El Diario de Hoy
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Decenas de miles de egresados
de secundaria se preparan para someterse a los exámenes de admisión
de varias universidades, requisito que se origina de una dura realidad:
que es mayor el número de los que aplican, que los aptos para ingresar.
Además, como en todo, hay escasez de recursos y se tiene que escoger
a los mejores entre los aspirantes, aunque siempre hay buenos estudiantes
que no logran pasar las pruebas y malos que pueden.
Con los exámenes de admisión se derrumba la utopía
que en colegios, institutos y escuelas se presenta a los jóvenes:
que los exámenes son innecesarios y que la promoción
automática también opera en la vida y en el trabajo.
Esa perversidad, no someter al educando a pruebas continuas y con frecuencia
rigurosas, no sólo limita sus capacidades y su potencial, sino
que les crea complejos y resentimientos cuando más tarde no consiguen
alcanzar sus aspiraciones. La persona que no ha sido debidamente formada
tiende a pensar que sus fracasos y limitaciones son culpa de otros o causadas
por las injusticias sociales.
Falta también, en esto de las admisiones, establecer parámetros
que garanticen al joven bachiller que será medido con la misma
vara que el resto, lo que incluye la posibilidad de una revisión
de exámenes. Asimismo es obvio que unas universidades serán
más exigentes que otras, mientras las marginales darán entrada
a los que no aprueben en las más solicitadas.
Pero una vez admitido el joven en una universidad, queda el problema de
darle alguna garantía a él y a sus padres, de que la inversión
que hacen, que para la mayoría de familias llega al sacrificio,
les reportará beneficios claros. Es fundamental que los estudiantes
sean formados como profesionales capaces, responsables y éticos,
con una actitud constructiva ante la sociedad, sin deformaciones de carácter
ni resentimientos sociales.
Hay un problema y debe encararse
Por desgracia, en un par de universidades, en particular en la UES, muchos
jóvenes son sometidos a lavados de cerebro, reclutados en movimientos
extremistas, envenenados y manipulados. De estos grupos se compone el
proletariado académico de acomplejados, que integran
los cuadros políticos y de activistas con el ánimo anclado
en la caverna, en conflicto con la sociedad y sus instituciones, que corren
tras una irrealizable utopía. Son los talibanes del mundo occidental.
Los padres de familia harían bien en visitar esas universidades
antes de exponer a sus hijos a que los indoctrinen. Les sería suficiente
escuchar la radio de uno de esos centros para darse cuenta de la clase
de mentalidad que allí priva. Un programa de una conocida universidad,
que pretende hacer comentarios sobre el acontecer nacional, no pasa de
ser bazofia comunista. Pero es un termómetro de lo que se martilla
en la cabeza de jóvenes a quienes les cobran buen dinero y les
estafan en presentarles un cuadro sobre el mundo actual, que choca con
la realidad. Literalmente, las familias pagan para que sus hijos sean
confundidos y se conviertan en amargados; en una época los pobres
eran también usados de carne de cañón de la guerrilla,
como está pasando hoy en día con la BRES.
El problema de la educación superior, lo hay y es grave aunque
no se quiera reconocer, amerita la reflexión de las fuerzas vivas
del país, que no deben ser indiferentes a los graves perjuicios
que puede ocasionar.