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¿Ventas callejeras o compradores callejeros?

Antes de cualquier medida correctiva de fondo, es menester realizar un estudio serio y consistente que podría encargarse a una de las tres o cuatro universidades que realmente hacen investigación científica

Publicada 20 de septiembre 2004, El Diario de Hoy


Rodolfo Chang Peña*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

¿Por qué el vendedor del comercio informal callejero irrespeta las disposiciones legales, subvierte las buenas costumbres, desafía cualquier amenaza de desarrollo y se instala en la vía pública sin más miramientos y limitaciones que la satisfacción de sus necesidades básicas e intereses personales? La respuesta es, definitivamente, porque en la calle siempre encuentra compradores dispuestos que le ayudan a sobrevivir.

Es natural que intervienen también otros factores tan diversos como la presión de la lucha por la existencia, el nivel educativo y la permisividad del medio que tiende a “medio perdonar” a los infractores, cuando salen con el argumento trillado de que lo hacen para ganarse la vida, recurso que por cierto también utilizan los vendedores de películas y música pirateada, taxistas piratas y buseros de chatarra.

En otras palabras, los vendedores callejeros son apenas servidores que satisfacen a un público demandante que es, a la postre, el agente y motor más importante que moviliza toda esa maquinaria del menudeo informal que en algunos países se conoce como “ambulantaje”. Este tipo de actividad en cualquiera de sus formas —vendedor que deambula ofreciendo manojos de ajos y cebollas, puestos móviles, champas, velachos, carretillas y canastos sobre el suelo— es muy corriente en la mayoría de países del tercer mundo, y como es de esperar, se apodera y paraliza en forma agresiva del centro de las ciudades.

El enfoque tradicional de este complejo problema social culpa invariablemente al vendedor callejero y le hace responsable de todos los daños derivados, y en ese sentido es el blanco de casi todas las medidas supuestamente correctivas; no obstante, en un análisis integral, es razonable involucrar al comprador, ya que el primero no puede existir sin el segundo, que con su actitud estimula, promueve y mantiene esta forma de comercialización.

En El Salvador, el ciudadano está perfectamente adaptado y habituado a transar con el microcomerciante informal y aparentemente lo hace por varias razones: Siempre tiene la esperanza de adquirir mercancías más baratas sin importar su procedencia, supone que adquiere los mejores artículos, ya que los puede seleccionar; ahorra tiempo, porque no tiene que entrar y caminar dentro del mercado; cree que los negocios formales le venden más caro, debido a que pagan mayores impuestos; puede regatear sin mayores compromisos y a menudo establece una mejor comunicación que hasta incluye la lisonja, el requiebro, la broma y el lenguaje de doble sentido.

En los países del primer mundo, el mayor nivel educativo y un presupuesto menos limitado de sus habitantes permite al ama de casa organizarse mejor en la adquisición de los comestibles y artículos generales y, por lo común, compra para la semana o la quincena y muy eventualmente se sale de ese esquema. En nuestro medio la situación es completamente distinta y al menos la mitad de la población adquiere sus víveres y mercancías en la medida que los consume o en la medida de la disponibilidad económica, que, por cierto, es muy irregular.

Esto significa que un ama de casa criolla ahora adquiere pipianes y huevos de gallina; mañana, útiles escolares y “una media de crema”; al día siguiente, un par de sandalias para una de sus hijas y una libra de sal; dos días después, un par de calzones rebajados, hueso de tunco y chipilín; tres días más tarde, frijoles nuevos y yuca colorada, etc. Como es natural, el comercio informal callejero en alguna forma es una respuesta a la modalidad de compra antes descrita.

La historia de las administraciones municipales está empedrada de docenas de ejemplos de cómo no debe enfocarse y abordarse este pedregoso problema, y de seguir en ese estilo, pueden transcurrir otros cien años y no lograrse el mínimo avance. En efecto, hoy recuperan dos calles y una semana después pierden tres. Se reubican 300 vendedores y, antes de un mes, aparecen 400 por otro lado y es la de nunca acabar.

Otro ejemplo de la realidad cotidiana es el fragoroso mercado de Santa Tecla, verdadera fiesta de gritos y colores donde los chorizos se tuestan al sol, entre plátanos polvorientos, cocos arrastrados y perros pulgosos, en un contexto de humo de buses, velachos y vehículos de todas clases. En realidad el conjunto anterior es un doble mercado, el que está dentro y el que rodea por los cuatro costados al anterior. Naturalmente, los esfuerzos para reordenar los anteriores han sido inútiles, aun cuando se construyó uno nuevo. La triste realidad es que la gente quiere continuar comprando en la calle y punto.

Antes de cualquier medida correctiva de fondo, es menester realizar un estudio serio y consistente que podría encargarse a una de las tres o cuatro universidades que realmente hacen investigación científica, para abordar todas las variables y facetas del problema con el propósito de enrumbar una solución más definitiva. Punto importante es analizar la psicología del comprador callejero e identificar los elementos de mayor peso que inciden en su conducta habitual. Luego utilizar los resultados como insumos para el diseño de un programa estratégico de educación de la población, en la misma forma como se diseñan los programas contra el dengue, Sida, mal trato y abuso de los niños y las mujer, violencia intrafamiliar, drogadicción y otras lacras.

Ya no es posible continuar implementando medidas sacadas de la manga de alcaldes, administradores de mercados y jefes de la tradicional policía municipal. Es tiempo de eliminar de la mente, de una vez por todas, que el “ambulantaje” comercial no se contrarresta con acciones de policía, desalojos sorpresivos, reordenamientos imprácticos y mucho menos con trifulcas en las que menudean las mentadas de madre, pedradas, naranjazos y salpicaduras de lejía.

* Dr. en Medicina.

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