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La nota del día
Quieren estudiar no que los indoctrinen

Literalmente, las familias pagan para que sus hijos sean confundidos y se conviertan en amargados

Publicada 22 de septiembre 2004, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Decenas de miles de egresados de secundaria se preparan para someterse a los exámenes de admisión de varias universidades, requisito que se origina de una dura realidad: que es mayor el número de los que aplican, que los aptos para ingresar. Además, como en todo, hay escasez de recursos y se tiene que escoger a los mejores entre los aspirantes, aunque siempre hay buenos estudiantes que no logran pasar las pruebas y malos que pueden.

Con los exámenes de admisión se derrumba la utopía que en colegios, institutos y escuelas se presenta a los jóvenes: que los exámenes son innecesarios y que “la promoción automática” también opera en la vida y en el trabajo. Esa perversidad, no someter al educando a pruebas continuas y con frecuencia rigurosas, no sólo limita sus capacidades y su potencial, sino que les crea complejos y resentimientos cuando más tarde no consiguen alcanzar sus aspiraciones. La persona que no ha sido debidamente formada tiende a pensar que sus fracasos y limitaciones son culpa de otros o causadas por “las injusticias sociales”.

Falta también, en esto de las admisiones, establecer parámetros que garanticen al joven bachiller que será medido con la misma vara que el resto, lo que incluye la posibilidad de una revisión de exámenes. Asimismo es obvio que unas universidades serán más exigentes que otras, mientras las marginales darán entrada a los que no aprueben en las más solicitadas.

Pero una vez admitido el joven en una universidad, queda el problema de darle alguna garantía a él y a sus padres, de que la inversión que hacen, que para la mayoría de familias llega al sacrificio, les reportará beneficios claros. Es fundamental que los estudiantes sean formados como profesionales capaces, responsables y éticos, con una actitud constructiva ante la sociedad, sin deformaciones de carácter ni resentimientos sociales.

Hay un problema y debe encararse

Por desgracia, en un par de universidades, en particular en la UES, muchos jóvenes son sometidos a lavados de cerebro, reclutados en movimientos extremistas, envenenados y manipulados. De estos grupos se compone el “proletariado académico” de acomplejados, que integran los cuadros políticos y de activistas con el ánimo anclado en la caverna, en conflicto con la sociedad y sus instituciones, que corren tras una irrealizable utopía. Son los talibanes del mundo occidental.

Los padres de familia harían bien en visitar esas universidades antes de exponer a sus hijos a que los indoctrinen. Les sería suficiente escuchar la radio de uno de esos centros para darse cuenta de la clase de mentalidad que allí priva. Un programa de una conocida universidad, que pretende hacer comentarios sobre el acontecer nacional, no pasa de ser bazofia comunista. Pero es un termómetro de lo que se martilla en la cabeza de jóvenes a quienes les cobran buen dinero y les estafan en presentarles un cuadro sobre el mundo actual, que choca con la realidad. Literalmente, las familias pagan para que sus hijos sean confundidos y se conviertan en amargados; en una época los pobres eran también usados de carne de cañón de la guerrilla, como está pasando hoy en día con la BRES.

El problema de la educación superior, lo hay y es grave aunque no se quiera reconocer, amerita la reflexión de las fuerzas vivas del país, que no deben ser indiferentes a los graves perjuicios que puede ocasionar.

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