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Conversando sobre política
Los cien días de la oposición

Los pocos liderazgos democráticos que hemos conocido en la oposición, no han tenido el suficiente carácter para multiplicar sus acciones y construir esa otra fuerza democrática que necesita el país

Publicada 29 de septiembre 2004, El Diario de Hoy


Luis Mario Rodríguez R.*

El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Con esta entrega cerramos el ciclo de los problemas políticos e ideológicos de El Salvador. He querido dejar para el final la referencia a la oposición política, porque me parece que de todos los problemas, éste es quizás el más crítico y el que necesita la atención de la sociedad civil, los políticos mismos, los gobernantes de turno, la comunidad internacional y los académicos.

José María Aznar, ex presidente del Gobierno español, en sus memorias escritas después de ejercer su cargo durante ocho años, sostiene, con toda propiedad, que los partidos deben estar preparados para estar en el poder y también para estar en la oposición. Y además de ser capaces de hacer oposición, también deben tener autoridad para llegar a pactos con el gobierno.

No podemos llamar oposición a aquella que nunca está de acuerdo con las políticas del gobierno de turno, a pesar de que éstas benefician a la sociedad. El propósito del partido de oposición, como muy bien lo afirma Rodrigo Borja, ex presidente del Ecuador, no es derribar al que está en el poder ni suplantarle al margen de la ley, sino criticar la ineficacia, el abuso o la deshonestidad de sus acciones con miras a lograr las rectificaciones convenientes o necesarias.

La oposición política debería honrar los votos que le llevaron a ocupar sus respectivos curules en la Asamblea Legislativa. No lo hace si anuncia que no desea concertar más, y mucho menos si desde el poder que le dan sus votos, los niega para proyectos importantes que el Presidente de turno ha ofrecido a la población en su plan de gobierno.

En Inglaterra, donde se disputan la mayoría parlamentaria el Partido Laborista y el Conservador, la oposición es una muy importante institución política que funciona de manera permanente y centralizada. Frente al “gobierno de su Majestad”, está la “oposición de su Majestad”, cuyo líder goza de rangos y consideraciones oficiales, a más de un sueldo pagado por el Estado en virtud de la Minister of the Crown Act de 1937. (Tomado de Enciclopedia de la Política, de Rodrigo Borja). En otras palabras, la oposición en Inglaterra es el “gobierno alternativo de su Majestad”, es decir, la fuerza política lista a convertirse en gobierno.

Donde existe libertad de expresión, la oposición y los ciudadanos, pueden criticar al gobierno en la prensa, en reuniones públicas y, en general, donde se les antoje. En nuestro país vemos a diario a líderes del FMLN en los distintos medios de comunicación; TCS, Canal 33 y el Canal 12 son escenarios constantes de sus posiciones políticas. Cuando esas críticas llevan tras de sí una propuesta concreta, responsable y coherente, sobra decir que serán bienvenidas no sólo por la población, sino también por los gobernantes de turno. Con ello no sólo comprueban su madurez política, sino que también dan muestras de que son una fuerza capaz de gobernar.

En cambio, cuando esas críticas esconden malas intenciones, confusión, frustración por no encontrar la forma de deslegitimar al Presidente, y un interés eminentemente partidista e ideológico que no les permite ver los reales problemas de la población, entonces nos encontramos frente a una oposición que no ha aprendido la lección y que debe reflexionar sobre su papel dentro del sistema político nacional, además de que profesan una absoluta inexperiencia para poder gobernar.

Aznar manifiesta en sus memorias que le habría gustado tener como interlocutor a una persona con una visión histórica de las cosas, con perspectiva nacional y global de los problemas. Esa es la oposición que cualquier gobernante quisiera tener frente a sí. Con ello se garantizaría un pe- ríodo donde si bien las críticas a su gobierno no serían la excepción, habría gobernabilidad para adoptar decisiones en los grandes temas de país.

Los consensos en ese sentido son necesarios. Pero como bien lo afirma el ex gobernante español, los consensos tienen dos límites: el primero es que no sustituye las responsabilidades propias. No se puede delegar en los participantes del consenso la tarea que uno tiene que hacer. Y, por otra parte, el consenso no puede convertirse nunca en el objetivo único de la acción política. Esto supone que los que participan de él, comparten algunas grandes ideas, unos cuantos conceptos de fondo y una perspectiva histórica. Estos consensos son importantes. Se echan de menos cuando no existen.

Manuel Alcántara, uno de los politólogos de mayor prestigio en España, nos expresaba personalmente, hace unos días, que a los ciudadanos no les interesa continuar siendo testigos del debate estéril entre una oposición inconsecuente y un gobierno que quiere hacer obra, en cumplimiento de su plan de gobierno. A la población le interesa que le resuelvan sus problemas: pobreza, en algunos casos extrema; falta de servicios básicos, empleo, oportunidades para aprender un oficio, entre otros.

Necesitamos, por tanto, construir una verdadera oposición. No tenemos una izquierda democrática con la visión histórica y global de la que hablaba Aznar. Sus líderes están enfrascados más en su discusión ideológica y de poder al interior del partido que en la solución de los problemas nacionales. Los pocos liderazgos democráticos que hemos conocido en la oposición, no han tenido el suficiente carácter para multiplicar sus acciones y construir esa otra fuerza democrática que necesita el país.

Dígame usted si éste no es el problema político más importante que afronta El Salvador, y cuénteme qué le ha parecido el papel de la oposición en los primeros cien días del nuevo gobierno.

*Secretario de Asuntos Legislativos y Jurídicos de la Presidencia de la República.


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