elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

La polémica llega a El Salvador

Tres editores de EDH vieron Fahrenheit 9/11, de estreno inminente en el país y ofrecen su visión particular de lo que experimentaron. Las reflexiones sobre el fenómeno que se ha convertido en el documental más taquillero de la historia son encontradas dado su carácter controvertido, que no deja indiferente a nadie

Publicada 25 de septiembre 2004, El Diario de Hoy


El Diario de Hoy

Una máquina
de propaganda contra Bush

Álvaro Cruz Rojas

Las imágenes que nos han robado

José Iglesias Etxezarreta

Las ironías del gran provocador

Claudio Martínez

Tengo que admitir que Fahrenheit 9/11 tiene su gracia: la cara de “perdido en el espacio” que tiene George W. Bush al ser avisado de los atentados hace soltar carcajadas, pero, en general, el documental es la definición perfecta de “propaganda negra electoral”.
Está claro que los grandes medios de comunicación en Estados Unidos están contra Bush, algunos, por razones válidas; otros, por tendenciosos, pero el documental es el estandarte contra el mandatario norteamericano.
Por ejemplo, Fahrenheit 9/11 utiliza los mismos documentos contra Bush que utilizó la CBS para cuestionar su récord militar.
La CBS se acaba de retractar por publicar esos documentos falsos. Hace aparecer a la anodina Britney Spears diciendo, con cara de yo no fui, que confía en Bush.
El filme pierde su encanto desde el inicio, cuando cuestiona un fraude electoral que la democracia más grande del mundo no tuvo. Un argumento pueril, similar a aquellos partiduchos latinoamericanos que no aceptan la voluntad popular cuando pierden elecciones.
Moore presenta escenas placenteras de la vida del Iraq bajo Saddam Hussein, cuando cualquier ciego podría ver que era un dictador brutal que atacó con armas químicas a pueblos enteros y tenía torturadores que harían sonrojarse a cualquier militar latinoamericano de los años 70.
Algunos de los entrevistados parecen sacados del manual del fracaso absoluto y critican a Bush como podrían criticar a Kerry o a Saca o a Handal. Las valiosas críticas a la guerra se ven contaminadas con el apasionamiento de Moore.
El guión parece escrito con el trastorno de un dirigente de la BRES y no tiene ni una pizca de equilibrio, pero es técnicamente bueno, con una buena edición, una música a todo dar y un sarcasmo insultante a la vida misma.
¿Recomendable? Depende. Si usted es un izquierdista de los que cree en la biblia leninista de que “el imperialismo es la madre de todos los males”, esta es definitivamente su película. Si es de los que no piensan así, no se lo recomiendo porque el filme está hecho con la saña de los que odian.

alvarocruz@elsalvador.com
Demagogia, del griego démos (pueblo) y agogué (conducir, dirigir), quería decir ”el arte de guiar al pueblo con justicia” frente a su antónimo, tyrannnéo, tiranizar. En este sentido, Fahrenheit 9/11 es Deliciosamente Demagógica y Declaradamente Demócrata, y un Documento Demoledor. Porque lo que hace el artista de Flint (Michigan) es conducirnos a través de un marasmo de imágenes que nos venden los medios y que nos han impedido ver lo que pasaba, ordenándolas para volverlas cristalinas, mientras va revelando el mosaico de las imágenes que no nos han ofrecido para impedirnos entender lo que pasaba.
Dejemos de lado las escenas más famosas y el triple montaje yuxtapuesto característico del director (imágenes contra imágenes, imágenes contra la excelente música de Jeff Gibbs y las sardónicas canciones que puntean el film-Santa Claus is coming to town como contrapunto a los raids de Nochebuena de los gringos cazando civiles iraquíes-, emociones contra emociones -la risa se bloquea en la garganta anudada por el horror-) y concentrémonos en la pureza de las imágenes marginales, cuanto más minimalistas más henchidas de significado y sentimiento, en las que reside la intensa verdad y razón de la cinta.
El desgarro de los manifestantes que lloran bajo la lluvia por la Presidencia robada; los papeles que se arremolinan furiosamente, como almas en fuga, en la lluvia de debris y humo del 11-S; la mujer que se desgañita en su desesperación e invoca que nuestros hogares se vean sometidos a la misma destrucción que la que inflingimos en los suyos; los niños que juegan y las parejas que se aman en Bagdad, antes de que la convirtiéramos en el Beirut de nuestra generación; el siniestro repiqueteo metálico de las voces de los traficantes de “reconstrucción” (“el dinero fluirá mientras siga fluyendo el petróleo”) que rodean al Gran Estupefacto; los jóvenes rotos, desangrados, mutilados, de todos los bandos...
Las imágenes que no vimos y que los que envían a los hijos de los pobres a la guerra no quieren recordar. Las imágenes que nos han hurtado. La imagen de Natividad cayendo herido... de muerte.

joseiglesias@elsalvador.com
Genio para algunos e imbécil para otros, Michael Moore definitivamente ha llevado a otra dimensión el género del documental. Desde su concepto hasta su mercadeo. Y en Fahrenheit 9/11, su tercera y más polémica cinta, termina de confirmarse como un gran provocador. Armado de una irreverente cámara, de algunos documentos valiosos y un guión hábilmente estructurado, intenta –y muchas veces lo consigue– desenmascarar a George W. Bush”.
Al margen de las diferentes ópticas políticas con que se la pueda ver, hay algunas imágenes que no tienen desperdicio. Quizás la más impresionante sea cuando Bush es interrumpido por un colaborador suyo para informarle al oído que un segundo avión acababa de impactar el World Trade Center. El Presidente estaba en una escuela de Florida en medio de la lectura de un cuento infantil, y quedó petrificado. Durante siete minutos no supo qué hacer.
Moore maneja con mucha pericia la ironía y el sarcasmo, sobre todo cuando traza los “sospechosos” lazos entre Bush y el clan Bin Laden o los jeques árabes. Si los documentales son sinónimo de seriedad y aburrimiento, este es una de las excepciones a la regla. Con un trabajo de edición notable, la cinta pasa del humor al drama o a la reflexión en segundos. Por eso el relato siempre mantiene el ritmo.
Otro elemento clave es la musicalización, que le da sentido a algunas imágenes y habla por sí misma en otras. Por ejemplo, cuando Moore demuestra que borraron algunos registros del joven George W. Bush en su paso por la Guardia Nacional, en especial un reporte donde se le acusa a él y a un compañero suyo de no presentarse a un control médico. En ese momento, y por no más de tres segundos, suena una melodía. Los rockeros quizás capten la sutileza. Se trata de Cocaine, de Eric Clapton.
Advertencia: todo es excesivamente tendencioso en Fahrenheit 9/11, pero no hay engaño. Moore, que ha manifestado públicamente su odio hacia la familia Bush en reiteradas ocasiones, nunca pretendió hacer una película equilibrada. De hecho, a lo largo de los 122 minutos, sólo aparece una persona elogiando al presidente de los Estados Unidos: Britney Spears. Con amigos así…
claudiomartinez@elsalvador.com

 



elsalvador.com WWW
s