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Héroes de nuestro tiempo
Una mamá inglesa contra el gobierno

El médico se quedó, por unos segundos, de piedra. Después, acierta a decir que él no había aprobado la ley de aborto y que le disgusta, porque ha hecho muy destructor el trabajo médico

Publicada 20 de septiembre 2004, El Diario de Hoy


Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

(Segunda parte)

Cuando uno recorre las páginas de “Relato de una madre”, biografía sui-géneris de Victoria Gillick y su familia, no sabe qué admirar más, si el humor, alegría y coraje de esta familia pobre, entusiasta, nada convencional, que a veces inicia una ruidosa batalla familiar tirándose bollitos que salieron demasiado duros, lanzando spaguettis al techo, revolcándose por los sembrados entre canciones, o la otra parte de su aventura, nada divertida, encabezando la lucha de los padres de familia ingleses contra el enorme aparato estatal, que fue desplegando toda su fuerza para frenar los nacimientos, con el consecuente libertinaje sexual y el crecimiento de los abortos.

El matrimonio Gillick tuvo diez hijos y, por lo tanto, Victoria pudo ir viendo, durante sus sucesivos embarazos y partos, cómo iba cambiando la mentalidad de los médicos y su trato frío y distante con las mujeres embarazadas, según se iba extendiendo el fanatismo antinatalista a la sociedad británica.

Cuando estaba a punto de llegar su octavo hijo, el médico le dice displicente: “No es usted quien me preocupa, sino el niño”. Victoria responde: “No entiendo por qué está usted tan preocupado por mi hijito, porque si hubiera venido unas cuantas semanas antes y le hubiera pedido que me lo destrozara, usted no hubiera puesto ningún reparo a la operación”. El médico se quedó, por unos segundos, de piedra. Después, acierta a decir que él no había aprobado la ley de aborto y que le disgusta, porque ha hecho muy destructor el trabajo médico.

Victoria vuelve al ataque diciendo: “Usted no aprobó la ley. Los políticos lo hicieron. Pero usted no ha objetado contra ella”. Pero más tarde se encuentra con dos médicos más humanos que además “sabían muchísimo acerca del trasfondo político de la revolución sexual que había ido engullendo a la gente joven a lo largo de los últimos diez años. Fueron saliendo nombres, las fechas, los lugares y todo el espectro de personalidades y de organizaciones humanistas que, durante aquellos años dolorosos, habían iniciado, estimulado y extendido la revolución, desde dentro y fuera del gobierno”.

Después se fueron sucediendo los acontecimientos. Una mesa redonda en una radio de provincias. Una señora Richies explica allí cómo esas campañas están confundiendo a los jóvenes sobre principios básicos de moral sexual, y demuestra además con estadísticas que han fracasado en su presunto fin de disminuir los embarazos entre las adolescentes.

En un periódico lee las explicaciones que da el Dr. Malcom Potts, director médico de la IPPF (Federación Mundial de Paternidad Planificada), sobre los procedimientos para controlar al máximo la fertilidad de otros pueblos: “Tiene que haber un servicio complementario fundado en la esterilización y el aborto” y lo fundamenta sin tapujos: “A medida que la gente se adhiere a la contracepción, se produce un aumento, no una disminución, del número de abortos. Por ello los médicos, cuando falla la contracepción, como a veces lo hace, deberían ser capaces y estar dispuestos a proporcionar, como si fuera un servicio postventa, el apoyo del aborto”.

Victoria trabaja un tiempo en los grupos pro-vida, con el entusiasmo y generosidad con que hace todas las cosas, pero atender a las jóvenes madres solteras en las casas de acogida que tenía la organización, “se me antojaba como el trabajo de un camillero que va recorriendo las trincheras y recoge los cuerpos heridos a medida que van cayendo. Para parar aquella hecatombe, prefería mucho más vérmelas con el ejército enemigo antes que pudiera causar daño”.

Y así lo terminará haciendo, con las solas armas de papel, tinta y cartas a los particulares, a los periódicos, y apariciones en radio y televisión, siendo el portavoz de un creciente grupo de padres que se intitulan “Padres de Suffolk” y que se oponen a que se les dé a sus hijos, sin su permiso, unas clases que poco o nada tienen de educación sexual; en cambio, son el modo fácil de obtener anticonceptivos y, si eso falla, bajo secreto, el aborto.

La primera batalla será en la alcaldía local. Después van comprobando la falsedad de los funcionarios de gobierno, de los grupos de “planificación familiar” y su fracaso en su aireada finalidad de disminuir los abortos.

De 1978 a 1986, el consumo nacional de anticonceptivos había aumentado en un 30%, pero los abortos no se habían reducido a la mitad, como profetizaron esos “planificadores”, sino que habían aumentado casi en un ¡75%! La Sra. Gillick no se sorprendió, porque se acordaba de lo que había dicho el Dr. Potts. Pero todo eso la anima a seguir.

La larga controversia de los “Padres de Suffolk” contra el Ministerio de Sanidad y Seguridad Social fue incrementándose, extendiéndose a la opinión publica. “Los padres de Suffolk” no pretendieron derribar la enorme muralla levantada por el monstruo internacional de la cultura de la muerte. No. “Se trataba simplemente de un pequeño ladrillo llamado ‘contracepción de los escolares’”(...) “Mantuvimos el tira y afloja sobre aquel insignificante ladrillo, hasta que en 1983, conseguimos arrancarlo de su sitio y llevarlo a un tribunal de justicia. Y toda la galaxia de los reflectores de la televisión y la prensa quedaron enfocados en él. Fue entonces cuando el imperio contraatacó. Fue una catástrofe tremenda”.

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lmfcuervo@telemovil.net.



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