elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Lesbianismo, Sexo y drogas

Transacciones: Una exconvicta de la prisión de mujeres narra a la periodista Heydi Vargas la forma cómo, en el penal, se pueden conseguir alcohol o estupefacientes. el costo es el doble de lo que se paga en la calle. Además, relata que el 25% de las reclusas practica las relaciones con mujeres.

Publicada 28 de septiembre 2004, El Diario de Hoy


El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

“Las prostitutas, las ladronas, las estafadoras, las asesinas o quienes tienen un largo historial criminal poseen su propia reputación en la cárcel de mujeres.

Las compañeras las respetan. Pero, si se trata de una universitaria, oficinista o una mujer delicada, le hacen burla y las tratan con menosprecio.

Las mismas seños cuando una prisionera nueva llega con aires de grandeza, a la hora de decidir en qué nivel la van a dejar, las ubican en la tercera planta con las mareras de la Salvatrucha.

En ese lugar el mal olor es más intenso porque muchas veces el agua no alcanza a subir (como quien dice para bajarle los humos de “divina garza” que lleva y que sienta el “ácido” de la cárcel).

Sucede también que a veces las mujeres que hacen de orientadoras y vigilantes no tienen la madurez o la capacidad para disciplinar a las internas, porque temen por su propia seguridad o la de su familia.

Según dicen, antes ellas ayudaban, directamente, a las líderes para que pudieran violar o golpear a alguien.

Pero a algunas no les va mal del todo y consiguen buenos beneficios. Por ejemplo: La directora del penal, quien lleva años en el cargo, según cuentan las más antiguas, fue orientadora. La proveedora fue celadora, y muchas de las actuales orientadoras en su momento lo fueron.

Con el tiempo tienes que cambiar. Sólo hay dos opciones para vivir aquí: o entrás en depresión o agarras la onda.

La religión suele ser un refugio en horas de desesperación. Muchas terminan por dejarse dominar por el estilo de vida de las internas e incluso encuentran pareja.

Las reglas

Cinco años en prisión hicieron mella en mí. Conforme crecía mi antigüedad en ese sitio me acoplé pronto al círculo vicioso interno.

No tardé en brindar protección a las nuevas reclusas y portarme de la misma forma que lo hicieron aquellas que me recibieron cuando llegué.

Formaba ya parte de la “argolla” y tenía mis “cachifas” -las que hacen los mandados- que hacían la limpieza por mí cuando me tocaba y me llevaban la comida. Debo admitir que no la pasaba mal por ese lado.

Mis protegidas y sus familiares me llevaban lo que necesitaba y también me rebuscaba para conseguir unos dólares extras vendiendo tejidos de crochet.

Nunca cumplí con mi obligación de limpiar la sección de dormitorios, pagaba un dólar para que lo hicieran. Tampoco hacía las tareas de limpieza general diaria en diferentes sectores del recinto, por lo que las seños me reportaban a la Dirección y perdía así los pocos privilegios a los que podía acceder, entre ellos llamar por teléfono y actualizar mi ficha de visitantes o cualquier otro pequeño beneficio.

Aún a ese precio me reservaba la dignidad de no pedir nada a las orientadoras, porque sabía que me lo negarían de todas maneras.

Nunca me humillé ante ellas, suelen ser unas personas groseras, pues les gusta ridiculizarnos y humillarnos.

A las de “materno”, si a la directora no le caían bien o si han cometido alguna falta les va peor, les quitaba a los niños el derecho de ingresar al área de juegos o ludoteca. Una muestra de las “buenas decisiones” que toma esta señora.

La suerte a mi favor

Si la reclusa es bonita y agradable y le gustas al comandante de los guardias, ¡ya la hiciste!
Tuve la fortuna de hacerme íntima de un “charlie” o guardia y mientras le daba “amor”, él me abría las puertas para otros favores.

Por estas cortesías obtuve medicinas, visitas, droga, hasta un “rambo” -puñal- llegué a tener. Era muy lindo, con dientes en el lomo para doble extracción de tripas. Me costó diez dólares. Lo anduve conmigo hasta que alguien me puso el dedo y me lo decomisaron, pero no me hicieron reporte.

Así, muchas nos echábamos un “chilazo” -relación sexual rápida- con el comandante, con los charlies y los trabajadores del penal. A cambio de ésto nos ayudaban para que entrar algo o, simplemente, para satisfacer nuestras necesidades sexuales.

Últimamente los vigilantes se han puesto más estrictos, pero siempre se les puede convencer con un momento de placer.

Si les descubren corren el riesgo de perder el empleo, no hay mayor castigo para nosotras, pues más presas de lo que estamos ya no podemos estar.

A la hora de visita y del almuerzo disminuye la vigilancia, sobre todo cuando llueve. Entonces aprovechamos para echarnos un chilazo con los visitantes.

Sucede que una sola orientadora para casi trescientas prisioneras, sólo en el área de Preventivo, no alcanza a cubrir todo el perímetro.

Había una interna que por tres dólares facilitaba la entrada al comedor general cuando éste no estaba en uso, donde se podía tener sexo a gusto, pero fue descubierta y se perdió lo que era un conveniente motel.

Hallar oportunidad y un buen sitio para tales menesteres requiere de astucia. Acostarse con cualquiera donde sea es olvidarse de la delicadeza de mujer pero: “un chilazo es un chilazo”.

Los amoríos

En la cárcel de mujeres ha proliferado mucho el lesbianismo, quizás el 25 por ciento de un total de 600 internas lo practica, pero esta cifra representa sólo a las declaradas. Se dice que en el área penada o Sector C, casi en su totalidad lo son.

Muchas de estas mujeres tienen un marido que las visita cada semana en “la íntima”; pero no basta, no es sólo sexo lo que necesitan las reclusas, sino también compañía y el saberse escuchadas, comprendidas, y amadas.Foto EDH

La prohibición de poner velachos -pedazo de tela para cubrir- en las camas, el que se reúnan dos mujeres en el camarote, en rincones, o que se queden platicando con otra por mucho tiempo y en repetidas ocasiones, da lugar a sospechar de que son pareja. De inmediato se les separa de dormitorio.

Pero eso no importa a la hora de tener un momento con la compañera. Cuando llega el alba, abren los dormitorios y a las cinco de la mañana se dan cita con la amante en el lecho de ésta.

A las lesbianas les llaman “cuchipipas” o “gallitos”.

Lo curioso es que muchas de estas mujeres tienen un marido que las visita cada semana en “la íntima”; pero no basta, no es sólo sexo lo que necesitan las reclusas, sino también compañía y el saberse escuchadas, comprendidas, y amadas.

Sigue la fiesta

Antes era común ver la droga o cualquier tipo de sustancias dentro del reclusorio. Ahora ha disminuido, pero siempre se consigue.

La hierba o cualquier cosa prohibida entra con los visitantes. Y los charlies no se quedan atrás, ya que por el bajo sueldo que tienen pueden tener ingresos extras.

Los “puchos” o -porciones de- monte, crack, o cocaína pueden ser ingresados cosidos a la orilla de un sostén, en medio del cabello (por moños) en una cola de tela para el pelo, en el ruedo y en la pretina de un pantalón o de una falda, en el tacón o suela de un zapato, en recipientes tipo “tampax” que se introducen en la vagina.

“En la cárcel ha proliferado mucho el lesbianismo. Quizá el 25 por ciento de un total de 600 internas”.

“La falta de afecto me llevó a refugiarme con otra mujer. lo hice por curiosidad, Pero fue por poco tiempo”

“¡hasta celular tuve! Me duró casi un año. lo introdujo una viejita. Los vigilantes se vuelven cómplices”

La marihuana se compacta a la forma que le quieran dar y es más difícil detectarla visualmente.

Las ancianas despiertan poca sospecha, por lo que con más frecuencia introducen la droga.
Una “bacha” -puro de marihuana enrollados en papel de Biblia- llega a costar alrededor de dos dólares y a menudo es de muy mala calidad. En cambio la piedra de crack cuesta unos diez.

En la prisión todo lo que se compra, se adquiere al doble de precio de la libre.

¡Hasta celular tuve! Casi un año me duró. Lo introdujo una viejita, de las que, por respeto, no son sometidas a minuciosa revisión o porque también los vigilantes se vuelven cómplices para que ingrese todo tipo de cosas.

Lo tuve y lo devolví a la libre, porque las seños ya sospechaban que había un teléfono y no iba a faltar una soplona que me delatara. No me quise arriesgar.

“Destornillador”
“El alcoholismo es el vicio más frecuente”

Muchas dicen que beben para matar el tedio, ya que aparte de unas horas de televisión, no tienen siquiera libros para entretenerse con la lectura.

Por las mañanas solía tomarme un delicioso jugo de naranja mezclado con vodka Finlandia y hielito, mi cóctel “destornillador” diario.

También lo combinaba con jugo de piña o agua de coco, lo cual me ayudaba a relajarme.
Me aficioné al trago. También podía vender el vasito de trago a un dólar. A éstos les llamamos “la lechita”.

El trasiego desde la libre lo hacían los visitantes. Me llevaban regularmente un galón de jugo de naranja o de cualquier otro sabor.

El recipiente iba sellado de fábrica, por lo que los guardias lo dejaban pasar. No imaginaban siquiera que con una jeringuilla mis proveedores habían sacado una buena parte de jugo, sustituyéndolo por guaro.

El pequeño orificio que quedaba era apenas visible, pero además lo cubrían de tal forma que no derramara el contenido.

Las que mejor trance o negocio hacen, son las del área Materno. Ellas venden el vodka Troika entre 20 y 25 dólares la botella. Yo nunca compré a ese precio, pero tuve compañeras que si lo pagaban.

Hay grupos y charlas para alcohólicos anónimos en el interior, donde muchas reclusas se han rehabilitado. Otras lo logran en los grupos de oración, tanto católicos como evangélicos.
Glosario
Las peleas
Bacha:
Puro de marihuana
Barco:
Llevar provisiones
Burdeleras:
Distribuidoras de droga
Cachifas:
Las que hacen los mandados
Civiles:
Reos comunes
Cuchipipas o gallitos:
Lesbianas
Charlie:
Guardia, oficial
Chilazo:
Relación sexual rápida
La libre:
Estar en libertad
Palabra:
Respeto
Pucho:
Poquito de algo
Piperas:
Fuma piedra o crack
Rambo:
Un puñal
Seño:
Orientadora, celadora
Territorio:
Sector que domina
Velachos:
pedazo de tela para cubrir

Los pleitos entre las internas son frecuentes

En cierta ocasión una mujer estaba agrediendo a otra. Iba a interceder por la que parecía llevar la peor parte, cuando alguien me dijo: “¡No se meta, no se meta, que es problema de pareja!”.

Una seño quien también presenciaba el hecho se quejó: “Estas muchachitas lesbianas sólo dolores de cabeza dan, crean problemas como si estuvieran siempre en pleito con el marido”.

Cuando llegó una interna nueva -no recuerdo su nombre- y vio a tantas lesbianas, dijo: “de esta agua no beberé”. Pasó un año tranquila, pero al otro, ya se había refugiado no en una, sino en varias.

La falta de afecto me llevó a refugiarme con otra mujer y también creo que fue un poco el morbo o la curiosidad porque eso nunca lo había hecho, aunque fue pasajero.

Si nos descubren infraganti en actos homosexuales, queda registrado en nuestro expediente y nos amenazan con aumentarnos a seis meses más la condena.

A algunas no les importa la advertencia y no esconden su lesbianismo.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


elsalvador.com WWW