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Tema para meditar
Patriotismo es amor

Ser un buen ciudadano era la aspiración general, hoy, esa aspiración se ha reducido a obtener lo máximo sin merecerlo. Es el resultado concreto de una falta de patriotismo ¡que asusta!

Publicada 25 de septiembre 2004, El Diario de Hoy

María A. de López Andreu*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Está por terminar nuestro mes cívico, en el que hemos podido disfrutar de tantos y tan buenos artículos y eventos que nos exhortan a incrementar nuestro patriotismo. Esta exhortación, creo, debería ser permanente.

Porque aumentando nuestro patriotismo, también aumenta la esperanza de que los salvadoreños trabajemos más por nuestro país, compremos lo que producimos e invirtamos en él, en lugar de estar soñando con la vida en otras tierras, tal vez ricas y poderosas, pero ajenas.

Patriotismo, sí, es amar a la patria. Ese amor se inculca en nuestra infancia y se acrecienta a través de la vida. Por patriotismo realizamos sacrificios que sólo por nuestro país haríamos.

Sin embargo, basta con ver los promontorios de basura en nuestras calles, el irrespeto a nuestras leyes, la poca entrega a nuestro trabajo, nuestra mínima inclinación al estudio y nuestro fútbol (por mencionar unos pocos ejemplos), para comprender, tristemente, que muchísimos salvadoreños carecen de patriotismo.

Comencemos por nuestra poca inclinación al estudio, dado que desde allí pueden originarse muchas de nuestras futuras actitudes.

La promoción automática, como infinidad de veces lo ha denunciado el ingeniero Enrique Altamirano desde estas páginas, es otra de las “medicinas”, posiblemente bienintencionadas, que ha resultado más dañina que la enfermedad. Los estudiantes deficientes se han sentido totalmente respaldados —premiados— en su mediocridad.

¿Resultado? Los estándares educativos se han deteriorado tangiblemente, causando desmotivación a los buenos estudiantes, que ven perdidas sus oportunidades de educarse bien, en aras de tolerar haraganes.

Esta práctica ha venido a romper el axioma, imperante por siglos, de que “uno cosecha lo que siembra”: si sembró dedicación, honradez, esfuerzo, buena conducta, cosechará buenas notas y, posteriormente, un puesto distinguido, buena reputación, el respeto de los demás e, incluso, el bienestar económico.

Ahora, eso parece tonto.

Ser un buen ciudadano era la aspiración general, hoy, esa aspiración se ha reducido a obtener lo máximo sin merecerlo. Es el resultado concreto de una falta de patriotismo ¡que asusta!

Porque, de allí en adelante, todo será para peor. En esa falta de amor (el amor es esfuerzo) se originan los horrendos basureros que vemos por todas partes; preferimos la comodidad del “a mí qué me importa”, a mantener nuestras calles relucientes, nuestra campiña verde y limpia, nuestros ríos cristalinos.

Admiramos a otros países y, al compararnos, tenemos el tupé de sentir cierto desprecio hacia el nuestro, tan maravilloso, cuando somos nosotros, sus habitantes, los despreciables: por sucios, por irresponsables, por poco patriotas.

Y así, con el culto a la mediocridad y la “viveza”, se va fomentando el caos: empresarios que deberían estar en la cárcel por contrabandistas, evasores y ladrones (al punto de “embolsarse” retenciones e impuestos), se sienten superiores a quienes actuamos conforme a la ley.

Muchos empleados consideran que el esperar de ellos productividad, honradez, lealtad y buen desempeño, es un atentado contra sus “derechos humanos”. Y nuestros “flamantes” seleccionados están convencidos de que el privilegio de ganar les pertenece, aun siendo indisciplinados, desobedientes, altaneros, malcriados, golilleros y malos jugadores.

¡Y estamos hablando de personas todas —unas más, otras menos— que han pasado por una escuela, que han tenido la oportunidad de educarse, obtener un trabajo y progresar! Es decir: personas que tienen influencia sobre otras y que, quiéranlo o no, son un ejemplo; ¡pero un mal ejemplo!

Por todo eso, es indispensable que desde pequeñitos se nos inculque el amor a la Patria, y que nuestras autoridades velen para que, nuevamente, nuestros escolares gocen de un buen nivel educativo; que podamos trabajar bien y ofrecer una oportunidad a los inversionistas —nacionales y extranjeros— , sabiendo que contarán con personal capacitado, porque hay exámenes que demuestran sus conocimientos; que negociarán dentro de un marco de reglas claras y competencia leal, porque a los delincuentes —mal llamados empresarios—, se les aplicará todo el peso de la ley.

Que podrán transitar —sin miedo a ladrones o a contraer una enfermedad—, porque nuestras ciudades serán limpias, ordenadas y nuestras calles libres de basura e invasores que provocan el caos.

¡Y que tal vez, algún día, incluso podamos disfrutar de buen fútbol, porque contaremos con deportistas responsables y patriotas!

¡Cuántas cosas —pequeñas y grandes— deberíamos hacer por nuestro país!
Si lo amamos, las haremos.

*Columnista de El Diario de Hoy.


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