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Luis
Mario Rodríguez R.*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Con esta entrega cerramos el ciclo de los
problemas políticos e ideológicos de El Salvador. He querido
dejar para el final la referencia a la oposición política,
porque me parece que de todos los problemas, éste es quizás
el más crítico y el que necesita la atención de la
sociedad civil, los políticos mismos, los gobernantes de turno,
la comunidad internacional y los académicos.
José María Aznar, ex presidente del Gobierno español,
en sus memorias escritas después de ejercer su cargo durante ocho
años, sostiene, con toda propiedad, que los partidos deben estar
preparados para estar en el poder y también para estar en la oposición.
Y además de ser capaces de hacer oposición, también
deben tener autoridad para llegar a pactos con el gobierno.
No podemos llamar oposición a aquella que nunca está de
acuerdo con las políticas del gobierno de turno, a pesar de que
éstas benefician a la sociedad. El propósito del partido
de oposición, como muy bien lo afirma Rodrigo Borja, ex presidente
del Ecuador, no es derribar al que está en el poder ni suplantarle
al margen de la ley, sino criticar la ineficacia, el abuso o la deshonestidad
de sus acciones con miras a lograr las rectificaciones convenientes o
necesarias.
La oposición política debería honrar los votos que
le llevaron a ocupar sus respectivos curules en la Asamblea Legislativa.
No lo hace si anuncia que no desea concertar más, y mucho menos
si desde el poder que le dan sus votos, los niega para proyectos importantes
que el Presidente de turno ha ofrecido a la población en su plan
de gobierno.
En Inglaterra, donde se disputan la mayoría parlamentaria el Partido
Laborista y el Conservador, la oposición es una muy importante
institución política que funciona de manera permanente y
centralizada. Frente al gobierno de su Majestad, está
la oposición de su Majestad, cuyo líder goza
de rangos y consideraciones oficiales, a más de un sueldo pagado
por el Estado en virtud de la Minister of the Crown Act de 1937. (Tomado
de Enciclopedia de la Política, de Rodrigo Borja). En otras palabras,
la oposición en Inglaterra es el gobierno alternativo de
su Majestad, es decir, la fuerza política lista a convertirse
en gobierno.
Donde existe libertad de expresión, la oposición y los ciudadanos,
pueden criticar al gobierno en la prensa, en reuniones públicas
y, en general, donde se les antoje. En nuestro país vemos a diario
a líderes del FMLN en los distintos medios de comunicación;
TCS, Canal 33 y el Canal 12 son escenarios constantes de sus posiciones
políticas. Cuando esas críticas llevan tras de sí
una propuesta concreta, responsable y coherente, sobra decir que serán
bienvenidas no sólo por la población, sino también
por los gobernantes de turno. Con ello no sólo comprueban su madurez
política, sino que también dan muestras de que son una fuerza
capaz de gobernar.
En cambio, cuando esas críticas esconden malas intenciones, confusión,
frustración por no encontrar la forma de deslegitimar al Presidente,
y un interés eminentemente partidista e ideológico que no
les permite ver los reales problemas de la población, entonces
nos encontramos frente a una oposición que no ha aprendido la lección
y que debe reflexionar sobre su papel dentro del sistema político
nacional, además de que profesan una absoluta inexperiencia para
poder gobernar.
Aznar manifiesta en sus memorias que le habría gustado tener como
interlocutor a una persona con una visión histórica de las
cosas, con perspectiva nacional y global de los problemas. Esa es la oposición
que cualquier gobernante quisiera tener frente a sí. Con ello se
garantizaría un pe- ríodo donde si bien las críticas
a su gobierno no serían la excepción, habría gobernabilidad
para adoptar decisiones en los grandes temas de país.
Los consensos en ese sentido son necesarios. Pero como bien lo afirma
el ex gobernante español, los consensos tienen dos límites:
el primero es que no sustituye las responsabilidades propias. No se puede
delegar en los participantes del consenso la tarea que uno tiene que hacer.
Y, por otra parte, el consenso no puede convertirse nunca en el objetivo
único de la acción política. Esto supone que los
que participan de él, comparten algunas grandes ideas, unos cuantos
conceptos de fondo y una perspectiva histórica. Estos consensos
son importantes. Se echan de menos cuando no existen.
Manuel Alcántara, uno de los politólogos de mayor prestigio
en España, nos expresaba personalmente, hace unos días,
que a los ciudadanos no les interesa continuar siendo testigos del debate
estéril entre una oposición inconsecuente y un gobierno
que quiere hacer obra, en cumplimiento de su plan de gobierno. A la población
le interesa que le resuelvan sus problemas: pobreza, en algunos casos
extrema; falta de servicios básicos, empleo, oportunidades para
aprender un oficio, entre otros.
Necesitamos, por tanto, construir una verdadera oposición. No tenemos
una izquierda democrática con la visión histórica
y global de la que hablaba Aznar. Sus líderes están enfrascados
más en su discusión ideológica y de poder al interior
del partido que en la solución de los problemas nacionales. Los
pocos liderazgos democráticos que hemos conocido en la oposición,
no han tenido el suficiente carácter para multiplicar sus acciones
y construir esa otra fuerza democrática que necesita el país.
Dígame usted si éste no es el problema político más
importante que afronta El Salvador, y cuénteme qué le ha
parecido el papel de la oposición en los primeros cien días
del nuevo gobierno.
*Secretario de Asuntos Legislativos y Jurídicos de la Presidencia
de la República.

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