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Aclarando conceptos
El sexo no es sucio

Un autor espiritual ha comparado con un altar el lecho matrimonial, donde los esposos afirman su amor en una entrega mutua. Y, cuando es profanado, se convierte en un catre de mancebía

Publicada 19 de septiembre 2004, El Diario de Hoy


Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

En un artículo titulado “Corrupción sexual en la Iglesia Católica”, Joaquín Villalobos presenta estadísticas, que aunque sean ciertas, van acompañadas de comentarios personales totalmente falsos, que no corresponden con las enseñanzas de la Iglesia Católica sobre el sexo.

El autor domina temas de economía y ciencias políticas, que evidencian sus estudios en Oxford. Pero sobre la doctrina de la Iglesia Católica en materias de fe y moral, ciencia teológica, la ley natural, definitivamente no sabe nada, como lo ha demostrado en previos ar- tículos en que se ha atrevido a tocar estos temas. Le vendría muy bien estudiar a Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, los Escritos Doctrinales de San Pío X y el Catecismo de la Iglesia Católica, el último regalo de Juan Pablo II.

Villalobos afirma (sin mencionar la fuente) que “la consideración de la vida sexual como impureza espiritual prohíbe a sacerdotes y monjas contraer matrimonio, tener familia y vida sexual normal para establecer su superioridad espiritual, porque el sexo es sucio y los que lo practican están más lejos de Dios que los que no lo hacen”. Y no ha reflexionado que si Dios dio al hombre la capacidad sexual y el placer para disfrutar una relación física con su pareja y lograr la reproducción, ¿por qué considerar el sexo como sucio?

Los sacerdotes tienen el poder de perdonar los pecados y de convertir el pan y el vino en el cuerpo y sangre de Cristo, y la entrega completa a su ministerio y el celibato confirman la dignidad y grandeza de la capacidad sexual. Si fuera algo que alejara de Dios a los que lo practican, la renuncia voluntaria a ese legítimo derecho no sería señal de predilección. Para los casados, el cuerpo de los contrayentes constituye la materia del sacramento del matrimonio, instituido por Jesucristo.

Un autor espiritual ha comparado con un altar el lecho matrimonial, donde los esposos afirman su amor en una entrega mutua. Y, cuando es profanado, se convierte en un catre de mancebía.

El humilde perdón que el Santo Padre pidió por los abusos sexuales cometidos por algunos clérigos no significa que el celibato sacerdotal sea imposible. Las cifras y las estadísticas mencionadas no reflejan los también altísimos porcentajes de sacerdotes santos y fieles, que no sólo durante los siglos anteriores, sino en la época actual, constituyen el orgullo de la Iglesia, al vivir su celibato con características heroicas. Es lógico que el mal hace más ruido que el bien, que es siempre escondido y silencioso.

Generaliza de manera absoluta que en África la mortalidad del Sida comienza a disminuir la población, pero no menciona que en Uganda, la llamada de la Iglesia a practicar la abstinencia y la fidelidad ha sido favorablemente acogida y constituye un ejemplo mundial, porque es el país que más ha logrado detener ese flagelo y elevar el nivel moral de la población con una solución digna.

Si el uso indiscriminado de preservativos fuera la solución para detener el Sida, podíamos afirmar que los robos y asesinatos cometidos por los mareros se terminarían si a sus autores se les cortaran ambas manos, en lugar de pensar en soluciones de rehabilitación.

El ejemplo de Europa y EE.UU., donde las políticas poblacionales han tenido efectos adversos, y el uso de los preservativos no ha podido parar las enfermedades de transmisión sexual ni los embarazos precoces, debería ser un índice claro de que la única manera de evitar estos males es cambiando a las personas mediante la educación y la formación, preocuparse por el ser y no por el hacer, aunque los resultados, como en todas las cosas trascendentales, serán a largo plazo y las verán las generaciones venideras. Tenemos que aceptar con humildad, aunque no los entendamos, los planes de Dios para el hombre creado por Él, que buscan únicamente su propio bien.

Cuando los editorialistas, que son generadores de opinión, escriben sobre temas que dominan, cumplen una función social. Pero cuando tienen la audacia de dogmatizar sobre asuntos que desconocen, causan la indignación de los que detectan sus errores y la burla de los indiferentes, pero también pervierten y confunden a la mayoría indefensa que desconoce la verdad.

*Columnista de El Diario de Hoy.



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