Tengo
que admitir que Fahrenheit 9/11 tiene su gracia: la cara de perdido
en el espacio que tiene George W. Bush al ser avisado de los
atentados hace soltar carcajadas, pero, en general, el documental
es la definición perfecta de propaganda negra electoral.
Está claro que los grandes medios de comunicación en
Estados Unidos están contra Bush, algunos, por razones válidas;
otros, por tendenciosos, pero el documental es el estandarte contra
el mandatario norteamericano.
Por ejemplo, Fahrenheit 9/11 utiliza los mismos documentos contra
Bush que utilizó la CBS para cuestionar su récord militar.
La CBS se acaba de retractar por publicar esos documentos falsos.
Hace aparecer a la anodina Britney Spears diciendo, con cara de yo
no fui, que confía en Bush.
El filme pierde su encanto desde el inicio, cuando cuestiona un fraude
electoral que la democracia más grande del mundo no tuvo. Un
argumento pueril, similar a aquellos partiduchos latinoamericanos
que no aceptan la voluntad popular cuando pierden elecciones.
Moore presenta escenas placenteras de la vida del Iraq bajo Saddam
Hussein, cuando cualquier ciego podría ver que era un dictador
brutal que atacó con armas químicas a pueblos enteros
y tenía torturadores que harían sonrojarse a cualquier
militar latinoamericano de los años 70.
Algunos de los entrevistados parecen sacados del manual del fracaso
absoluto y critican a Bush como podrían criticar a Kerry o
a Saca o a Handal. Las valiosas críticas a la guerra se ven
contaminadas con el apasionamiento de Moore.
El guión parece escrito con el trastorno de un dirigente de
la BRES y no tiene ni una pizca de equilibrio, pero es técnicamente
bueno, con una buena edición, una música a todo dar
y un sarcasmo insultante a la vida misma.
¿Recomendable? Depende. Si usted es un izquierdista de los
que cree en la biblia leninista de que el imperialismo es la
madre de todos los males, esta es definitivamente su película.
Si es de los que no piensan así, no se lo recomiendo porque
el filme está hecho con la saña de los que odian.
alvarocruz@elsalvador.com |
Demagogia,
del griego démos (pueblo) y agogué (conducir, dirigir),
quería decir el arte de guiar al pueblo con justicia
frente a su antónimo, tyrannnéo, tiranizar. En este
sentido, Fahrenheit 9/11 es Deliciosamente Demagógica y Declaradamente
Demócrata, y un Documento Demoledor. Porque lo que hace el
artista de Flint (Michigan) es conducirnos a través de un marasmo
de imágenes que nos venden los medios y que nos han impedido
ver lo que pasaba, ordenándolas para volverlas cristalinas,
mientras va revelando el mosaico de las imágenes que no nos
han ofrecido para impedirnos entender lo que pasaba.
Dejemos de lado las escenas más famosas y el triple montaje
yuxtapuesto característico del director (imágenes contra
imágenes, imágenes contra la excelente música
de Jeff Gibbs y las sardónicas canciones que puntean el film-Santa
Claus is coming to town como contrapunto a los raids de Nochebuena
de los gringos cazando civiles iraquíes-, emociones contra
emociones -la risa se bloquea en la garganta anudada por el horror-)
y concentrémonos en la pureza de las imágenes marginales,
cuanto más minimalistas más henchidas de significado
y sentimiento, en las que reside la intensa verdad y razón
de la cinta.
El desgarro de los manifestantes que lloran bajo la lluvia por la
Presidencia robada; los papeles que se arremolinan furiosamente, como
almas en fuga, en la lluvia de debris y humo del 11-S; la mujer que
se desgañita en su desesperación e invoca que nuestros
hogares se vean sometidos a la misma destrucción que la que
inflingimos en los suyos; los niños que juegan y las parejas
que se aman en Bagdad, antes de que la convirtiéramos en el
Beirut de nuestra generación; el siniestro repiqueteo metálico
de las voces de los traficantes de reconstrucción
(el dinero fluirá mientras siga fluyendo el petróleo)
que rodean al Gran Estupefacto; los jóvenes rotos, desangrados,
mutilados, de todos los bandos...
Las imágenes que no vimos y que los que envían a los
hijos de los pobres a la guerra no quieren recordar. Las imágenes
que nos han hurtado. La imagen de Natividad cayendo herido... de muerte.
joseiglesias@elsalvador.com |
Genio
para algunos e imbécil para otros, Michael Moore definitivamente
ha llevado a otra dimensión el género del documental.
Desde su concepto hasta su mercadeo. Y en Fahrenheit 9/11, su tercera
y más polémica cinta, termina de confirmarse como un
gran provocador. Armado de una irreverente cámara, de algunos
documentos valiosos y un guión hábilmente estructurado,
intenta y muchas veces lo consigue desenmascarar a George
W. Bush.
Al margen de las diferentes ópticas políticas con que
se la pueda ver, hay algunas imágenes que no tienen desperdicio.
Quizás la más impresionante sea cuando Bush es interrumpido
por un colaborador suyo para informarle al oído que un segundo
avión acababa de impactar el World Trade Center. El Presidente
estaba en una escuela de Florida en medio de la lectura de un cuento
infantil, y quedó petrificado. Durante siete minutos no supo
qué hacer.
Moore maneja con mucha pericia la ironía y el sarcasmo, sobre
todo cuando traza los sospechosos lazos entre Bush y el
clan Bin Laden o los jeques árabes. Si los documentales son
sinónimo de seriedad y aburrimiento, este es una de las excepciones
a la regla. Con un trabajo de edición notable, la cinta pasa
del humor al drama o a la reflexión en segundos. Por eso el
relato siempre mantiene el ritmo.
Otro elemento clave es la musicalización, que le da sentido
a algunas imágenes y habla por sí misma en otras. Por
ejemplo, cuando Moore demuestra que borraron algunos registros del
joven George W. Bush en su paso por la Guardia Nacional, en especial
un reporte donde se le acusa a él y a un compañero suyo
de no presentarse a un control médico. En ese momento, y por
no más de tres segundos, suena una melodía. Los rockeros
quizás capten la sutileza. Se trata de Cocaine, de Eric Clapton.
Advertencia: todo es excesivamente tendencioso en Fahrenheit 9/11,
pero no hay engaño. Moore, que ha manifestado públicamente
su odio hacia la familia Bush en reiteradas ocasiones, nunca pretendió
hacer una película equilibrada. De hecho, a lo largo de los
122 minutos, sólo aparece una persona elogiando al presidente
de los Estados Unidos: Britney Spears. Con amigos así
claudiomartinez@elsalvador.com |