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Raúl
M. Alas*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Hace unos años, cuando presentaba un conocido programa de entrevistas
por televisión, un analista político me dijo que de
las crisis y de las transiciones surgen los grandes países, las
grandes instituciones y los grandes hombres, y que aquel que no sale adelante
en la crisis le cuesta salir adelante en la normalidad. Frase que
viene como anillo al dedo en esta interesante transición que vive
El Salvador, un pueblo luchador y tenaz que, no obstante sus contradicciones
y adversidades, cada día renueva sus fuerzas para salir adelante
ante el futuro que se avizora.
Más de diez años han pasado desde que escuché esa
memorable frase y aún me sorprendo de lo actual que resulta el
trasfondo de la idea. Ciertamente, aunque ya no estamos en guerra civil
como entonces, ahora afrontamos una complicada realidad socioeconómica
que nos debe conducir sistemáticamente a encontrar nuevas alternativas
de solución. De hecho, al margen de la inseguridad que generan
las maras y del alto costo de la vida que experimentamos los salvadoreños,
la gran amenaza latente a corto plazo es la eventual pérdida de
miles de empleos en el sector de las maquilas.
La causa no es otra cosa que la anunciada liberalización de aranceles
de los productos chinos en el mercado estadounidense a partir del próximo
mes de enero, que representa un inminente dolor de cabeza para muchos
industriales connacionales y constituye en sí misma una preocupación
extraordinaria para otros sectores relacionados. Está claro que
con esos tigres orientales no se puede competir en términos de
costos bajos de producción, puesto que disponen de una inmensa
capacidad instalada y unas condiciones salariales que encandilarían
a cualquier sindicato salvadoreño.
En este sentido, una de las salidas más oportunas tiene que ver
con un cambio de enfoque en el sector público y privado de la sociedad,
particularmente en el ámbito gubernamental y empresarial del país.
En otras palabras, hoy más que nunca se precisa de un nuevo paradigma
para derribar las fronteras mentales que impiden el camino hacia un desarrollo
productivo del país. En efecto, el meollo del asunto no está
en meterse a competir únicamente en un mercado global de precios
bajos, sino más bien en un mercado que premia la visión
estratégica de las instituciones que creen decididamente en la
innovación, la formación de sus empleados y la acción
social corporativa.
En esta línea, resulta muy esperanzador escuchar a líderes
empresariales salvadoreños, especialmente los dirigentes de Fundemas
y de la Amcham, acerca de la urgente necesidad de asumir una novedosa
actitud de responsabilidad social en las empresas nacionales.
Actitud que no se traduce simplemente en una mera filantropía empresarial,
sino que es una renovada manera de entender la situación actual
de un importante segmento de la población, que pide una mejora
continuada de su calidad de vida, que la empresa, como núcleo económico
y social, debe darle.
En este caso, tal como afirma Alejandro Llano, catedrático de la
Universidad de Navarra, la responsabilidad social de la empresa
viene dada actualmente por el ejercicio de su capacidad para suscitar
nuevas realidades que promueven una vida mejor en su entorno social.
Es decir que en paralelo con una eficiencia en los procesos operativos
y en el manejo de los recursos, los empresarios deben apostar por elevar
el nivel de la calidad de vida de sus empleados y contribuir para superar
las apremiantes limitaciones culturales, ambientales y educativas que
subsisten en su círculo de acción.
Por eso, como apunta Lorenzo Dionis, del IESE, este punto de vista
de la misión social de la empresa presenta un amplio horizonte,
y conviene tener presente que toda la empresa debe apostar por la creación
de esas nuevas realidades. Sin embargo, matiza que este impulso
no se debe identificar con un aumento progresivo de actitudes materialistas
y utilitaristas, sino que por el contrario tiene como
base el respeto de la dignidad de la persona humana y la atención
a sus operaciones superiores, entre las que destacan el conocimiento y
el despliegue efectivo de la libertad.
Aun con todo, tengo claro que este cambio de paradigma no es fácil
ni automático en la esfera pública y privada. Es un proceso
que va calando gradualmente al identificarse los beneficios de su implementación
en el seno de las instituciones. Efectivamente, aspectos tan esenciales
como el saber valorar y recompensar la lealtad, el talento creativo y
la preparación académica del personal constituye un buen
punto de partida para instaurar la responsabilidad social en las organizaciones.
Ya no se diga cuando esta visión supone potenciar la formación
técnica y profesional del factor humano y la inversión en
instalaciones mejor acondicionadas.
Por lo tanto, esa urgencia por generar un cambio de mentalidad, es propia
de organizaciones inteligentes que procuran engendrar, motivar y potenciar
la responsabilidad social, aumentar el capital intelectual de sus empresas
con el fin de compartirlo y distribuirlo entre las personas para crear
valor y presentarlo como elemento diferenciador en el mercado.
En definitiva, este nuevo paradigma es un planteamiento novedoso que sabe
premiar la magnanimidad, el respeto a la persona y la visión de
largo plazo de los líderes que demanda nuestra sociedad.
*Doctor en Comunicación Pública.

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