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María
A. de López Andreu*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Está por terminar nuestro mes cívico, en el que hemos podido
disfrutar de tantos y tan buenos artículos y eventos que nos exhortan
a incrementar nuestro patriotismo. Esta exhortación, creo, debería
ser permanente.
Porque aumentando nuestro patriotismo, también aumenta la esperanza
de que los salvadoreños trabajemos más por nuestro país,
compremos lo que producimos e invirtamos en él, en lugar de estar
soñando con la vida en otras tierras, tal vez ricas y poderosas,
pero ajenas.
Patriotismo, sí, es amar a la patria. Ese amor se inculca en nuestra
infancia y se acrecienta a través de la vida. Por patriotismo realizamos
sacrificios que sólo por nuestro país haríamos.
Sin embargo, basta con ver los promontorios de basura en nuestras calles,
el irrespeto a nuestras leyes, la poca entrega a nuestro trabajo, nuestra
mínima inclinación al estudio y nuestro fútbol (por
mencionar unos pocos ejemplos), para comprender, tristemente, que muchísimos
salvadoreños carecen de patriotismo.
Comencemos por nuestra poca inclinación al estudio, dado que desde
allí pueden originarse muchas de nuestras futuras actitudes.
La promoción automática, como infinidad de veces lo ha denunciado
el ingeniero Enrique Altamirano desde estas páginas, es otra de
las medicinas, posiblemente bienintencionadas, que ha resultado
más dañina que la enfermedad. Los estudiantes deficientes
se han sentido totalmente respaldados premiados en su mediocridad.
¿Resultado? Los estándares educativos se han deteriorado
tangiblemente, causando desmotivación a los buenos estudiantes,
que ven perdidas sus oportunidades de educarse bien, en aras de tolerar
haraganes.
Esta práctica ha venido a romper el axioma, imperante por siglos,
de que uno cosecha lo que siembra: si sembró dedicación,
honradez, esfuerzo, buena conducta, cosechará buenas notas y, posteriormente,
un puesto distinguido, buena reputación, el respeto de los demás
e, incluso, el bienestar económico.
Ahora, eso parece tonto.
Ser un buen ciudadano era la aspiración general, hoy, esa aspiración
se ha reducido a obtener lo máximo sin merecerlo. Es el resultado
concreto de una falta de patriotismo ¡que asusta!
Porque, de allí en adelante, todo será para peor. En esa
falta de amor (el amor es esfuerzo) se originan los horrendos basureros
que vemos por todas partes; preferimos la comodidad del a mí
qué me importa, a mantener nuestras calles relucientes, nuestra
campiña verde y limpia, nuestros ríos cristalinos.
Admiramos a otros países y, al compararnos, tenemos el tupé
de sentir cierto desprecio hacia el nuestro, tan maravilloso, cuando somos
nosotros, sus habitantes, los despreciables: por sucios, por irresponsables,
por poco patriotas.
Y así, con el culto a la mediocridad y la viveza, se
va fomentando el caos: empresarios que deberían estar en la cárcel
por contrabandistas, evasores y ladrones (al punto de embolsarse
retenciones e impuestos), se sienten superiores a quienes actuamos conforme
a la ley.
Muchos empleados consideran que el esperar de ellos productividad, honradez,
lealtad y buen desempeño, es un atentado contra sus derechos
humanos. Y nuestros flamantes seleccionados están
convencidos de que el privilegio de ganar les pertenece, aun siendo indisciplinados,
desobedientes, altaneros, malcriados, golilleros y malos jugadores.
¡Y estamos hablando de personas todas unas más, otras
menos que han pasado por una escuela, que han tenido la oportunidad
de educarse, obtener un trabajo y progresar! Es decir: personas que tienen
influencia sobre otras y que, quiéranlo o no, son un ejemplo; ¡pero
un mal ejemplo!
Por todo eso, es indispensable que desde pequeñitos se nos inculque
el amor a la Patria, y que nuestras autoridades velen para que, nuevamente,
nuestros escolares gocen de un buen nivel educativo; que podamos trabajar
bien y ofrecer una oportunidad a los inversionistas nacionales y
extranjeros , sabiendo que contarán con personal capacitado,
porque hay exámenes que demuestran sus conocimientos; que negociarán
dentro de un marco de reglas claras y competencia leal, porque a los delincuentes
mal llamados empresarios, se les aplicará todo el peso
de la ley.
Que podrán transitar sin miedo a ladrones o a contraer una
enfermedad, porque nuestras ciudades serán limpias, ordenadas
y nuestras calles libres de basura e invasores que provocan el caos.
¡Y que tal vez, algún día, incluso podamos disfrutar
de buen fútbol, porque contaremos con deportistas responsables
y patriotas!
¡Cuántas cosas pequeñas y grandes deberíamos
hacer por nuestro país!
Si lo amamos, las haremos.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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