niños, que es un delito horrible e indefendible. Según un estudio de los obispos católicos estadounidenses publicado el 27 de febrero de este año, sólo en EE.UU., 4,450 sacerdotes fueron acusados de 11,000 abusos cometidos contra niños de entre 6 y 17 años de edad. Ni en los pastores evangélicos, que sí tienen familia; ni en ninguna otra profesión se presenta un problema de estas dimensiones.

Desde la perspectiva sociológica, esos datos tienen carácter de muestra. El volumen, la frecuencia y los mecanismos de impunidad son evidencias irrebatibles de que no es problema de unos curas malos, sino manifestación de algo más grave, originado en la posición que la Iglesia tiene sobre el sexo. Sin duda existen sacerdotes que cumplen su voto de castidad, pero plantear deberes difíciles de cumplir puede producir conductas patológicas.

Responsabilizar al celibato de este problema no es un invento de quien escribe, sino posición de sectores de la misma Iglesia, y esto no es nuevo. La Reforma Protestante de 1517, encabezada por Martín Lutero, rechazó el celibato frente a la terrible corrupción que en ese entonces dominaba el Vaticano con el reinado de Rodrigo Borgia (Papa Alejandro VI) y sus famosos hijos, Lucrecia y César. Sobre los delitos sexuales del clero, hay abundante literatura y miles de artículos publicados en los periódicos más importantes del mundo que contienen casos espeluznantes.

Para los interesados, cito sólo dos libros que pueden adquirir por la Internet: “Pecado papal”, de Garry Wills, escritor y profesor de la Universidad de Northwestern, EE.UU., ganador del Premio Pulitzer en 1992 y de la Medalla Presidencial en 1998. El segundo es “Pederastia en la Iglesia Católica”, de Pepe Rodríguez, profesor de las universidades de Barcelona y Complutense de Madrid, con más de 20 títulos publicados. El prólogo de este segundo libro está escrito por el Padre Alberto Athié Gallo, sacerdote mexicano, licenciado en Teología Moral de la Universidad Gregoriana, asesor del Secretariado Episcopal de Cáritas Latinoamericano y, fue además, Superior del Seminario Conciliar y profesor de ética social de la Universidad Pontificia, ambas en México.

Se compartan o no creencias, los religiosos son importantes en la sociedad, salvan gente de las drogas, cuidan enfermos y huérfanos, educan con excelencia, rescatan personas de conductas antisociales y el heroísmo de personajes como la Madre Teresa, monseñor Romero, Ignacio Ellacuría, Martin Luther King, Si- meón Cañas y muchos otros es indiscutible. Es paradójico que el fundamentalismo católico, que celebró o guardó silencio frente al asesinato de once sacerdotes y cuatro monjas en nuestro país, ahora reaccione escandalizado por una modesta crítica a la Iglesia. La religión es la forma más antigua de la política, pero no estamos hablando de religión, sino de cómo detener el Sida y de cómo atender las necesidades de una población que crece muchísimo más rápido que nuestra economía.

Tenemos unas clases altas egoístas, resistentes a una política fiscal que aminore las necesidades apremiantes del aumento de la masa de pobres, seremos 10 millones en pocos años. Sin embargo, los fundamentalistas católicos cierran los ojos ante esta realidad y dicen que el crecimiento de la población no es problema. No hay un solo país en el mundo que haya progresado sin controlar el crecimiento de su población y las migraciones del campo a la ciudad. El gran milagro económico chino del que ahora se habla, quizás con éxito abarcará al 30% de su población, esto implica que centenares de millones de chinos continuarán en la pobreza, si a esto se suma que la cohesión social se mantiene a partir de una dictadura, China no es un gran milagro, sino una gran bomba de tiempo.

La guerra con Honduras y la guerra civil de los 80 tuvieron relación con la presión demográfica. ¿Podrá nuestra naciente democracia y pobre economía soportar diez millones de habitantes? Esto es como estar llenando un barril sin fondo. No se trata de impedir que la Iglesia promueva la castidad, sino de que ésta sea más tolerante con la difusión del uso de condones. De otra manera, la lucha contra el Sida es una batalla de burro amarrado contra tigre suelto. Un ligero aumento de casos haría colapsar nuestra paupérrima salud pública. Esto es más sufrimiento y penalidades terribles para los más pobres.

¿Qué plantearán los fundamentalistas cuando estemos frente a otro conflicto?, ¿pasarán del derecho a la vida a los escuadrones de la muerte?, ¿apoyarán nuevas matanzas de bebés como la de El Mozote? Educar a los salvadoreños es el punto central, pero con los pies en la tierra y sin que nadie asuma la representación del cielo. La ignorancia ha sido durante siglos un arma de dominación, pero en las nuevas condiciones es realmente un arma de destrucción masiva.

*Columnista de El Diario de Hoy.


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