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Una obra plástica

El quirófano es una opción para mejorar la imagen. Joven o no, el cuerpo entero es el candidato.

Publicada 22 de septiembre 2004, El Diario de Hoy

Restricción. La presencia de pocos profesionales (cirujano, asistente y anestesiólogo) asegura la esterilidad del quirófano, para tranquilidad del paciente. Foto EDH

Leyre Ventas
El Diario de Hoy
lventas@elsalvador.com

La vejez es una enfermedad, una enfermedad que no para”.

El cirujano Román Zaldívar, de la clínica con la que comparte nombre, compara el someterse a una operación estética con comprarse siete vestidos y tres pares de zapatos: ¿para qué invertir tanto cuando para cubrirse basta con una sola prenda? Nada es vital.

Rinoplastia, mamoplastia y mentón. En su escasa veintena, Regina Gattás lleva ya tres intervenciones en su currículum de vida.

“Cambiarme la nariz siempre fue mi sueño, y mi madre me animó a hacerme el pecho”, explica.

El doctor que le atendió le aseguró que para conseguir un perfil perfecto debía retocarse el mentón. “Siempre fui un poco halada de la barbilla”, justifica.

Aunque admiten que la mayoría de los clientes que acude al centro sabe lo que quiere, el doctor Nelson Saca y su esposa, también médico, se encargan en las consultas de orientar a los pacientes acerca de cómo mejorar su aspecto: “quizá existan detalles en los que nunca se hayan fijado y que, con cierto retoque, se avance muchísimo en la persecución de la belleza”.

Elevar ligeramente la punta de la nariz, añadir barbilla o sumar volumen a los pómulos con inyecciones de grasa son algunas de las propuestas.

Solución. Implantes y el desplazamiento de los pezones convierten pechos caídos en adolescentes. Foto EDH

Los consejos también consisten en rechazar peticiones inviables. “Siempre ha de prevalecer el criterio del cirujano”, sentencia Saca.

Román Zaldívar sabe que, antes de emitir el diagnóstico, es necesario evaluar el tipo de piel, la infraestructura de la cara o de la nariz. “No puedes hacer alguien que tenga una nariz grande, ancha, con el perfil de Michael Jackson, a menos que se someta a 20 cirugías como él”.

Cuestión de vanidad

Regina usaba un brasier 32-A –“súper chiquito”, dice–, con la intervención consiguió una 36-B; cuatro tallas mayor. El límite lo puso su piel: ya no cedía. “Era lo más que se podían aumentar”, confesó.

Las operaciones de busto son, además de la lipoescultura (eliminar la grasa localizada en zonas específicas del cuerpo) y la rinoplastias (en nariz), las intervenciones más solicitadas por los jóvenes salvadoreños.

Despierta. La anestesia que se aplica en las mamoplastias es local, para no dormir
de todo al paciente. Foto EDH

En la medida que la edad del paciente avanza, los liftings (estiramientos faciales) y la cirugía en los ojos para levantar párpados y eliminar bolsas resultan más habituales.

Tomasita García, cosmetóloga de 54 años, tiene la mirada cosida y la piel lisa y brillante. Descansa, tumbada en una cama, debido al lifting que Saca le realizó 24 horas antes. “Por mi trabajo le doy mucha importancia al físico”, exclama la convaleciente.

Los hombres, aunque en menor medida, también se encuentran entre los asiduos a las clínicas estéticas.

El 30 por ciento de los pacientes en la de Saca, 15 en Zaldívar. Según este último, el cliente masculino “prefiere los remiendos”, no tanta cirugía: el botox (substancia que paraliza los músculos y elimina arrugas), o el material de relleno.

En la clínica de Saca llevan 15 años ejerciendo la profesión, a ritmo de tres cirugías por semana.

Aunque la afluencia depende de la economía: en julio y agosto se opera a diario, también en diciembre y enero.

Variedad. Los implantes pueden ser de suero fisiológico, silicón o gel. Foto EDH

Zaldívar también se muestra satisfecho: “se trabaja regularmente”, y asegura tener un banco de pacientes. No dice de cuántos.

El mismo hermetismo muestra el cirujano al comentar la accesibilidad de sus intervenciones y definir el rango social de sus clientes.

“En este país existe una gran guerra de precios”, cada profesional define los suyos. Según el doctor, bajarlos afecta al control de calidad: “se comienza a eliminar antibióticos, a reutilizar muchos materiales que deberían ser descartados”.

La doctora De Saca, sin embargo, asegura tener entre sus pacientes a maestras y secretarias. “Tratamos de democratizar”. 1,200 dólares por una rinoplastia o $1,400 por una liposucción.

Cada implante de solución salina que agranda los pechos de Regina costó $1,000. Por el paquete completo (nariz, mentón, busto) pagó $5,000. Precio especial. Para el común de los pacientes son $6,000.

Peligro y realidad

Toda cirugía tiene riesgos. Los profesionales consultados admiten que hay que discutirlos con el paciente, por mínimos que sean.

“El cliente tiene que comprender que existe esa posibilidad”. Dos de cada 100 implantes de mama pueden generar contracción capsular: complicación específica de la mamoplastia de aumento, en la que la cicatriz que el organismo desarrolla al rededor de la prótesis, hace que el pecho se sienta duro.

 

La forma de minimizar las complicaciones es escoger a un profesional capaz: un médico que posea un posgrado en cirugía general, y además haya sido capacitado en las diferentes especialidades de cirugía plástica, incluida la estética.

Julio Torres, cirujano veterano del Hospital Rosales, asegura que “ha habido una especie de poco control de las especialidades, lo que ha hecho que mucha parte del personal haga cosas que no debe”.

“El verse bien externamente no creo que que sea un negativo para el espíritu. Lo único que puede hacer es enriquecerlo”, opina Zaldívar. Insiste en que la cirugía estética tampoco es la panacea.

La siquiatra Margarita Mendoza-Burgos asegura que estas intervenciones pueden ser solución para quien se sienta deprimido por un defecto físico, pero en ningún caso si la depresión es endógena o relacionada con la baja autoestima del individuo.

“No hemos aprendido a aceptarnos como somos”. Según ella, se debe a la obsesión por mantenerse nítido, joven, perfecto.

Regina dice no temerle a obsesiones. Promete que no volverá a someterse a otra mamoplastia para aumentar, más aún, su pecho. Una liposucción pasó por su mente. “Me mandaron a volar”, dice, mientras mira de reojo a su novio. “No es mucho lo que me quería quitar: unas cinco libras”.

Mendoza-Burgos opina que quien se somete periódicamente a este tipo de intervenciones, por haber descubierto una arruga más en su rostro, “definitivamente” debería buscar ayuda de otro tipo.


Físicos de ficción

Programas didácticos, series y reality shows. La televisión por cable –aún no la convencional– ha abierto un espacio, hasta ahora inexistente, a la cirugía estética.

Se trata de productos mediáticos que promocionan, de alguna manera, esta práctica.

“Son programas para el público, no para los pacientes”, opina la doctora De Saca, de la clínica del mismo nombre.

Se basan en concursos, por lo que se escogen los casos que darán el resultado más espectacular.

Además, “se maquilla a las elegidas de forma que se les oculte hasta la más mínima imperfección, la más pequeña cicatriz”, añade.

De acuerdo con su colega, el cirujano plástico Román Zaldívar, cree que, aunque las iniciativas den un gran auge a estas intervenciones, ofrecen falsas expectativas a los televidentes.

“Hacen creer que de patito feo, pueden llegar a ser un flamante cisne”.

Así, el éxito en audiencia de ese tipo de espacios se asienta en los cambios drásticos que ofrecen.



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