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Rodolfo
Chang Peña*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
¿Por qué el vendedor del comercio informal callejero irrespeta
las disposiciones legales, subvierte las buenas costumbres, desafía
cualquier amenaza de desarrollo y se instala en la vía pública
sin más miramientos y limitaciones que la satisfacción de
sus necesidades básicas e intereses personales? La respuesta es,
definitivamente, porque en la calle siempre encuentra compradores dispuestos
que le ayudan a sobrevivir.
Es natural que intervienen también otros factores tan diversos
como la presión de la lucha por la existencia, el nivel educativo
y la permisividad del medio que tiende a medio perdonar a
los infractores, cuando salen con el argumento trillado de que lo hacen
para ganarse la vida, recurso que por cierto también utilizan los
vendedores de películas y música pirateada, taxistas piratas
y buseros de chatarra.
En otras palabras, los vendedores callejeros son apenas servidores que
satisfacen a un público demandante que es, a la postre, el agente
y motor más importante que moviliza toda esa maquinaria del menudeo
informal que en algunos países se conoce como ambulantaje.
Este tipo de actividad en cualquiera de sus formas vendedor que
deambula ofreciendo manojos de ajos y cebollas, puestos móviles,
champas, velachos, carretillas y canastos sobre el suelo es muy
corriente en la mayoría de países del tercer mundo, y como
es de esperar, se apodera y paraliza en forma agresiva del centro de las
ciudades.
El enfoque tradicional de este complejo problema social culpa invariablemente
al vendedor callejero y le hace responsable de todos los daños
derivados, y en ese sentido es el blanco de casi todas las medidas supuestamente
correctivas; no obstante, en un análisis integral, es razonable
involucrar al comprador, ya que el primero no puede existir sin el segundo,
que con su actitud estimula, promueve y mantiene esta forma de comercialización.
En El Salvador, el ciudadano está perfectamente adaptado y habituado
a transar con el microcomerciante informal y aparentemente lo hace por
varias razones: Siempre tiene la esperanza de adquirir mercancías
más baratas sin importar su procedencia, supone que adquiere los
mejores artículos, ya que los puede seleccionar; ahorra tiempo,
porque no tiene que entrar y caminar dentro del mercado; cree que los
negocios formales le venden más caro, debido a que pagan mayores
impuestos; puede regatear sin mayores compromisos y a menudo establece
una mejor comunicación que hasta incluye la lisonja, el requiebro,
la broma y el lenguaje de doble sentido.
En los países del primer mundo, el mayor nivel educativo y un presupuesto
menos limitado de sus habitantes permite al ama de casa organizarse mejor
en la adquisición de los comestibles y artículos generales
y, por lo común, compra para la semana o la quincena y muy eventualmente
se sale de ese esquema. En nuestro medio la situación es completamente
distinta y al menos la mitad de la población adquiere sus víveres
y mercancías en la medida que los consume o en la medida de la
disponibilidad económica, que, por cierto, es muy irregular.
Esto significa que un ama de casa criolla ahora adquiere pipianes y huevos
de gallina; mañana, útiles escolares y una media de
crema; al día siguiente, un par de sandalias para una de
sus hijas y una libra de sal; dos días después, un par de
calzones rebajados, hueso de tunco y chipilín; tres días
más tarde, frijoles nuevos y yuca colorada, etc. Como es natural,
el comercio informal callejero en alguna forma es una respuesta a la modalidad
de compra antes descrita.
La historia de las administraciones municipales está empedrada
de docenas de ejemplos de cómo no debe enfocarse y abordarse este
pedregoso problema, y de seguir en ese estilo, pueden transcurrir otros
cien años y no lograrse el mínimo avance. En efecto, hoy
recuperan dos calles y una semana después pierden tres. Se reubican
300 vendedores y, antes de un mes, aparecen 400 por otro lado y es la
de nunca acabar.
Otro ejemplo de la realidad cotidiana es el fragoroso mercado de Santa
Tecla, verdadera fiesta de gritos y colores donde los chorizos se tuestan
al sol, entre plátanos polvorientos, cocos arrastrados y perros
pulgosos, en un contexto de humo de buses, velachos y vehículos
de todas clases. En realidad el conjunto anterior es un doble mercado,
el que está dentro y el que rodea por los cuatro costados al anterior.
Naturalmente, los esfuerzos para reordenar los anteriores han sido inútiles,
aun cuando se construyó uno nuevo. La triste realidad es que la
gente quiere continuar comprando en la calle y punto.
Antes de cualquier medida correctiva de fondo, es menester realizar un
estudio serio y consistente que podría encargarse a una de las
tres o cuatro universidades que realmente hacen investigación científica,
para abordar todas las variables y facetas del problema con el propósito
de enrumbar una solución más definitiva. Punto importante
es analizar la psicología del comprador callejero e identificar
los elementos de mayor peso que inciden en su conducta habitual. Luego
utilizar los resultados como insumos para el diseño de un programa
estratégico de educación de la población, en la misma
forma como se diseñan los programas contra el dengue, Sida, mal
trato y abuso de los niños y las mujer, violencia intrafamiliar,
drogadicción y otras lacras.
Ya no es posible continuar implementando medidas sacadas de la manga de
alcaldes, administradores de mercados y jefes de la tradicional policía
municipal. Es tiempo de eliminar de la mente, de una vez por todas, que
el ambulantaje comercial no se contrarresta con acciones de
policía, desalojos sorpresivos, reordenamientos imprácticos
y mucho menos con trifulcas en las que menudean las mentadas de madre,
pedradas, naranjazos y salpicaduras de lejía.
* Dr. en Medicina.

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