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Joaquín
Villalobos*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Oxford, Inglaterra. Alguien dijo que si
la prostitución es la profesión más antigua del mundo,
la hipocresía es la más antigua respuesta. El sexo, como
tema de políticas públicas, es complicado porque, entre
otras cosas, afronta siglos de oscurantismo en los que la hipocresía
ha sido lo dominante. Los progresos en este terreno sólo son posibles
cuando hay suficiente madurez política y si la religión
se mantiene en el ámbito de lo privado, de lo contrario, el debate
resulta primitivo. El temor a la satanización lleva a que los que
toman decisiones digan una cosa en público, mientras en privado
dicen otra, y esto es provocado por la presión que ejercen quienes
en público sostienen unas ideas y en privado practican otras.
El debate requiere ser abordado por partes. Desde el interés de
gobierno, contempla: la política poblacional, la salud pública,
la educación y los derechos de la mujer y los niños. Para
la sociedad, implica asegurar normas morales que le permitan ser sana
y garantizar el pleno respeto a la tolerancia y la libertad como principios
esenciales de la democracia laica y liberal. El propósito es diseñar
políticas que mejoren la calidad de vida de los salvadoreños,
manteniendo la cohesión social, dos cosas que ahora no tenemos.
La primera, por la pobreza, y la segunda por los problemas de gobernabilidad
de un país recién salido de una guerra civil.
Este es un debate en el que todos tenemos derecho a participar, nadie
tiene la verdad absoluta y ninguna posición puede, a priori, ser
definida como inmoral por no coincidir con la propia. Un sector de la
Iglesia, no todos los católicos, ni todos los sacerdotes, ni todas
las iglesias cristianas, sino el fundamentalismo católico,
acusó de corruptores de menores a quienes repartieron
condones.
Con esta posición, los fundamentalistas pretenden convertirse en
los supremos jueces morales del tema sexual. Los directores de escuelas,
los organismos nacionales e internacionales ocupados de los temas de población,
las ONG y fundaciones dedicadas a prevenir el Sida, las que defienden
derechos de las mujeres y los niños, y quienes demandan respeto
por los homosexuales no son corruptores, simplemente tienen una visión
ética diferente. Los fundamentalistas católicos ponen el
énfasis moral en los peligros del sexo como fuente de placer, mientras
los otros están más preocupados por las jóvenes embarazadas
y las consecuencias del sexo sin protección. Dar menos importancia
a la castidad que al peligro de expansión del Sida o al drama de
adolescentes embarazadas, no es inmoral.
Era importante señalar el contraste entre el reparto de condones,
que no es delito y puede ser moralmente defendible, y la violación
de niños, que es un delito horrible e indefendible. Según
un estudio de los obispos católicos estadounidenses publicado el
27 de febrero de este año, sólo en EE.UU., 4,450 sacerdotes
fueron acusados de 11,000 abusos cometidos contra niños de entre
6 y 17 años de edad. Ni en los pastores evangélicos, que
sí tienen familia; ni en ninguna otra profesión se presenta
un problema de estas dimensiones.
Desde la perspectiva sociológica, esos datos tienen carácter
de muestra. El volumen, la frecuencia y los mecanismos de impunidad son
evidencias irrebatibles de que no es problema de unos curas malos, sino
manifestación de algo más grave, originado en la posición
que la Iglesia tiene sobre el sexo. Sin duda existen sacerdotes que cumplen
su voto de castidad, pero plantear deberes difíciles de cumplir
puede producir conductas patológicas.
Responsabilizar al celibato de este problema no es un invento de quien
escribe, sino posición de sectores de la misma Iglesia, y esto
no es nuevo. La Reforma Protestante de 1517, encabezada por Martín
Lutero, rechazó el celibato frente a la terrible corrupción
que en ese entonces dominaba el Vaticano con el reinado de Rodrigo Borgia
(Papa Alejandro VI) y sus famosos hijos, Lucrecia y César. Sobre
los delitos sexuales del clero, hay abundante literatura y miles de artículos
publicados en los periódicos más importantes del mundo que
contienen casos espeluznantes.
Para los interesados, cito sólo dos libros que pueden adquirir
por la Internet: Pecado papal, de Garry Wills, escritor y
profesor de la Universidad de Northwestern, EE.UU., ganador del Premio
Pulitzer en 1992 y de la Medalla Presidencial en 1998. El segundo es Pederastia
en la Iglesia Católica, de Pepe Rodríguez, profesor
de las universidades de Barcelona y Complutense de Madrid, con más
de 20 títulos publicados. El prólogo de este segundo libro
está escrito por el Padre Alberto Athié Gallo, sacerdote
mexicano, licenciado en Teología Moral de la Universidad Gregoriana,
asesor del Secretariado Episcopal de Cáritas Latinoamericano y,
fue además, Superior del Seminario Conciliar y profesor de ética
social de la Universidad Pontificia, ambas en México.
Se compartan o no creencias, los religiosos son importantes en la sociedad,
salvan gente de las drogas, cuidan enfermos y huérfanos, educan
con excelencia, rescatan personas de conductas antisociales y el heroísmo
de personajes como la Madre Teresa, monseñor Romero, Ignacio Ellacuría,
Martin Luther King, Si- meón Cañas y muchos otros es indiscutible.
Es paradójico que el fundamentalismo católico, que celebró
o guardó silencio frente al asesinato de once sacerdotes y cuatro
monjas en nuestro país, ahora reaccione escandalizado por una modesta
crítica a la Iglesia. La religión es la forma más
antigua de la política, pero no estamos hablando de religión,
sino de cómo detener el Sida y de cómo atender las necesidades
de una población que crece muchísimo más rápido
que nuestra economía.
Tenemos unas clases altas egoístas, resistentes a una política
fiscal que aminore las necesidades apremiantes del aumento de la masa
de pobres, seremos 10 millones en pocos años. Sin embargo, los
fundamentalistas católicos cierran los ojos ante esta realidad
y dicen que el crecimiento de la población no es problema. No hay
un solo país en el mundo que haya progresado sin controlar el crecimiento
de su población y las migraciones del campo a la ciudad. El gran
milagro económico chino del que ahora se habla, quizás con
éxito abarcará al 30% de su población, esto implica
que centenares de millones de chinos continuarán en la pobreza,
si a esto se suma que la cohesión social se mantiene a partir de
una dictadura, China no es un gran milagro, sino una gran bomba de tiempo.
La guerra con Honduras y la guerra civil de los 80 tuvieron relación
con la presión demográfica. ¿Podrá nuestra
naciente democracia y pobre economía soportar diez millones de
habitantes? Esto es como estar llenando un barril sin fondo. No se trata
de impedir que la Iglesia promueva la castidad, sino de que ésta
sea más tolerante con la difusión del uso de condones. De
otra manera, la lucha contra el Sida es una batalla de burro amarrado
contra tigre suelto. Un ligero aumento de casos haría colapsar
nuestra paupérrima salud pública. Esto es más sufrimiento
y penalidades terribles para los más pobres.
¿Qué plantearán los fundamentalistas cuando estemos
frente a otro conflicto?, ¿pasarán del derecho a la vida
a los escuadrones de la muerte?, ¿apoyarán nuevas matanzas
de bebés como la de El Mozote? Educar a los salvadoreños
es el punto central, pero con los pies en la tierra y sin que nadie asuma
la representación del cielo. La ignorancia ha sido durante siglos
un arma de dominación, pero en las nuevas condiciones es realmente
un arma de destrucción masiva.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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