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Un nuevo paradigma

Al margen de la inseguridad que generan las maras y del alto costo de la vida que experimentamos los salvadoreños, la gran amenaza latente a corto plazo es la eventual pérdida de miles de empleos en el sector de las maquilas

Publicada 22 de septiembre 2004, El Diario de Hoy


Raúl M. Alas*

El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Hace unos años, cuando presentaba un conocido programa de entrevistas por televisión, un analista político me dijo que “de las crisis y de las transiciones surgen los grandes países, las grandes instituciones y los grandes hombres, y que aquel que no sale adelante en la crisis le cuesta salir adelante en la normalidad”. Frase que viene como anillo al dedo en esta interesante transición que vive El Salvador, un pueblo luchador y tenaz que, no obstante sus contradicciones y adversidades, cada día renueva sus fuerzas para salir adelante ante el futuro que se avizora.

Más de diez años han pasado desde que escuché esa memorable frase y aún me sorprendo de lo actual que resulta el trasfondo de la idea. Ciertamente, aunque ya no estamos en guerra civil como entonces, ahora afrontamos una complicada realidad socioeconómica que nos debe conducir sistemáticamente a encontrar nuevas alternativas de solución. De hecho, al margen de la inseguridad que generan las maras y del alto costo de la vida que experimentamos los salvadoreños, la gran amenaza latente a corto plazo es la eventual pérdida de miles de empleos en el sector de las maquilas.

La causa no es otra cosa que la anunciada liberalización de aranceles de los productos chinos en el mercado estadounidense a partir del próximo mes de enero, que representa un inminente dolor de cabeza para muchos industriales connacionales y constituye en sí misma una preocupación extraordinaria para otros sectores relacionados. Está claro que con esos tigres orientales no se puede competir en términos de costos bajos de producción, puesto que disponen de una inmensa capacidad instalada y unas condiciones salariales que encandilarían a cualquier sindicato salvadoreño.

En este sentido, una de las salidas más oportunas tiene que ver con un cambio de enfoque en el sector público y privado de la sociedad, particularmente en el ámbito gubernamental y empresarial del país. En otras palabras, hoy más que nunca se precisa de un nuevo paradigma para derribar las fronteras mentales que impiden el camino hacia un desarrollo productivo del país. En efecto, el meollo del asunto no está en meterse a competir únicamente en un mercado global de precios bajos, sino más bien en un mercado que premia la visión estratégica de las instituciones que creen decididamente en la innovación, la formación de sus empleados y la acción social corporativa.

En esta línea, resulta muy esperanzador escuchar a líderes empresariales salvadoreños, especialmente los dirigentes de Fundemas y de la Amcham, acerca de la urgente necesidad de asumir una novedosa actitud de “responsabilidad social” en las empresas nacionales. Actitud que no se traduce simplemente en una mera filantropía empresarial, sino que es una renovada manera de entender la situación actual de un importante segmento de la población, que “pide una mejora continuada de su calidad de vida, que la empresa, como núcleo económico y social, debe darle”.

En este caso, tal como afirma Alejandro Llano, catedrático de la Universidad de Navarra, “la responsabilidad social de la empresa viene dada actualmente por el ejercicio de su capacidad para suscitar nuevas realidades que promueven una vida mejor en su entorno social”. Es decir que en paralelo con una eficiencia en los procesos operativos y en el manejo de los recursos, los empresarios deben apostar por elevar el nivel de la calidad de vida de sus empleados y contribuir para superar las apremiantes limitaciones culturales, ambientales y educativas que subsisten en su círculo de acción.

Por eso, como apunta Lorenzo Dionis, del IESE, “este punto de vista de la misión social de la empresa presenta un amplio horizonte, y conviene tener presente que toda la empresa debe apostar por la creación de esas nuevas realidades”. Sin embargo, matiza que este impulso no se debe identificar con un aumento progresivo de actitudes materialistas y utilitaristas, “sino que —por el contrario— tiene como base el respeto de la dignidad de la persona humana y la atención a sus operaciones superiores, entre las que destacan el conocimiento y el despliegue efectivo de la libertad”.

Aun con todo, tengo claro que este cambio de paradigma no es fácil ni automático en la esfera pública y privada. Es un proceso que va calando gradualmente al identificarse los beneficios de su implementación en el seno de las instituciones. Efectivamente, aspectos tan esenciales como el saber valorar y recompensar la lealtad, el talento creativo y la preparación académica del personal constituye un buen punto de partida para instaurar la responsabilidad social en las organizaciones. Ya no se diga cuando esta visión supone potenciar la formación técnica y profesional del factor humano y la inversión en instalaciones mejor acondicionadas.

Por lo tanto, esa urgencia por generar un cambio de mentalidad, es propia de organizaciones inteligentes que procuran engendrar, motivar y potenciar la responsabilidad social, aumentar el capital intelectual de sus empresas con el fin de compartirlo y distribuirlo entre las personas para crear valor y presentarlo como elemento diferenciador en el mercado.

En definitiva, este nuevo paradigma es un planteamiento novedoso que sabe premiar la magnanimidad, el respeto a la persona y la visión de largo plazo de los líderes que demanda nuestra sociedad.

*Doctor en Comunicación Pública.


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