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Luis
Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
(Segunda parte)
Cuando uno recorre las páginas de Relato de una madre,
biografía sui-géneris de Victoria Gillick y su familia,
no sabe qué admirar más, si el humor, alegría y coraje
de esta familia pobre, entusiasta, nada convencional, que a veces inicia
una ruidosa batalla familiar tirándose bollitos que salieron demasiado
duros, lanzando spaguettis al techo, revolcándose por los sembrados
entre canciones, o la otra parte de su aventura, nada divertida, encabezando
la lucha de los padres de familia ingleses contra el enorme aparato estatal,
que fue desplegando toda su fuerza para frenar los nacimientos, con el
consecuente libertinaje sexual y el crecimiento de los abortos.
El matrimonio Gillick tuvo diez hijos y, por lo tanto, Victoria pudo ir
viendo, durante sus sucesivos embarazos y partos, cómo iba cambiando
la mentalidad de los médicos y su trato frío y distante
con las mujeres embarazadas, según se iba extendiendo el fanatismo
antinatalista a la sociedad británica.
Cuando estaba a punto de llegar su octavo hijo, el médico le dice
displicente: No es usted quien me preocupa, sino el niño.
Victoria responde: No entiendo por qué está usted
tan preocupado por mi hijito, porque si hubiera venido unas cuantas semanas
antes y le hubiera pedido que me lo destrozara, usted no hubiera puesto
ningún reparo a la operación. El médico se
quedó, por unos segundos, de piedra. Después, acierta a
decir que él no había aprobado la ley de aborto y que le
disgusta, porque ha hecho muy destructor el trabajo médico.
Victoria vuelve al ataque diciendo: Usted no aprobó la ley.
Los políticos lo hicieron. Pero usted no ha objetado contra ella.
Pero más tarde se encuentra con dos médicos más humanos
que además sabían muchísimo acerca del trasfondo
político de la revolución sexual que había ido engullendo
a la gente joven a lo largo de los últimos diez años. Fueron
saliendo nombres, las fechas, los lugares y todo el espectro de personalidades
y de organizaciones humanistas que, durante aquellos años dolorosos,
habían iniciado, estimulado y extendido la revolución, desde
dentro y fuera del gobierno.
Después se fueron sucediendo los acontecimientos. Una mesa redonda
en una radio de provincias. Una señora Richies explica allí
cómo esas campañas están confundiendo a los jóvenes
sobre principios básicos de moral sexual, y demuestra además
con estadísticas que han fracasado en su presunto fin de disminuir
los embarazos entre las adolescentes.
En un periódico lee las explicaciones que da el Dr. Malcom Potts,
director médico de la IPPF (Federación Mundial de Paternidad
Planificada), sobre los procedimientos para controlar al máximo
la fertilidad de otros pueblos: Tiene que haber un servicio complementario
fundado en la esterilización y el aborto y lo fundamenta
sin tapujos: A medida que la gente se adhiere a la contracepción,
se produce un aumento, no una disminución, del número de
abortos. Por ello los médicos, cuando falla la contracepción,
como a veces lo hace, deberían ser capaces y estar dispuestos a
proporcionar, como si fuera un servicio postventa, el apoyo del aborto.
Victoria trabaja un tiempo en los grupos pro-vida, con el entusiasmo y
generosidad con que hace todas las cosas, pero atender a las jóvenes
madres solteras en las casas de acogida que tenía la organización,
se me antojaba como el trabajo de un camillero que va recorriendo
las trincheras y recoge los cuerpos heridos a medida que van cayendo.
Para parar aquella hecatombe, prefería mucho más vérmelas
con el ejército enemigo antes que pudiera causar daño.
Y así lo terminará haciendo, con las solas armas de papel,
tinta y cartas a los particulares, a los periódicos, y apariciones
en radio y televisión, siendo el portavoz de un creciente grupo
de padres que se intitulan Padres de Suffolk y que se oponen
a que se les dé a sus hijos, sin su permiso, unas clases que poco
o nada tienen de educación sexual; en cambio, son el modo fácil
de obtener anticonceptivos y, si eso falla, bajo secreto, el aborto.
La primera batalla será en la alcaldía local. Después
van comprobando la falsedad de los funcionarios de gobierno, de los grupos
de planificación familiar y su fracaso en su aireada
finalidad de disminuir los abortos.
De 1978 a 1986, el consumo nacional de anticonceptivos había aumentado
en un 30%, pero los abortos no se habían reducido a la mitad, como
profetizaron esos planificadores, sino que habían aumentado
casi en un ¡75%! La Sra. Gillick no se sorprendió, porque
se acordaba de lo que había dicho el Dr. Potts. Pero todo eso la
anima a seguir.
La larga controversia de los Padres de Suffolk contra el Ministerio
de Sanidad y Seguridad Social fue incrementándose, extendiéndose
a la opinión publica. Los padres de Suffolk no pretendieron
derribar la enorme muralla levantada por el monstruo internacional de
la cultura de la muerte. No. Se trataba simplemente de un pequeño
ladrillo llamado contracepción de los escolares(...)
Mantuvimos el tira y afloja sobre aquel insignificante ladrillo,
hasta que en 1983, conseguimos arrancarlo de su sitio y llevarlo a un
tribunal de justicia. Y toda la galaxia de los reflectores de la televisión
y la prensa quedaron enfocados en él. Fue entonces cuando el imperio
contraatacó. Fue una catástrofe tremenda.
*Dr. en Medicina y columnista
de El Diario de Hoy. lmfcuervo@telemovil.net.

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